ENTRE ANGEL CESAR Y CARLOS

Las comparaciones forzosas –odiosas, inútiles e inevitables- entre ángel César Mendoza Arámburo y Carlos Mendoza Davis –padre e hijo- afloraron en este segundo aniversario de la muerte de Don ángel César, en el que se recordó el paso del prócer por la vida política sudcaliforniana. En el ejercicio comparativo, resaltan más las diferencias que las coincidencias, sobre todo, por los cambios que ha experimentado Baja California Sur en estos casi cuarenta años de distancia entre la Sudcalifornia de Ángel César y la de Carlos. Tales diferencias, sin duda, decididas por los cambios en la configuración política del país pero también, por las diferencias en la personal forma de gobernar.

Ambos llegan al poder después de ocupar la Secretaría General de gobierno del Estado, las formas de acceso son diametralmente opuestas. Ángel César llega por medio de un partido único y como parte de un movimiento popular reivindicatorio de una Sudcalifornia injustamente aislada. Las exigencias del gobernante nativo y con arraigo son coronadas con un transición política, primero y por la elección –por aclamación-de Ángel César Mendoza, después. No es el caso de Carlos quien tiene que cambiar de partido para sumarse al grupo político que ostenta el poder mediante el PAN pero además tiene que competir en una campaña cruenta en la que se cuestionan desde sus capacidades hasta su honorabilidad. Si bien es cierto obtiene una victoria holgada sobre el PRI, muy lejos está de la aclamación popular de su padre.

La Sudcalifornia de Ángel César también está muy lejos de ser la de Carlos. Bien adaptados a la dictablanda del PRI, no había competencia política en un estado recién fundado en el que estaba todo por hacerse. Ángel César llega a la gubernatura con un bono popular que no se gastará nunca, es una especie de héroe nacionalista al que todos aplauden, un papel en el que se siente a sus anchas. Sus baños de pueblo son frecuentes y en un estado pequeño, de menos de 300 mil habitantes, el gobernador es un tipo accesible y carismático. Carlos aborda un estado con serios problemas de gobernabilidad, el crimen organizado ha causado cientos de muertes y el Estado, antes pacífico, es el escenario de asesinatos cotidianos y luchas de pandillas crueles y sanguinarias. Seguramente Ángel César jamás ocupó de escoltas armados, Carlos tiene que extender su seguridad hasta familiares cercanos, sus baños de pueblo escasos y su contacto con la gente muy lejos de la actitud bonachona y cercana de su padre.

La aceptación de Ángel César fue unánime, el futuro estaba a la vista, era alcanzable; había planes para el despegue del Estado en turismo, agricultura, ganadería, educación; se construía la carretera transpeninsular de más de mil millas, se establecían puentes aéreos y marítimos para paliar el aislamiento; el discurso político –extraído de Loreto 70” era de exigencias firmes y suave reclamo a la federación, el discurso cultural encerrado en “La cortina de choya” se empezaba a abrir al mundo. Carlos encuentra una Sudcalifornia que se deshace entre el gran capital y los intereses populares, en medio de una globalización que acendra el capitalismo salvaje y de un reformismo nacional que no termina por dar frutos; el futuro es incierto y no hay demasiados estímulos para el bienestar de los sudcalifornianos. También están muy lejos el clima de seguridad y confianza de los tiempos de Ángel César a estos tiempos canallas en los cuales los sudcalifornianos ni siquiera pueden entrar a sus playas expropiadas por el capital.

Las formas suaves de Don Ángel César chocan con las duras decisiones de Carlos en materia de gobernanza. Quizás es la percepción de la lejanía pero Carlos ha tenido que cambiar leyes de

carácter regionalista –con un congreso a su servicio- para poner un procurador que no cumplía con dichos requisitos; ha enviado fuerzas represivas a desalojar pescadores que –mal que bien- luchan por los que creen sus derechos frente a gigantes inmobiliarios; ha trastocado la autonomía municipal en materia de finanzas. Decisiones cuestionables que requerían del ejercicio de la política en la que Ángel César –se supone- era ducho y seguramente resolvería de otra manera.

No hay duda, la preparación académica de Carlos es superior a la de su padre que se fogueó, desde muy joven, con cargos públicos en los gobiernos territoriales casi siempre comandados por personajes extraños de los que Ángel César fue una especie de cicerone, el caso de Carlos es la de un gobernante típico de las democracias: nada extraordinario ni en su discurso, ni en su imagen o su maneras de gobernar. Ángel César conservó siempre ese aire de elegido, producto del triunfo de un movimiento patriótico, legitimado por los mayores consensos populares, Carlos en cambio, es producto de una elección competida, legitimado por los votos, cuestionado por la oposición, por una sociedad más crítica y un poco más organizada.

En suma, las diferencias entre Carlos y Ángel César son abismales, las épocas tan diferentes que no hay punto de comparación. Ángel César es un busto de bronce, un personaje mítico que el paso del tiempo favorece, Carlos, apenas está escribiendo su propia historia.