LA AVENTURA DEL CINE

Por eso me encanta la obra autobiográfica de Giusepe Tornatore, “Cinema Paradiso”, la relación que estableció desde niño con el cine.

Todos seguramente tenemos una conexión muy personal con el cine, en algunos casos, como el de Tornatore digna de contarse porque en los pueblos aislados, como era el caso, como sea pero accedimos a ver películas de múltiples y variadas maneras. En San Ignacio, en los años sesentas, era en la iglesia donde podíamos ver cine.

Unos misioneros combonianos –que estaban de paso- pasaban películas en la vieja bodega de vino de la misión, acondicionaron el espacio con bancas y un escenario donde veíamos en cine los trabajos de los combonianos en África y pasaban también películas de largo metraje y otras que duraban media hora pero en varios episodios, así vimos sábado con sábado capítulos de la Isla Misteriosa –la novela de Julio Verne- que nos dejaba picados toda la semana. El pase al cine era la asistencia a la doctrina donde obtenías un boleto con el sello de la parroquia, era la llave mágica que te transportaba a las maravillas del cine. Cuando se fueron los combonianos fue Don Abel Aguilar el que, aprovechaba un salón de baile –El Salón Petróleos- donde apilaba cajas de cerveza en cada extremo y una tabla a modo de banca, apenas oscurecía empezaba la película que generalmente tenía tres rollos. Eran películas mexicanas de vaqueros y rancheros, los actores estrellas eran Joaquín Cordero, Julio Alemán, Rosita Quintana, ese tipo de películas que no nos perdíamos.

Tiempo después eran “los húngaros” quienes llevaron el cine a todo el Pacífico Norte, armados de un proyector, pasaban películas del tiempo de las Ficheras, donde las mujeres guapas y semidesnudas desfilaban y los cómicos hacían su feria de albures. También pasaban vaqueras. Eso sí, había que llevar la silla.

Cuando íbamos a Santa Rosalía donde el cine era constante no nos perdíamos las películas del Cine Buenos Aires –al aire libre- en verano y del Trianón en el invierno. Casi siempre eran películas norteamericanas de actores de nombre difíciles de pronunciar, más difíciles para “El Zurdo” que era el publicista y cácaro a la vez. Unas horas antes de la película pasaba en un carro con altavoz anunciando las películas y los terribles e impronunciables nombres de los actores gringos. Además en cada esquina se anunciaba la película en una pizarra recostada en un poste. A la entrada del cine había una nevería y adentro un vendedor, te ofrecía dulces, chocolates, chicles, paletas, mientras veías la película. No faltaba el maloso que, para quitarse el estorbo, le picaba las nalgas al vendedor, de ahí nació un dicho que aún persiste en Santa Rosalía “no piquen- dijo el Chapo”.

No había mucha más diversión para un adolescente en Santa Rosalía, el cine era un punto de encuentro con la novia, con los amigos, también para ligar, para fumar; se hacían corrillos para discutir las actuaciones, los guiones, la solución del conflicto. Vimos de todo, repasamos a John Wayne, a Rock Hudson, Liz Taylor hasta que el cine fue perdiendo audiencia y casi desapareció. Este fenómeno sucedió en La Paz en los tempranos años setenta, cerró el Juárez, cerró el California donde pasaban películas de luchadores y solo quedó el Constitución cuyas funciones eran inconstantes, recuerdo que ahí vi a fuerzas de rogarle al boletero porque era para mayores de edad- “Las pirañas aman en cuaresma” con Ofelia Medina e Isela Vega.

En la ciudad de México el cine empezaba a reponerse por medio de las superproducciones, en los cines elegantes y modernos se pasaban películas caras, costaba hasta 15 pesos entrar al cine Diana, Insurgentes o al Manacar, las películas que duraban meses en cartelera eran El Padrino, Love Story, Tiburón, además te tenías que salir cuando terminaba, mientras en los viejos cines, El Maya, el Teresa, El Álamos nos daban tres viejas películas por 3 pesos, con permanencia voluntaria. Eran grandes construcciones, como el Cine Estadio que le cabían más de dos mil espectadores, luego la cosa empezó a cambiar, fueron desapareciendo los cines de tres pesos y se hicieron salas más pequeñas. Las primeras fueron las salas de arte en la Zona Rosa que abrió la empresa Alatriste, la sala Buñuel, la Fellini, la Indio Fernández, eran salas pequeñísimas –en comparación a los cinotes que conocimos- de no más de 100 personas, las películas eran de los directores consagrados europeos, Antonioni, Visconti, Bergman, Godard –el llamado cine de autor- o las viejas películas de Einsenstein y John Ford, también las de un joven Woody Allen, hasta experimentales. Luego vino la accidentada inauguración de la Cineteca Nacional con La Naranja Mecánica que empezó a sacar películas enlatadas y a desterrar la censura en el cine.

Luego aparecerían los multicinemas, muchísimas pequeñas salas que salieron de la reconversión de los grandes cines de antaño. Muchos de ellos situados en plazas comerciales. Algo que le dio nueva vida al negocio del cine.

Ha cambiado tanto el cine,  podemos verlo en internet, conseguir un proyector y hacer cine en casa; en las salas solo tenemos películas de estreno, la viejas cintas solo las podemos ver por televisión. Pero también podemos verlo por streaming, el catálogo es amplio, las opciones para ver cine son múltiples, apenas queda aquella vieja y mágica costumbre de perderte en la oscuridad de la sala y conectarte a una historia, el fin último es lo único que no cambia.