LA MARCELINA Y EL GRANADITO

La más reciente obra del Profesor Jesús “Bobby” García, es una novela que se puede leer como un viaje a la Sierra de Guadalupe, una región desconocida para la mayoría de los sudcalifornianos, que tiene su centro en San José de Magdalena, poblado de menos de 200 habitantes, localizado sur de Santa Rosalía, en el municipio de Mulegé, el libro inicia como si se tratara de un cuaderno de viaje, el arribo desde el sur a la desviación rumbo a San José de Magdalena y las vicisitudes del viaje, la llegada al lugar por el arroyo, el tular y la piedra calcárea que lo rodea; miles de palmas, la soledad, el silencio y más allá el panteón que tiene una historia  que data del siglo  XVIII. Pasa por el camino de piedrecillas, los galerones, las huertas, los árboles frutales, va reconociendo las casas, el recorrido se alarga y aparecen los nombres de los habitantes, los recuerdos por donde quiera que pasa. Al final del día toca descansar, lo vence el sueño y entre los grillos y el croar de las ranas se desata la ficción como un sueño.

Fija el inicio de la vida en la región en algún desprendimiento cochimí que arribaron derrotados de una gran guerra, así se asentaron en la Sierra de Guadalupe a la orilla de una corriente de agua dulce, fue mucho después, en el último tercio del siglo XVIII cuando los dominicos congregaron a los neófitos para construir la misión de Guadalupe. Es el marco para el desarrollo de narraciones que reflejan la vida colonial de la región. Maltratados por los monjes los indios se rebelan y regresan con los guamas que habían despreciado, las profecías de los guamas afectan a los monjes que reciben su castigo. Pasado el periodo colonial, posterior a la Independencia, tomó el nombre de San José de Magdalena lo que antes se llamaba  genéricamente “las tierras de siembra”.

Es en este escenario donde el profesor Bobby encuentra el entorno de las historias que irá desarrollando a lo largo de la obra, parte del viaje real, actual, con guiños hacia el pasado para continuar con la bendita manía de contar y así surgen las historias que van dando cuerpo al libro

“La Marcelina y El Granadito” es una novela que requiere de relectura, los cambios de tiempos, los excesivos personajes, los cientos de ubicaciones geográficas, las narraciones que parecen independientes de la trama central, la numeración de los capítulos sin relación con el precedente hacen una lectura un tanto compleja, sin embargo, en su conjunto, La Marcelina y el Granadito, al final, cae uno en cuenta que es una unidad bien trazada, hay que seguir varios hilos narrativos.

Tiene una cantidad inmensa de personajes actuales y referencia de personajes del pasado, desde los monjes españoles de la colonia en la zona de San José de Magdalena, hasta las visitas del escritor por esos parajes y sus relaciones con amigos que lo hospedan en sus casas donde hay apariciones de personas que regresan del pretérito con sus ruidos, susurros y presencias que bien puede distinguir e identificar.

Se puede leer como un viaje que el escritor emprende a la zona, como en un viaje describe los paisajes y las particularidades; los olores, el caserío, las viejas construcciones derruidas, visita la tienda de Octavio, luego pasa a saludar a la Trini y va recorriendo San José de Magdalena y recordando momentos históricos sucedidos en la región. Describe los tiempos de esplendor de las comunidades que rodean a San José de Magdalena, de la canción que compuso el Profesor Hilario Estrada que empieza San José de Magdalena/lindo y hermoso lugar/ donde viven las morenas/ que saben lo que es amar. Las descripciones son reales, en efecto, así es San José de Magdalenas, así es, como la describe el autor, la tienda de Octavio, sin embargo los pasos lo guían a las ruinas que tienen historia y otra vez el pasado y el presente; los vivos se confunden con los muertos, la realidad y la ficción se mezclan, en cada paraje surgen los relatos alucinantes de asentamientos desaparecidos, crucifijos de oro enterrados, almas en pena, seres quiméricos, embrujados, apariciones, cuentos y leyendas que forman parte de esta travesía literaria.

El viaje que propone el Profesor Bobby es apasionante, en estas circunstancias no podían faltar las menciones a la Comala de Juan Rulfo ni a la dinastía de los Buendía de Cien años de Soledad, por la enumeración de tantos personajes, de tantos lugares y esa bendita manía de contar, los relatos se van sucediendo conforme el escritor avanza en el presente por el poblado donde una piedra, una cuesta, el arroyo o el tular le dan pretexto al autor para emprender la historia que mantiene en vilo al lector, la de Fermín y Susana, la tragedia en medio de la expectación del pueblo, sus costumbres y sus males y de ahí sin más preámbulo salta a la historia de Doña Cuquita, sin tregua de vuelta a la época de la Colonia, cuando los frailes Dominicos llegaron a la Sierra de Guadalupe, al último tercio del siglo XVIII, la relación con los indios cochimíes, historias sórdidas de rencores, de resentimientos, de castigos inhumanos, el abandono, las ruinas de la misión, solo la edificación de ranchos preservó la vida en la zona, el profesor Bobby García describe esos asentamientos en los límites de la civilización que se fueron formando en la vía que llama “el camino misioneros” que recuerdan las trágicas historias de indios y misioneros.

Como cuaderno de viaje, el libro termina con un desplazamiento hacia al norte por los ranchos de que dejó abandonados El Boleo, por la cuesta sin nombre, lugares perdidos y pretextos para la ficción que entrevera entre las descripciones de la majestuosidad de la Sierra, la vida ranchera, los caminos imposibles por donde llega, al final, al rancho El Granadito, límite norteño de esta exploración aventurera que el Profesor Jesús “Boby García recrea en primera persona y vuelve sus pasos al origen del viaje, a San José de Magdalena.

La obra es además del viaje, una exploración profunda de la vida en esa región tan desconocida, las dificultades de sus habitantes para la supervivencia, de los trabajos arduos, de la soledad. Es un homenaje, creo, a esas personas que han arraigado en San José de Magdalena para vivir y morir al lado de sus antepasados.