LAS BOMBAS.

Fue entre el 57 y el 58 cuando se estaba configurando Guerrero Negro. El potencial era enorme y los planes del gringo Ludvig marchaban en las extensas llanuras aledañas al Pacífico, apenas abajo del paralelo 28. Habían abierto vasos kilométricos con maquinaria nunca vista en esos lugares, el mar penetraba los arenales y al tiempo, el sol brillante, el viento constante y la arena dejaban en la superficie, una gruesa capa de sal. Cosechar sal, transportarla, lavarla, almacenarla y comercializarla por medio de barcos de miles de toneladas, exportarla, la mayoría al Japón, eran los planes iniciales. Se había fundado Exportadora de Sal S.A (ESSA) que requeriría de una gran cantidad de trabajadores para echarla a andar a su máxima capacidad.

Asistieron de todos lados, los Zúñigas, los Ibarra de San Ignacio, muchos desempleados de El Boleo de Santa Rosalía, de La Paz y de otras partes de la república. Pintores, albañiles, carpinteros, soldadores, marineros, ingenieros, médicos, obreros generales acudían en busca del trabajo bien remunerado. Hombres y más hombres llegaban a Guerrero Negro y todos encontraban trabajo.

Había que sufrir las inclemencias del tiempo pero también las incomodidades de vivir en los colectivos y en las carpas, un lugar no apto para mujeres. Pocas muy pocas mujeres acudieron en ese tiempo a Guerrero Negro –enfermeras, cocineras, camareras- se podían contar con los dedos de las manos.

Esta alta proporción de hombres jóvenes, la mayoría solteros y otros, casados pero solitarios, empezaron a sentir la acumulación hormonal cotidiana, la falta del imprescindible calor femenino, la carencia del natural ayuntamiento entre un hombre y una mujer; experimentaron los límites de la autosatisfacción. Se repetían entre broma y en serio –como ominosos signos- aquellos dichos mustios y juguetones: “si es hoyo, aunque sea de pollo” o el antiguo pero determinante: “siendo agujero, aunque sea de caballero” o el más antiguo y muy universal: “en tiempos de guerra cualquier hoyo es trinchera”, síntomas ineludibles de un seguro conflicto social en una sociedad sin mujeres. A riesgo de caer en aberraciones contranatura y distorsiones sexuales, los trabajadores de Guerrero Negro entendieron que el noble y más antiguo trabajo del mundo, tenía –irremediablemente- que hacer su aparición en esa comarca inundada tanto de salmuera como de testosterona. Ambas requerían salidas perentorias. Ni las más mochas y moralistas instancias negaron la necesidad.

No hubo un acuerdo, ninguna reunión exprofeso, no se llevó a cabo una marcha con mantas, ni letreros rabiosos exigiendo la presencia femenina, el asunto corrió en voz baja por colectivos y carpas; era un secreto a voces y desde la clandestinidad, un comando de trabajadores salineros, salieron un buen día a recibir, hasta el camino, con risas y canciones, a las tres primeras damas que se encargarían de metabolizar las ansias masculinas de las salinas. Alma, Ofelia e Irma, se llamaban las tres valientes mujeres que tratarían de domeñar las hormonas del personal masculino que habían colmado Guerrero Negro.

Hasta entonces se buscó el lugar donde alojarlas, no encontraron mejor sitio que la zona de donde se abastecían a Guerrero Negro de otra sustancia vital, el agua potable. Una fuerza laboral de la Empresa Exportadora de Sal salió a construir el lugar que estaba muy cerca de las primeras bombas que impulsaban el agua hasta el poblado, así que desde un principio, el paraje tomó el nombre de “Las Bombas”. De retazos de madera, de ventanas desvencijadas, de bisagras, cemento, pintura, clavos, tornillería que sobraba aquí y allá en la construcción de la empresa en expansión, así se expandía la cantina, la explanada y los cuartos de Alma, Irma y Ofelia que ya habían empezado a trabajar donde se podía: en el hotelucho, en un vehículo; en cualquier lugar se hacían filas de salineros en busca de un retozo gratificante, de una disminución tensional de los epidídimos, de vaciar la sangre de sus ahítos cuerpos cavernosos.

En el trabajo diario, surgía el pedazo de madera, el bote de pintura, el saco de yeso que podría ayudar a levantar las Bombas. Con el auxilio de un plano hechizo, los consejos de jóvenes ingenieros, la experiencia de viejos albañiles, se fueron reuniendo los materiales; cada cual empleaba parte de su tiempo libre para poner sus habilidades al servicio de Las Bombas y al cabo de dos meses, el lugar ya tenía calidad de “pequeña casita de la pradera” inacabada pero funcional. La bella Alma se erigió en jefa y directora de la empresa.

Cuenta el Capitán Alberto Ayala -uno de los testigos y más entusiastas constructores- que al final de la obra, lo único que faltaba era la puerta de la entrada del bar. Los técnicos se miraron entre sí en busca de coincidencias, quizás en el taller, en alguna de las construcciones del pueblo, en el puerto, en cualquier parte, habría una puerta que bien pudieran adaptar, pero al cabo de unos minutos de profunda reflexión, el comité pro construcción de Las Bombas –que estaba constituido por todos los trabajadores salineros- no encontró razones para colocar una puerta en el bar, el lugar quedaría irremediablemente, abierto. Un canto a la libertad.

Así, sin puerta, inició Las Bombas, sus actividades. En su punto de máximo esplendor hasta veinticinco mujeres formaron parte del staff de Alma que proporcionaron a los varones de la salina muchas y secretas satisfacciones, que contribuyeron a la salud mental masculina y a la estabilidad social de un pueblo sin mujeres.