LADISLAO, EL TAXISTA POLACO

En muy buen español nos dijo –soy polaco- . ¿Como le hizo? nos preguntamos, cuando apenas nos subimos al taxi supo que éramos mexicanos porque extrajo el disco que escuchaba y nos dedicó uno de Paquita la del Barrio. Había que soportar, el viaje era largo, desde el centro de Madrid hasta el Aeropuerto de Barajas. 

Hacía tres años había llegado a España llevado por la posibilidad de tocar en una sinfónica intereuropea que se estaba formando en Madrid, la Sinfónica Europea, proyecto que fue abortado por una de las tantas crisis económicas que han aquejado a los españoles en las dos últimas décadas.

Con esposa, dos hijos y escasos ahorros la fueron pasando. Ladislao tocaba vientos y con su vieja trompeta –herencia del abuelo- y un clarinete, acompañaba las pistas de Armstrong,  Alpert, Mangione, Barbieri, Sandoval, Keny G, rolas conocidas por el gran púbico en una esquina del centro de Madrid. Al principio podía comer y un poco más con lo que recolectaba, después, la crisis disminuyó las aportaciones de los transeúntes y por más que soplara y soplara, casi nada conseguía. Fue la solidaridad de los mexicanos, sus vecinos, quienes lo mantuvieron a flote. Después de llegar cansado de inflar cachetes, algo de comida arrimaban los vecinos con los que apenas se comunicaba pero que bien sabían, el polaco la estaba pasando mal. Algo los unía: la música, la religión y su condición de inmigrantes. Mientras eso nos platicaba sin quitar la vista en el camino, Paquita la del Barrio seguía berreando.

Los mexicanos formaban un mariachi, casi todos emparentados, ya tenían en España una decena de años, el polaco escuchaba, desde su casa, los ensayos que tarde con tarde ejecutaban pero además se chutaba los olores deliciosos que se escapaban del patio donde solían hacer birrias, carnes asadas, barbacoa, pozole y demás ricuras que a la familia polaca alborotaban los jugos gástricos. Varios meses después, cuando ya se defendía con el español el polaco se acercó a la casa de los mexicanos donde fue acogido con la solidaridad de los  los extraños en tierra ajena. Con la novedad que el polaco podía tocar las partes trompetísticas del catálogo musical del mariachi. Tanto escuchar las melodías, después de unos sopes picantes y dos caballitos de tequila, el polaco se soltó  con un solo del Son de la Negra, los vientos de El Niño Perdido y remató con El Cielito Lindo que dejó apantallado al mariachi. Así Ladislao pasó a formar la lista de los suplentes.

La oportunidad le llegó pronto, uno de los trompetistas, mexicano jamaicón, un día, sin más, partió a Juriquilla, Querétaro de donde eran la mayoría de los integrantes del mariachi. Angustiado porque su novia amenazaba con casarse con otro, decidió regresar a la patria para evitar el desaguisado. Tal ausencia dejó el lugar libre a Ladislao que hoy comparte su tiempo entre el taxi, por la mañana y por la tarde noche, el mariachi que ha producido milagros en su calidad de vida. La música de “rancheras” como le llaman en España es muy solicitada, especialmente en cumpleaños, donde el mariachi suele ser contratado para sorprender al cumpleañero. Las peticiones –dice Ladislao- son muy limitadas si se compara el amplísimo repertorio del mariachi… Y Paquita que no se callaba.

De las más socorridas son “Las Mañanitas”, sin duda. También están “El Rey” y las canciones que Juan Gabriel le hizo a Rocío Dúrcal aun persisten en la memoria colectiva del español, también “Y nos dieron las 10” de Joaquín Sabina, “El Mariachi Loco”, “el Son de La Negra”, “Guadalajara” son de las que más se repiten- nos platicaba el taxista mientras trataba de sortear “el atasco” que a esas horas es inevitable en la capital de la Madre Patria. Paquita chingue y chingue.

De sus estudios sinfónicos solo quedan recuerdos, polkas y mazurcas. Dice  que el mariachi llega a tener tantas dificultades técnicas musicales como una gran obra sinfónica, que hay que ser muy bueno para tocar con solvencia la trompeta en un mariachi, que hay rolas que tienen verdaderos problemas de ejecución, que seguramente el público no lo nota, pero que oídos educados, encuentran una gran diferencia en quienes tocan simplemente bien y los que ejecutan con maestría.

El polaco tiene hartas ganas de visitar México, no tiene muy clara la  geografía mexicana, se le dificulta encontrar Baja California Sur y más, La Paz. Cuando mucho se acerca a Tijuana, se hace bolas con la palabra California, dice -apasionado- que quiere profundizar en el alma de la música de mariachi, conocer México, sentir la tierra, la gente, el idioma, las costumbres, el modo de vida, en fin, la cultura, todo aquello que hizo surgir esa música maravillosa, lo dice mientras Paquita fustiga hombres y oídos.

Finalmente llegamos al aeropuerto. Nos despedimos, un abrazo. “Me estás oyendo, inútil” es lo último que sale del taxi de Ladislao, el mariachi