EL PRIMER CASO

Cuando llegué a San José de Aura, en la Cuenca Carbonífera del Estado de Coahuila, un pueblo de 1500 habitantes donde me tocó el Servicio Social requisito indispensable para obtener el título de Médico Cirujano de la UNAM. El primer día, me vestí de blanco impecable, la clínica quedaba unas tres cuadras de la casa donde me había hospedado en compañía de otro pasante, éste de la Universidad de Coahuila. Saludos, presentaciones y un manual de normatividades me esperaban para iniciar ese ciclo anual. Por primera vez, sin tutelas ni red de protección, enfrentaría la realidad y el ejercicio pleno de la profesión.

Estaba a punto de llamar al primer paciente cuando, en la pequeña sala de urgencias irrumpió una mujer con gritos destemplados que asustó a todo mundo y nos hizo temer lo peor, una herida, un sangrado profuso, una amputación. Acudimos rápidamente, la mujer se tocaba el oído derecho, gritaba desaforada y no atinaba a explicar que le pasaba. Como pudimos la calmamos lo suficiente para que manifestara que –creía- que una hormiga se le había metido en el oído, sentía un ruidajo y un dolor desgarrador en el oído.

Todo nervioso, sin saber qué hacer, sin un plan, tomé el otoscopio, lo introduje en el oído -ahora sé, que bastaba una jeringa con unos 5 mililitros de lidocaína para vaciarla en el oído y se resuelve el asunto-. Nunca jamás en los años de estudiante, alguien me enseñó a sacar una hormiga del oído, ningún texto, ninguna clase –o falté ese día- pero el sentido común me decía que con el otoscopio debería identificar, primero, lo que tanto molestaba a la paciente que no dejaba de gritar y patalear. Finalmente pudo quedarse quieta aunque agitara las piernas como poseída, procedí a insertar el aparato y en efecto, apenas entró el cono con luz, encontré una hormiga roja, gigantesca –con la lente de aumento-.

Cuando recién encontré a la hormiga, estaba de espaldas, el culo gordo en primer plano. La hormiga no identificaba de donde procedía la luz, de manera equivocada, la hormiga creyó que la luz venía de adentro porque veía el reflejo de la luz en la membrana timpánica y hacia allá se dirigió. En su intento por escapar, más se internaba en el oído hasta tocar con las patas la membrana del tímpano, la señora sintió un sonido estrepitoso y saltó, aulló de dolor, manoteó mi aparato interrumpiendo el examen. El tiempo pasaba, la extracción no avanzaba, alguien me ayuda a detener a la señora y empezamos de nuevo. Con el conito del otoscopio casi toco al insecto pero se dio vuelta, ahora veía hacia la luz del aparato. Quedamos cara a cara, la hormiga encandilada se quedó inmóvil, mientras esto pasaba pensaba, rumiaba, especulaba, analizaba, meditaba, reflexionaba como jodidos podría sacarla. La hormiga no se movía, sus ojos veían hacia la luz  -hacia mí- fijamente, parecía que me retaba y me daba la impresión de que movía las patas traseras y hasta resoplaba como toro de lidia. El aumento de la lente hacía ver una grande y poderosa a la hormiga, se le podía ver unos finos pelitos en las patas y en el vientre que se paraban y ponían, a la hormiga, en situación de ataque. Su pose era desafiante, hierática, bravucona.

La paciente ya se había tranquilizado porque la hormiga dejó de moverse y de rascar la membrana timpánica que suele –en esas circunstancias- producir un ruido insoportable. El tiempo pasa lentamente, el momento se alarga y no encontraba la forma de sacar a la maldita hormiga del oído. La hormiga trata de salir por un lado, le tapo la retirada con el cono del aparato, prueba por el otro lado, muevo el aparato y bloqueo su movimiento, da unos pasos para atrás y retiro un poco el dispositivo con luz. El insecto se inquieta, la luz la apabulla, mueve las antenas amenazantes hacia adelante y luego las para. Antenas enhiestas, ceño contraído; ojos fuliginosos, profundos y el hocico en tenaza es amenazadora, parece que va a embestir, está realmente molesta, se siente acorralada y de pésimo humor.

Algo tengo que hacer, la señora no soportará más la posición forzada que la enfermera, casi encima de ella, le ha obligado a adoptar. Muevo el aparato para cucarla, como torero que enseña al toro su capote, la hormiga no se va con la finta a la primera, pero a la segunda vez que agito suavemente el aparato, la hormiga avanza la cabeza, le bajo la intensidad de la luz, pone las antenas horizontales, da unos pasos hacia delante, sube las primeras dos patas al conito, entiendo que si se mete al cono puedo retirar el aparato con todo y hormiga, pido a dios, a San Judas, a San Cosme y San Damián, patrones de la medicina, me acuerdo que soy ateo, pido por Descartes, Galileo y Darwin que la puta hormiga se suba de una vez al conito. – entra hija de la chin..da- digo exasperado en voz alta, la hormiga parece que lo escucha y herida en su amor filial, avanza decidida por el cono, hacia la luz, saco del  oído –rápidamente- el cono con la pequeña hormiguita adentro y asunto resuelto.

Gracias, doctor.

Gracias a usted, digo extenuado, taquicárdico, desfallecido.