LA MARGARITA

Habíamos vivido tan bien y tan cómodos durante el año y medio que el Joel se hizo cargo del departamento, tiempo en que el Roberto nos abandonó, de tal manera que tuvimos que meter a dos elementos para sustituirlos, para aligerar el alquiler pero cada quien compraba su leche y le ponía su nombre, el desayuno eran dos huevos con un pedazo de jamón, bolonia o chorizo, un licuado de plátanos, tortas, quesadillas, cajitas de cereal, nada podía quedar, nada podíamos guardar en el refrigerador porque desaparecía. Algunos nos abonamos en una fonda “La Tlaxcalteca” para la comida fuerte del día, 8 pesos la comida corrida: arroz –con huevo o sin huevo- un guisado (puchero, milanesa, ropa vieja, chiles rellenos, mole de olla, caldo tlalpeño, etc) agua fresca y un postre que generalmente era un plátano o una sonrisa de sandía o de melón.

Empezaba 1975 cuando conocimos a la Margarita. Llegó a pedir trabajo. Tenía 14 años y acababa de llegar de Oaxaca, apenas hablaba español, era analfabeta. Podía limpiar el departamento, lavar los trastes, lavar la ropa, hacer mandados y vivir en nuestro cuarto de azotea que no utilizábamos, todo por solo 300 pesos -50 cada quien- una ganga. Al otro día teníamos a la Margarita de 14 años que parecía una niña de 9, chaparrita, callada, seria, mirada hosca, huidiza. No nos entendía, quizás porque los sudcas hablamos muy rápido con una pésima dicción. Todo lo arreglaba con un sí o un no. No más.

Un día la fuimos a inscribir a la escuela, en un principio no quería ir pero la obligamos. Había una nocturna –para trabajadores- en el rumbo de la Colonia Algarín –entre la Álamos y la Obrera-, le compramos útiles y le vigilábamos su asistencia. Era muy tierno ver al Marcos, un sonorense de uno noventa y ciento veinte kilos, preocupado porque la Margarita no llegaba de la escuela o celándola cuando un galán la acompañaba hasta la puerta -¿Quién es ése- -¿Qué quiere contigo?- -no andes de furcia- -conserva el buen nombre de esta casa-

La Margarita, fue la viva imagen de la reivindicación y el empoderamiento femenino mediante el conocimiento y la preparación. Cuando recién llegó era de lo más sumisa, todo lo que le ordenaban hacía. En cuanto aprendió a leer y escribir, a leer anuncios, etiquetas; que aprendió a contar y reclamar la feria, empezó por movernos para barrer y trapear, luego se negó a hacer mandados –ve tú, decía -, puso horario, después de las cuatro no atendía, no se podía fumar con la Márgara presente- y desde que comprendió la falta que nos hacía, pidió aumento de sueldo y como a los seis meses de ejercer como nuestra ama de llaves empezó a maldecir en Triqui: algo que no le gustaba, que no quería hacer, cuando comprábamos –por ejemplo- cerveza o tirábamos bachas, lanzaba una jeringonza en su idioma que, sabíamos, nos estaba mentando la madre –nomás por la expresión- a lo que solo alcanzábamos a contestar -¡la tuya! –

La información que de la Márgara teníamos se le sacamos con tirabuzón. Era de la etnia Triqui, la menor de 7 hermanos, en su comunidad era de lo más normal que las vendieran y se casaran a los 9 – 10 años. La Margarita ya era una quedadona en San Juan Copala a donde fuimos, una vez, una semana santa y recibimos trato de dignatarios, nos pusieron unas coronas de flores e hicieron una limpia con ramas aromáticas y humo, nos regalaron huipiles rojos y botellas de mezcal. La zona Triqui ha sido muy movida políticamente, la lucha por la posesión de la tierra había provocado muchos desterrados y encuentros fratricidas. Incluso había una fracción Triqui armada. En fin, los Triquis eran de armas tomar y la Margarita –la nueva Margarita- no era la excepción.

Empezó siendo como nuestra hija, luego nuestra hermana y terminó como nuestra madre. Nos regañaba por todo –que no se levantó para ir a la escuela –que esa mujer no te conviene – que dejas muy sucios los calzoncillos, – come frutas y verduras- Dirigía con mano de hierro el aseo de pisos-¡pobre que metieras lodo en los zapatos!- baños y lavatrastes; ordenaba las escasas finanzas colectivas, ya no iba a mandados, al contrario, ya le hacíamos los mandados –en el mal y buen sentido-. Estudiaba buena parte del tiempo, leía el periódico además hacía bordados que vendía a los vecinos.

Dejé a la Margarita cuando pasó a cuarto grado, casi con 17 años. No había cambiado mucho, creció muy poco pero ya se le dibujaba una bella sonrisa, los ojos brillantes, vivos, profundos y oscuros. Me despedí de ella cuando tuve que ir a cumplir con mi Internado Rotatorio de Pregrado a Cd. Mante, Tamaulipas. Alguna vez fui a la Cd de México, la visité, ya le habían dado el certificado de primaria –me lo enseñó, orgullosa- Quería ser maestra para regresar a San Juan a enseñar.

Luego la perdí de vista. Me la imagino regañando chamacos en San Juan Copala.