El Profe Bobby

No tuve la suerte de que fuera mi maestro, pero conozco desde muy pequeño al profesor Jesús García, mas conocido como El Profe Bobby, leo casi todo lo que escribe, desde sus artículos periodísticos  rigurosos, mordaces, incisivos; desde sus novelas, la primera, “Caídos del Cielo del Infierno” y acabo de leer –de manera tardía- “La ciudad del canal”. Algunos de sus libros, recuerdo, me los ha vendido de mano en mano, previo afable saludo y recuerdos familiares. No solo he leído su poesía, he escuchado su manera de decirla en los homenajes a Alán Gorosave –en Mulegé- . Toda esa producción literaria y periodística ha estado revestida siempre de un profundo sentido social que no admite correcciones, de un enfoque político de izquierda inamovible y un sentido de la vida siempre del lado de los jodidos. Le caracteriza una terquedad supina por hacer de esta aldea global, un mundo más vivible, más justo, más feliz.

Hijo de minero, desde muy joven probó las chingas de la mina y ya, de profesor normalista hizo sus pinitos en San Ignacio donde aún se le recuerda junto a su inseparable perro El Dumbo. Muchas anécdotas se pueden contar de su estancia por aquellos lugares, desde su tremenda voz de barítono las tardes de baño de jícara en el internado rural hasta una que otra pródiga borrachera. Profesor fundador de escuelas, ha dejado una profunda huella en sus estudiantes. Iniciador y  militante de partidos de izquierda, de sindicatos obreros, de asociaciones intelectuales, de revistas y periódicos en los que ha delineado su pensamiento a favor siempre de los humildes, algunas veces de manera tronante, ruda, directa -¡alea jacta est!- , otras veces con la suavidad, la exquisitez, los guiños del buen escritor que ha llegado a ser.

Ha incursionado también en las hieles de la administración pública en donde, la honestidad ha sido una rémora e, indefectiblemente, ha salido con cajas destempladas porque no comulga con el poder absoluto, ni con la obediencia ciega, ni la complicidad indebida. Su última participación fue en la administración de Leonel Cota, después de algunos meses en el Patronato del Estudiante Sudcaliforniano, fue invitado a cerrar la puerta por fuera por razones que el Profe Bobby ya ha explicado junto con su desilusión general de la clase política. Desde entonces se ha dedicado a la escritura, su columna “La suerte está echada”, se reproduce en varios periódicos y páginas web. Además de la crítica social ácida y contundente, cuenta sucesos memorables y sabrosas evocaciones, como en una columna reciente (22 octubre) en la que teje de manera magistral, reminiscencias del pueblo de Mulegé, pasa del espléndido talento de Alan Gorosave al arte declamatorio -Estética de la palabra hablada- de Adrián Escamilla;  de la extravagante cárcel del pueblo a la tragedia de Don Rómulo Bastidas, un hombre bueno de Santa Rosalía que mató –en un acceso de ira-  a un buscabullas y pasó el resto de su vida recluido –es un decir- en la cárcel de Mulegé.

Recuerdo a Don Rómulo, era amigo de mi padre y fui, de 9 o 10 años quizás, a verlo, a platicar con él, a llevarle algún obsequio, algo de comer. Sentados en unas piedras afuera de la cárcel, sin guardias, sin medida de seguridad, sin tiempo límite, mi padre y Rómulo platicaron largamente mientras el chamaco curioseaba por aquí y por allá en los linderos de la cárcel y el resto de los presos trajinaban haciendo labores de mejoras en el edificio. Suponía que era un recuerdo inventado hasta que, hace unos días, el profe Bobby lo menciona en su columna, porque tiene esa bendita manía de contar y así he gozado de sus reminiscencias acerca de los últimos días de El Boleo, de los equipos de beisbol bolerianos y de los grandes peloteros que ha dado cachanía; de los caminos que abrió el Chapo Galván, de las olimpiadas territoriales y la acérrima rivalidad entre Santa Rosalía y La Paz. Contado con esa amenidad que dan los años en la escritura, que no se adorna con frases apantallantes porque, a  estas alturas, después de tanto aporrear teclas, como escritor, no tiene nada que demostrar.

Ha sido una delicia leer “La Ciudad del canal”, una historia novelada de la construcción de Guerrero Negro. Un homenaje a personajes memorables de la Cachanía de los 50’s, arrojados de El Boleo en quiebra, quienes encontraron en el Guerrero Negro de los 50’s, su destino. El Profe Bobby recrea esos años de fundación con nombres propios instalados en la ficción. Raudel Tártaro, su alter ego, es el narrador de las peripecias que utiliza para darnos a conocer el nacimiento y desarrollo de un pueblo industrial implantado en un lugar impensable, que fue lugar de correrías de balleneros, piratas y pescadores. La novela no da tregua pasa de la tragedia de los accidentes laborales a las borracheras locas, las bromas pesadas, las necesidades masculinas de un pueblo sin mujeres y el lado venturoso del ser humano, pero sobre todo, narra con singular maestría, el lado más oscuro del individuo que es capaz tanto de la mayor ruindad como del heroísmo más generoso. La miseria humana en todo su esplendor y la emergencia de la esperanza, de mejores días. Pasajes que recuerdan las novelas de José Revueltas.

No es una visión idílica de la vida de Guerrero Negro, lejos está de un texto neutral, bucólico, es una novela apasionada, dura, fuerte; con un lenguaje que constriñe, que no da tregua, excepto en las visiones, las reflexiones de Raudel Tártaro, que el lector sospecha, al final, que es el propio Jesús García Manríquez –el Profe Bobby- quien da  voz al narrador, una voz ya inconfundible en el panorama de la literatura sudcaliforniana.