MALARRIMO

No es fácil para los creadores –ni para psicóticos, sonámbulos o mentirosos crónicos y recidivantes- separar lo real de lo fantástico, en otras ocasiones no hay una línea de demarcación, no hay límite; tampoco para el sudcaliforniano que alardea de las peculiaridades de su tierra. Entre mentiras verosímiles y auntenticidades sospechosas acerca de Baja California Sur, hay una especie de realismo mágico con el que apantallábamos a los chilangos en los setentas y entre estas patrañosas narraciones sudcas, aparecía siempre Malarrimo.

Malarrimo ha sido integrante de esa cauda de apariencias donde se encuentran las ballenas sensuales y mansas, las cascadas de arena, los pulpos gigantes, las islas encantadas, coyotes que abren almejas, arenas voladoras, rutas de piratas, pinturas rupestres misteriosas, peces raros, abulones de la sierra, arenas movedizas, etc y un sinnúmero de verdades y mentiras que hemos contado por ahí, quizás solo para resaltar nuestra naturaleza finisterra; mentir para existir, para que no nos olviden. En ausencia de gestos de asombro, de estupefacción y en su lugar la flema de James Bond, vi sudcalifornianos en el DF, contar -con exageraciones y a sangre fría- lo que sucede en Malarrimo, ante un público, este sí, fascinado, embobado por el fenómeno enigmático del lugar.

Ya en serio … Malarrimo es un lugar de esos que sorprendían a los europeos cuando empezaron a leer las historias de los escritores del “boom latinoamericano”, en donde lo exótico, lo extraordinario, era contado -como los sudcas- con la parsimonia de la cotidianeidad –con sus distancias- Juan Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, nuestro Carlos Fuentes, José Donoso y otros –hasta San Jorge Luis Borges- hicieron chuza en los setentas con historias entre inconcebibles y verdaderas; entre exageradas y extraordinarias que se escenificaban de personajes y lugares esenciales como Malarrimo. Situado en el Océano Pacífico, al suroeste del paralelo 28, a 50 Km de Guerrero Negro, al norte de Bahía Tortugas y enclavada en la Bahía de Sebastián Vizcaíno, de largas y dilatadas playas lamidas por un mar inquieto, caprichoso porque ahí en Malarrimo, confluyen corrientes marinas que atraviesan el Océano Pacífico de lado a lado.

En los mares asiáticos, del flujo del agua superficial que se origina en las regiones intertropicales, asciende sobre las latitudes altas en contra de la rotación de la tierra, ahí se forma una corriente llamada Curosivo (Kuro – Shivo) o del Japón; cuando se une con corrientes norteñas, Curosivo gira en sentido de agujas de reloj y conforma flujos directos de agua oceanica sobre las costas, una de ellas es Malarrimo, por lo tanto, en Malarrimo se pueden encontrar desde latas de conservas hasta pesados motores de avión.

“La corriente de Kuroshio inicia su periplo en el lugar donde la corriente al norte del ecuador se aproxima a las Filipinas. Pasa entre el archipiélago Ryukyu y Kyushu formando el llamado meandro del mar de China y continúa a través del estrecho de Tokara girando bruscamente en dirección hacia el norte y allí, cuando la velocidad de la corriente está en su apogeo, se bifurca en una corriente alejada de las costas de Japón y otra más sinuosa y compleja que se mantiene más o menos cerca del litoral hasta que ambos brazos se reunen aproximadamente a los 141° de longitud este y 35° de latitud norte. Entonces la Kuroshio gira hacia el este alejándose de la costa japonesa y se convierte en la llamada Extensión de Kuroshio que adquiere mucha fuerza y muestra gran inestabilidad hasta llegar a la cadena de montañas volcánicas submarinas llamadas Montes submarinos Emperador donde se dispersa en múltiples subcorrientes, algunas de las cuales entrarán a formar parte de la corriente del Pacífico Norte”.- dice la Wiki

Malarimo es el sueño de un pepenador playero, la cantidad de objetos que encallan en sus playas pueden ser, botellas, trozos de madera, timones de barco, salvavidas, cascos para construcción, de soldado; zapatos, artículos de plástico, trozos de poliestireno, boyas de cristal, botellas con mensajes. Se han encontrado desde torpedos hasta juguetes de niño, desde instrumentos antiguos, restos de galeones hasta placas de electrodos o pedazos de radar. Muchos de los antiguos pobladores de las zonas pudieron edificar casas con madera del Malarrimo.

La basura marina de todo el mundo puede llegar al Malarrimo, especialmente del oriente, entre las que se encuentran palillos chinos, radios, relojes –algunos en buen estado-. Además de basura, se llegan a encontrar objetos útiles como un radio de bulbos que un tipo de Vizcaíno aun posee o equipos scuba completos, un vecino de Guerrero Negro halló uno que se le perdió al capitán Jacques Costeau y otro vecino de Punta Eugenia se encontró, no hace mucho, una cinta de tela que correspondió –con toda seguridad a un japonés de nombre Yukio Mishima.

Objetos sorprendentes como una carta que enviaba un soldado gringo ante la inminencia de ser descubiertos por los japoneses en Guadalcanal; la pulsera que alguna vez utilizara el General Yamamoto; el sextante descompuesto de Charles Scammon; un manuscrito incomprensible que por su extensión y las traducciones parciales a causa de su deterioro, podrían pertenecer a un capítulo del Origen de las Especies de Darwin y que decir del trozo de celulosa -de algún aparato de criptografía- que traía inscrito la orden de atacar Pearl Harbor.

No han sido menos los raros objetos como el periscopio del Nautilus que alguna vez comandara el Cap. Nemo; un portafolios propiedad de un tal Sr. Bartleby; un encendedor junto con una pipa de madera con el nombre grabado de Jack London; un mapamundi de un oficial de alto rango de nombre James Cook; una carta esférica interceptada a los jesuitas del Japón; un cinturón de caracoles de Alfonsina S –quizás la inicial de su apellido-; una caja que contenía un alijo de tabaco que le era enviado a Maqroll –no decía más-. Muchos otros objetos se han encontrado, hay quien dice que no solo cosas materiales arrastra la Curosivo, también espíritus, entes, almas, personalidades y otras entidades del éter.

Es difícil de creer, lo sé, por esa inveterada costumbre de los sudcas a mentir cuando de resaltar singularidades de su tierra se trata.