LOS COCHIS Y EL LEON DE LA METRO

Apenas se asomaba junio y dejaban de soplar los noroestes típicos del tiempo de frío de aquellas latitudes cuando Don José María Espinoza, dueño del cine, ordenaba a sus empleados traspasar del Cine Trianón, el viejo teatro que dejaron los franceses al Cine Buenos Aires, un local descubierto, sin techo y casi a la intemperie, todos los instrumentos que se usaban para pasar las películas. “El Zurdo”, el encargado tanto de publicitar las películas como de operar los aparatos, junto con dos o tres ayudantes, desmontaban y subían en un camión los enormes aparatos para luego subirlos hasta la cabina de proyección del Buenos Aires.

Era un trabajo penoso, no era fácil desconectar los armatostes para volver a armarlos en el otro local, viajes y más viajes desde el Trianón hasta el Buenos Aires se llevaban más de tres días en completar la misión, tres días sin cine en los que todo el pueblo se mantenía expectante. No era nada más que los muy aficionados al cine apuraban al Zurdo – ¡A ver a qué horas, Zurdo!- para que reiniciara las funciones, otros merodeaban la zona en espera del reinicio, era el cine la distracción por excelencia en la Santa Rosalía de los setentas. El Zurdo se tomaba su tiempo, después de colocar las piezas en su lugar, habría de hacer pruebas de noche, también tenía que distribuir la publicidad y unas horas antes de la función, por la tarde, tomar el pick up con el altavoz y pasar por cada calle de Santa Rosalía para anunciar la película de ese día.

Casi todas eran películas norteamericanas, eran los tiempos de John Wayne, de Elizabeth Taylor, de Gregory Peck, de Glen Ford, nombres que El Zurdo pronunciaba como dios le dio a entender, motivo de burlas de los que presumían saber inglés. Además de anunciar a toda voz, también colocaba en sitios estratégicos cartelones a modo de pizarrones, con fondo negro, recostados en árboles y postes donde con excelente letra de colores fluorescente de molde colocaba el nombre de las películas y sus protagonistas. Las de vaqueros y las de guerra eran las favoritas del público, que conocedor, abarrotaba el cine según que películas, según que protagonistas.

Además de la costumbre de acudir al cine, los cachanías tenían la costumbre de criar puercos en el cerro. Sin mucho terreno plano, Santa Rosalía ubicada en el arroyo de Providencia encañonada entre dos cerros, ambos servían para hacerse de un chiquero. Las familias engordaban al puerco con las “lavaduras” –cáscaras, comida, desperdicios orgánicos, bagazos- y todos los días religiosamente a alguien en la familia le tocaba alimentar a los puercos que se cebaban para bautizos, bodas, graduaciones, navidades y ocasiones muy especiales. Era común encontrarse, por las tardes, antes del crepúsculo, en el cerro, hacer vida social en los chiqueros, hablar de las cosas, de la engorda, del clima.

Dicen que era un día así, caía la noche y El Zurdo esperaba la oscuridad para hacer las primeras pruebas en la pantalla del Cine Buenos Aires. Algunos ya habían dado de comer a los puercos y charlaban en espera de los olores de la cena y desde el cerro veían las primeras luces que se encendían en el puerto. El Zurdo por su parte montaba la película, probaba los conectores y constataba la presencia de corriente eléctrica que se convertía en un finísimo rayo de luz que apuntaba, como un cañón, hacia el cerro, ahí habría de proyectar la película, el Zurdo nunca lo había intentado y quería probar la fuerza del aparato

Era una de esas películas de la Metro – Goldwyn – Mayer que siempre, al inicio, muestran a un león que ruge. Nunca imaginó El Zurdo el tremendo caos que provocaría la ocurrencia de elevar sobre la pantalla el haz de luz y proyectar sobre el cerro la película. En cuanto apareció el león el pavor se apoderó de los puercos que enloquecidos empezaron a gritar y agitarse en un principio, en cuanto el rugido se escuchó, los puercos enardecidos saltaron las trancas y se desperdigaron por todo el cerro. La voz de alarma cundió y todos los propietarios de cochis acudieron de prisa, mientras los puercos enloquecidos saltaban y huían sin rumbo, algunos hasta se golpeaban con las piedras y chocaban entre ellos hasta que El Zurdo terminó su experimento y ajeno al desmadre que provocó volvió a colocar el haz de luz sobre la pantalla.

Si bien casi todos los cochis se recuperaron después de horas de búsqueda, de usar linternas y lámparas de carburo para poder localizarlos, algunos heridos pero la gran mayoría agitados y confusos como se pudo comprobar después, esos cochis nunca fueron los mismos: se mostraban deprimidos y dejaron de comer, cualquier ruido los ponía nerviosos y dormían poco.

La anorexia se apoderó de ellos y ya no sirvieron al fin que tenían destinado, el susto provocado fue mayúsculo -¿Qué otra cosa podría ser?- , los cochis ya no engordaron, ya no se reprodujeron, una gran tristeza los invadió después del acontecimiento en el que el león de la metro los dejó sin alma.