LA VALVA DE HERNANDEZ

Desde los inicios de la cirugía moderna, los nombres para identificar el instrumental quirúrgico ha servido para perpetuar la memoria del cirujano que inventó el instrumento o para destacar que tal cirujano insigne usaba tal pinza, tal separador, tal tijera , así los cirujanos entre las herramientas generales utilizan las pinzas de Kocher que recuerdan al cirujano Thedore Kocher, que recibió el Premio Nobel en 1909 por su contribución al conocimiento del metabolismo de la glándula tiroides; las pinzas de Pean, por ejemplo, en honor del Dr. Jules Pean un extrovertido y excéntrico cirujano francés; las tijeras de Metzenbaum –que los cirujanos las piden como pinzas de “metzen”- unas tijeras para cortar tejido inventadas por el Dr. Myron Metzenbaum, estadounidense, que se dedicó a la otorrinolaringología, y nos legó un par de tijeras esbeltas, curvas y muy útiles; como olvidar los separadores de Farabeuf que todos los días se usan en los quirófanos de todo el mundo, que además inmortalizó para la literatura mexicana, Salvador Elizondo. Hay muchos instrumentos que llevan el nombre de Mayo, mesas de Mayo, tijeras de Mayo, separadores de Mayo en honor a los hermanos Mayo, tres generaciones de médicos norteamericanos que innovaron en el campo de la cirugía e hicieron famosa la Clínica Mayo de Rochester, en Minnesota.

En el Hospital Salvatierra hay, entre el instrumental quirúrgico un separador que se usa mucho en cirugía abdominal, que han –hemos- llamado, “la valva de Hernández”, un instrumento sencillo que en cualquier otra parte del mundo y cualquier otro hospital se llama valva de Mayo, pues no, en el Salvatierra lleva el apellido del Dr. Rafael Hernández que fue quien la donó.

El Dr. Rafael Hernández, paceño, residente actualmente en Los Cabos, inició su ejercicio profesional, apenas acabado de salir de la Facultad de Medicina de la UNAM, en Guerrero Negro e Isla de Cedros al servicio de Exportadora de Sal, a las órdenes del Dr. Sergio Noyola, a quien ayudaba en cirugía. Cesáreas y apendicectomías eran las intervenciones más frecuentes en los tempranos años setentas. Una vez que fue de vacaciones a Los Ángeles, en un establecimiento de venta de artículos médicos encontró una valva de Mayo que le pareció muy necesaria en sus ayudantías, muy bien adaptada a la pared del abdomen, con un mango grueso, corto, curvo, antiderrapante que, pensó ayudaría en esas cirugías prolongadas donde el ayudante sufre para separar las paredes abdominales para que el cirujano vea con amplitud el campo quirúrgico. Cinco dólares le costó la herramienta de segunda.

Cuando salió de Guerrero Negro para venirse a La Paz, su trabajo clínico ya no incluía cirugía, así que pensó que si la donaba al Hospital Salvatierra, por medio del Dr. Cardoza –hijo- sería más útil y estaría en mejores manos. En efecto, el instrumento aún funciona en los paquetes de instrumental, aun se usa y se pide como Valva de Hernández. Todo empezó porque en un principio, los cirujanos veteranos, la solicitaban como “la valva que trajo Hernández”, luego se abrevió como “la valva de Hernández” y es muy común que el cirujano, en medio de la cirugía cuando tiene dificultades para observar el campo, pida a la (el) instrumentista –pásame la valva de Hernández- y nadie corrige.

Han pasado unas quince generaciones de residentes de cirugía que se han sorprendido que a un instrumento que saben, lleva el nombre de los insignes hermanos Mayo, en el Hospital Salvatierra se le conoce como Valva de Hernández y es que, es cierto que los Mayo hicieron grandes contribuciones a la medicina y cirugía, en general, sin llegar a comparaciones, en su ámbito y en su momento, Rafael Hernández, también ha hecho lo suyo: ejercía el Dr. Hernández en Isla de Cedros, en medio de una intensa tormenta tropical acude a la clínica una mujer con dolor en el costado derecho, el dolor aumenta de intensidad en sincronía con la tormenta. Es posible que se trate de una apendicitis que en otras condiciones, con otro tiempo, se solicita a Exportadora el avión y la paciente es trasladada a Guerrero Negro, algo que no es posible por las condiciones ambientales. El viento chilla, la lluvia no cesa. La paciente se agrava, aumenta su frecuencia cardiaca, baja la presión, la palidez se acentúa, está deshidratada, el dolor es atroz. Necesita cirugía. No hay equipo. Pide ayuda por la radio, no hay respuesta. Entre el ruidajo de la estática responde un barco en altamar que entiende el llamado. El barco se puede comunicar a Guerrero Negro y se establece una comunicación triangular. En efecto, no queda más que operar. Sin anestesiólogo, sin ayudantía y sin experiencia, con las indicaciones por radio, el joven médico inicia angustioso una operación que nunca había hecho.

Cuando llega a la cavidad abdominal, no hay más que sangre y más sangre, es obvio que no es una apendicitis, se trata de un embarazo ectópico –un embarazo en la trompa de Falopio que se rompió con el crecimiento del embrión- algo que comunica al capitán del barco, que avisa a Guerrero Negro- que responde al capitán, que habla a Isla de Cedros y así…- la experiencia del Dr. Noyola entra en juego, hay que parar ese sangrado. Las indicaciones llegan tortuosas, confusas, se pierden en la tormenta que no cesa; la estática es estridente. Hernández finalmente puede identificar la zona del sangrado y milagrosamente logra pinzar y ligar la arteria sangrante. Una enfermera ha podido hacer una prueba de sangre a un familiar de la paciente y empieza una igualmente milagrosa transfusión que salvó la vida de la mujer. Ya más tranquilo, sin sangre en la cavidad abdominal, con la transfusión pasando, Hernández cierra la pared del abdomen de una paciente que se recuperó y dice, luego tuvo muchos hijos.

Las horas de angustia, de tensión y de ser valiente cuando hay que serlo y porque es además de un profesional querido y admirado en su comunidad, con permiso de los hermanos Mayo, la valva, el separador de pared abdominal del Salvatierra, seguramente se seguirá llamando Valva de Hernández.