LA CASA DEL ESTUDIANTE SUDCALIFORNIANO EN MEXICO

Ignoro cuantas generaciones habrán pasado por esa casa, una casa que desde su fundación ha albergado a los jóvenes sudcalifornianos para estudiar una carrera universitaria, especialmente en aquellos años cuando no existía universidad en el estado. Ha ocupado varias sedes en la Ciudad de México, siempre se trataba de casonas rentadas por el estado. La última, la de La Viga, fue una casa comprada por el gobierno en 1975, con cerca de 40 años, sin remodelaciones es natural que la construcción no esté en las mejores condiciones de seguridad. Pues esa es el pretexto que pone el gobierno sudcaliforniano para desaparecerla.

Sin mayores consultas, sin tomar ningún parecer, el gobernador y el secretario de educación han declarado que la Casa del Estudiante Sudcaliforniano sale muy cara, que le van a dar 2 mil pesos mensuales a cada uno y así cada quien se busque la vida, es decir: hospedaje, alimentación, transporte, útiles escolares, inscripciones, ropa y demás, una manera de lo más irresponsable de gestionar una institución educativa; se nota la ignorancia, la indolencia del gobernador cuando le preguntan acerca de la demolición de la Casa del Estudiante y responde “yo no pienso cerrar ninguna casa del estudiante, pienso cerrar un inmueble” y con cierta vergüencita, por la afirmación tan alejada de la London School, con cierto resquemor por la brutal frase que acababa de pronunciar, añadió: “por más aprecio que le tenga uno a los ladrillos….”, parece empeñado en ser el villano favorito que le han endilgado por su parecido con el Pingüino de la serie Batman.

La Casa del Estudiante en sus más de 60 años ha pasado por etapas excelentes, buenas y no tan buenas, como toda institución que se analiza en el tiempo, ha dependido de los apoyos gubernamentales, de los directores –de la autogestión- de la calidad de los estudiantes, de las circunstancias políticas y sociales; ha recibido también muchas críticas, aun así no se puede negar que el saldo es muy positivo, la cantidad de profesionales que se han formado ahí, en familia, en una comunidad donde tendrás quizás a los amigos de toda la vida, donde no se puede vivir sin solidaridad y sin ver por el otro, sin que te importe lo que le pasa a tu compañero. Es toda una formación para la vida.

En lo personal nunca viví en la Casa del Estudiante, solo recibí hospedaje quince días mientras hacía el examen de admisión a la UNAM y esperaba el resultado, recuerdo que éramos doce sudcalifornianos quienes nos apersonamos en la Casa del Estudiante de Cádiz –Colonia Álamos- a quienes el director, Chavalo Pérez negaba –naturalmente- la admisión temporal, sin embargo en una rápida asamblea se decidió que podíamos quedarnos repartidos en varios cuartos con el compromiso que en cuanto recibiéramos el resultado –negativo o positivo- buscáramos a donde vivir, como en efecto sucedió. Siempre busqué alojamiento cerca de la Casa del Estudiante porque ahí podía ir a comer, ir a platicar de chismes y noticias de Baja California Sur, de sentirme como en la tierra –quien ha estado fuera por un tiempo bien sabe la nostalgia profunda que de pronto embarga en especial los domingos por la tarde- de pasar lo mejor posible la tristeza por estar lejos de la querencia.

Nos decían “gaviotas” a quienes no pertenecíamos a la Casa del Estudiante en México, pero que nos apersonábamos con frecuencia y siempre encontramos en La Casa comida y amistad, más aun, el cariño de las cocineras y personal de intendencia que ahí trabajaba. Cierto, la Casa del Estudiante no solo sirve a quienes ahí vivían o a los que sin pertenecer a ella, nos beneficiábamos de su cercanía, muchas veces vi como sudcalifornianos que se trasladaban a México por motivos de salud, sin los recursos suficientes, sin conocer la ciudad, eran ayudados por los muchachos que cedían su ración de alimento, que los llevaban a los centros médicos y guiaban por la ciudad.

Así que la Casa del Estudiante no es solo un inmueble –como mal dice el gobernador- es un pedazo de Sudcalifornia en la Ciudad de México, su valor no es estimativo con pesos y centavos, con resistencia de materiales y cuentas de costo/beneficio tan neoliberales, tan cuentachiles; que dizque su costo se eleva a dos millones de pesos anuales, dos millones que se gasta un funcionario en viáticos y lujos que acostumbran cuando están en el poder.

¿Qué hay anomalías?, seguramente, hay que solucionarlas, cortar por lo sano con el cierre de la Casa no es una solución inteligente. Es una decisión políticamente incorrecta cuando el Gobernador está viendo que su gobierno, su equipo, no dan una en seguridad, una batalla perdida  que de la única manera que se puede enfrentar es con educación, un asunto de largo plazo, y así con el evidente fracaso en seguridad quiere cerrar una de las instituciones educativas más productivas y simbólicas de Baja California Sur.