JULIETA FIERRO Y EL MAMON

Un día, en la Facultad de Medicina de la UNAM, pasó una jovencita por cada uno de los salones promocionando una revista de la Facultad de Ciencias, quería la jovencita, que los estudiantes de medicina le enviáramos ensayos científicos para publicarlos en la naciente revista “Ciencias”. En ese tiempo llevaba histología y tenía problemas para entender los asuntos relacionados con la molécula de ADN. Fue cuando cayó en mis manos “La doble hélice” libro escrito por Watson y Crick donde contaban las peripecias para dar con la estructura de ADN, el libro despejó dudas, fue como una revelación, tanto que decidí escribir un ensayo que una vez terminado, se lo llevé a la joven que se llamaba Julieta Fierro a la Facultad de Ciencias, el ensayito le gustó y semanas después salió publicado.

Muchos años después, Julieta Fierro fue invitada por el Colegio Médico de La Paz para cerrar, con una conferencia magistral, las Jornadas Médicas de ese año. Era directora de Divulgación Científica de la UNAM, ya tenía en su haber unos cuarenta libros, nominada honoris causa en varias universidades, innumerables conferencias, talleres para niños, programas de TV, había recibido múltiples premios. La conferencia sería en El Caimancito. Había una gran expectación por ver y escuchar a la afamada astrónoma y divulgadora de la ciencia.

Mientras esperábamos el acontecimiento, dieron inicio las Jornadas Médicas, por azares del destino, por una emergencia, me tocó coordinar un conversatorio de cirujanos sobre hernias inguinales. Eran cuatro participantes y me dieron una hoja con el nombre de los participantes para que los presentara, hiciera la introducción al tema y moderara la discusión. Por una pendejada de éste su servidor, no me percaté que faltaba uno de los cirujanos en la lista así que no lo nombré, cuando reparé en la falta y quise subsanarla, el cirujano, ofendido, había abandonado la sala. Lo alcancé en su presurosa y agraviada huida, le rogué, supliqué que regresara a la mesa. No hubo respuesta. Amachado se alejó, así que regresé con la cola entre las patas y continuamos con la sesión. -Nche mamón- mascullé.

Cuando se llegó el día de la conferencia de Julieta, una media hora antes nos extendió un hatillo de transparencias con las que habría de ilustrar su conferencia. Nuestro experto ayudante las acomodó en el carrusel mientras le recordaba a la científica aquel pequeño ensayo que tuvo a bien publicarme hacía casi treinta años, obviamente no se acordaba pero era un buen pretexto para iniciar la chorcha con la afamada astrónoma.

Las cosas no andaban bien con las diapositivas, el carrusel no avanzaba. Nuestro ayudante y experto, muy previsor, traía otro proyector en su carro. Fue por el nuevo proyector y al encenderlo suelta una gran destello de luz y se apaga, señal que el foco se había fundido. Nuestro operador experto tan precavido traía otro foco y fue por él. Para eso, ya casi era la hora de inicio. Estaban invitadas a la conferencia autoridades políticas y sanitarias que ya esperaban, al frente, acomodadas en sus asientos. Cada  vez  había más gente, la hora de la conferencia se acercaba, momentos para entretener a Julieta Fierro que quitada de la pena echaba, de vez en cuando, un ojo para ver cómo iba el asunto del proyector.

Mientras nuestro versado ayudante salía y entraba, atareado con las peripecias en torno a los proyectores, la gente ya se había distraído y hacían sus corrillos por aquí y por allá. Nuestro experto ayudante trae el otro foco ¿y que creen? También se fundió. No había más que hacer, al experto se le cerraba el mundo y Julieta de todo se daba cuenta, entre las conversaciones veía el sufrimiento del técnico, se le veía preocupado también a los organizadores que no podían creer lo que pasaba, mucho más cuando abandonó los modos suaves y empezó a golpear el aparato y a voltear para todos lados porque ya pasaban diez minutos de la hora y el salón a reventar.

Julieta se percató del asunto, nos veía angustiados en solidaridad con el especialista y decidió terminar con nuestra angustia cuando se dirigió al atribulado operador y le pidió una cartulina y unos plumones. En chinga fue por ellos. Cuando regresó, la gente ya se había dispersado y el salón era un estridente murmullo de pláticas que Julieta tuvo que subirse en una silla, hizo sonar un vaso de cristal con una cuchara, todo mundo volteó. Realizó unos dibujos en la cartulina y empezó una de las conferencias más espléndidas y memorables que recuerde.

Inició con las noches estrelladas de Baja California Sur, siguió con el horóscopo y la vieja astrología, con los griegos, Galileo, Kepler, continuó con el sistema solar, el universo de Einstein, pasó a los hoyos negros, explicó la belleza de la muerte de las estrellas, le entró a la naturaleza de la luz, las distancias espaciales. En eso iba cuando tiró las cartulinas y los plumones, siguió con las fronteras del universo, el calendario cósmico de Sagan, la posibilidad de vida en otras estrellas, los ovnis, de las maravillas del telescopio Hubble, las locuras de Hawking, la vida en Marte, los mensajes y destino de sondas espaciales y muchos otros atractivos tópicos de astronomía, luego las preguntas del público alargaron la excelente velada que terminó con un atronador aplauso, todos de pie.

Durante la conferencia, atisbé varias veces las reacciones del cirujano mamón que abandonó la mesa porque no lo mencioné. Esperaba que algo aprendiera de la actitud de Julieta, que suplió con capacidad de improvisación, con conocimiento, con voluntad, todas las dificultades para montar una conferencia que traía preparada, supongo que esa es la diferencia entre egos y eguitos.