FUE UN JUEGAZO

Siempre que jugaban Los Yaquis de Obregón, me lanzaba al estadio Oroz Gaytán, vivía a cuatro cuadras. Salía de la consulta a las ocho de la noche, el juego empezaba a las 19:30 así que, casi siempre llegaba entre la segunda y tercera entrada. Desde que salía, ponía la radio, por el gran cronista Alfonso Araujo Bojórquez me enteraba de las incidencias del juego, de tal manera que ya tenía cierta información cuando llegaba al parque de beisbol. Ese día, por alguna razón no puse la radio y cuando llegué al estadio, el juego iba doce a cero. De haber sabido el marcador, ni me paro en el Oroz Gaytán. Ya ni modo, una cervecita pal coraje. Choqué el bote con el vecino desconocido a modo de saludo.

Los Naranjeros de Hermosillo habían agarrado a palos a dos pitchers de los yaquis, el marcador desproporcionado no daba más que para comentar intrascendencias con mis inopinados vecinos de tribuna. El nuevo pitcher –el tercero- de los Yaquis parecía poder contener los bates Naranjeros pero el daño ya estaba hecho.

Por ai de la cuarta entrada los Yaquis, se embasaron y pusieron cierta honra en el marcador: doce a dos. El pitcher de Obregón, un novato, cerró la puerta a los Naranjeros mientras en la quinta entrada Los Yaquis hicieron otras dos carreras. Otra cerveza, dijo mi vecino, pues venga  dijo el resto mientras el novato les colgaba otro cero a Hermosillo y en la sexta, los Yaquis hacían otra carrerita. – ya no se ve tan mal, está más honroso ¡otra cervecita!- decía mi vecino, la pizarra marcaba doce a cinco. Los bates Naranjeros seguían enmudecidos pero en la llamada “fatídica”, en la séptima, los Yaquis hacen un rally de cuatro con un grand slam. El asunto se ponía serio porque un doce a nueve en la séptima, ya no parecía misión imposible.

Mis vecinos apuraban las cervezas, otra y otra, hasta se me acumulaban. El estadio mudo las primeras entradas había cobrado vida. Los gritos, las exclamaciones, las ocurrencias, las carcajadas, llenaban las tribunas. Sin duda que los Yaquis podían ganar este juego a los odiados Naranjeros capitalinos. Con mis vecinos –ya muy compas- chocaba las manos cada vez que una buena jugada se festejaba.

El manager de Hermosillo empezó a hacer movimientos desesperados, no podía dejar que éste juego se lo sacaran de la bolsa. Cambió de pitcher, acomodó a los filders. En la octava metió bateadores emergentes y el cuadro cambió totalmente pero el pitcher Yaqui seguía imperturbable lanzando una joya de pitcheo. Mientras los Naranjeros jugaban al gran batazo metiendo bateadores pesados, Obregón jugaba beisbol chiquito: hititos, bases por bola, robos de base, toquecitos. En la parte baja de la octava, Obregón hace dos carreritas con los que se ponía doce a once. El juego estaba en el alambre. En la novena, meten la carrera del empate y se van a extraining.

Ambos equipos habían hecho movimientos estratégicos sacando y metiendo jugadores, al final del juego casi no quedaba personal, siguieron empatados en la décima y el juego se precipitaba hacia la hora límite, de las raras ocasiones en que puede un juego de beisbol terminar empatado. Es la regla. Otra regla de la Liga era que los equipos tenían la obligación de mantener en su rooster, un jugador de las ligas locales de Primera Fuerza.

En la onceava entrada mis vecinos ya habían comprado el balde para ahorrarse el llamado al cervecero, la algarabía había subido de tono, Los Yaquis estaban en su momento, Los Naranjeros casi en la lona. En eso, anuncian por el sonido local que será la última entrada, la última bateada de los locales. El primer bateador es out en un fly, el segundo pega un hitito por atrás del short y se embasa, el siguiente toca para avanzar el corredor a segunda. El manager de Obregón seguía con su juego de carrerita en carrerita que tan buenos resultados le había dado pero el rooster se había vaciado y solo quedaba el jugador de las ligas locales que los Yaquis habían incorporado desde el principio de la temporada pero que nunca había tenido una oportunidad en el orden al bat. Los Naranjeros cambiaron al pitcher, un imponente extranjero negro de bola rápida, ya solo deseaban que el juego terminara empatado.

Dos strikes las dos primeras pitcheadas, el muchacho parecía asustado, no había duda, le pasarían el otro strike y el juego terminaría empatado, pero no, la siguiente pitcheada fue una bola descontrolada, en eso, vi que mi vecino, el desprendido vecino que me estaba pichando las cervezas estaba hincado, rezaba volteado para atrás, no quería ver el juego. Uno de los acompañantes me dijo – ¡es su hijo!- entre el griterío -¿Quién?- le pregunté –el que está bateando- respondió. ¡ah cabrón!

En eso, el bateador novatísimo se enreda con una recta, todavía lo recuerdo como en cámara lenta: sonó sólido el batazo, la bola se elevó, se elevó, no bajaba, el fílder corría, llegó a la zona de advertencia y paró de correr, la bola estaba del otro lado.

Se vació el dug out de los Yaquis, como si hubieran ganado el campeonato. Apenas pisó el home, al morro lo alzaron en hombros. En las gradas había una algarabía y mi vecino –padre orgulloso- me abrazaba, lloraba, gritaba, apenas saltaba de pedo que estaba, lloraba, reía, no acertaba que hacer y nos empezó a vaciar el agua del balde, destapaba cervezas, las agitaba y nos las vaciaba en la cabeza. Fue un juegazo.