EL TIGRE Y EL GRINGO

Fue a finales de los años sesentas cuando El Tigre se hizo famoso en la región. Era un arriero de los ranchos vecinos de San Ignacio, que a veces, por su buen conocimiento de la región, se alquilaba como guía a los extranjeros. En esta ocasión fue contratado por un gringo para que lo guiara por la zona de la Laguna de San Ignacio. A los pocos días de convivencia, el gringo que tenía muy mal humor y peores modales ya había colmado la paciencia de El Tigre que apenas lo soportaba. Ese día se poncharon primero y después se atascaron en los médanos laguneros, el carro no daba ni para atrás ni para adelante, los ánimos de ambos estaban a punto de caldo de tal manera que una frase hiriente del gringo que revolvió las entrañas del Tigre, una expresión que se le subió al colmado depósito de los rencores, los aborrecimientos y los resentimientos fue suficiente para que El Tigre agarrara la pala, se abriera de patas y como piñata le sonrajara un tremendo palazo en las inmediaciones del bacotito de la oreja izquierda, el gringo solo alcanzó a meter las manos y se desplomó sin decir ni ¡ug! –los gringos dicen ¡ug! en lugar de ¡ay!- sobre el médano sin ningún testigo a 50 kilómetros a la redonda.

Con toda paciencia y con la misma pala, El Tigre se abocó a hacer un hueco donde meter al gringo y entre la arena tan suelta que se resbalaba y el hueco que no daba de sí, lo medio enterró en esos extensos llanos entre La Laguna de San Ignacio y San José de Gracia. Apenas los coyotes olieron atisbos de sustancia en descomposición, localizaron la arena floja, la removieron hasta descubrir una mano, luego la otra y hubieran dado cuenta del banquete de no ser por unos pescadores que por ahí deambulaban en busca de bancos almejeros, los olores y la sospechosa reunión coyotera los llevaron a descubrir, como dicen los elegantes: el macabro hallazgo.

No tardaron mucho en descubrir al culpable, por las proximidades habían visto al gringo acompañado de El Tigre, de pronto el gringo aparecía muerto y del Tigre ni su sombra así que decidieron ir por él. Cuando esto sucedió, El Tigre ya andaba por la sierra con caballos frescos, agua y alimentos suficientes al tiempo que elaboraba una red de apoyos y complicidades en todas las rancherías de la zona.

La policía rural lo buscaba en los habituales recorridos de El Tigre que, conocedor minucioso de la zona, burlaba a sus captores con facilidad. Fueron muchos meses en los que se contaba día tras día de la persecución de El Tigre y de sus estrategias para hacerse de humo. Dizque lo veían en un lado y aparecía en otro muy distante; que bajaba disfrazado a San Ignacio por víveres, que se burlaba de sus perseguidores poniendo trampas, que les dejaba mensajes burlescos etc. Una corriente de simpatía popular siguió a la persecución. Era El Tigre una especie de héroe al que se empezaba a inventar la leyenda. Todos los días en la escuela, la chamacada contaba las nuevas aventuras de El Tigre. Se contaba, por ejemplo que cuando enterraron al gringo, el Tigre desde El Calvario –el cerro bajo el que está construido el cementerio de San Ignacio- asistió al entierro; que vivía en los palmares y comía en casa de una enamorada, que se paseaba por los pueblos y ranchos disfrazado de Pancho Villa, que había aparecido en Santa Rosalía –en La Nopalera- y el policía Tachito lo reconoció pero se le escabulló, etc.

Fue Celestino Zúñiga un amigo de El Tigre quien lo entregó después de mucho vagar por las serranías. Apelando a la amistad lo citó en un sitio entre el volcán de las Vírgenes y La Sierra de San Francisquito, Celestino le llevó víveres que apuraron en copioso desayuno, hablaron de sus cosas, del trabajo, de la situación; dicen que Celestino le pidió que se entregara a lo que El Tigre se negó y mientras las cosas pasaban, la policía rural que sabía por Celestino del encuentro, se aproximaba. La policía esperó que cayera la noche, los sorprendió alrededor de una fogata y sin resistencia El Tigre fue apresado y llevado a Santa Rosalía acusado de homicidio.

Cuando le preguntaron ¿porqué lo mataste?, con su respuesta, El Tigre terminó por ser ese héroe condicionado que sabes que es un asesino, que está condenado por las leyes celestiales y las humanas, que nada bien está privar de la vida a un cristiano cualquiera que este sea, pero la simpatía y admiración que había despertado por la huida y sus estrategias de supervivencia, dio un giro hacia el nacionalismo tan acendrado que practicamos, sobre todo, cuando están por medio los gringos. El Tigre se erigía –al final de los sesentas- como un justiciero, un defensor de la dignidad nacional –eran los tiempos del Che, Sandino, Camilo Torres- El Tigre había tenido una respuesta frente a la opresión extranjera, un acto de salvaguardia del honor de todo un país: – “Porque me dijo ¡mexicano cochino!” –dicen que respondió El Tigre cuando le preguntaron la causa por la que ultimó al gabacho.

De vuelta a San Ignacio Celestino empezó a ser rechazado por la población, no era bien venido a las tertulias ni invitado, luego enfermó, se recluyó en su casa y murió solo, poca muy poca gente fue a su entierro

El gringo fue enterrado en la orilla derecha del cementerio de San Ignacio y hasta hace algunos años, el Día de muertos no faltaba quien le llevara flores y arreglara su tumba pero poco a poco el asunto se ha ido olvidando y ahora nadie sabe dónde está la tumba del gringo que mató El Tigre.