EL PERRO NEGRO

El Sr Alvarado solía subir todas las tardes, por el camino del cementerio de Ranchería, hacia un promontorio donde había instalado una pequeña porqueriza con un par de cochitos con la idea de engordarlos para diciembre. El perro se le pegó, lo siguió a todas partes, apenas subía las lavaduras en su picapsito Toyota, el perro ya lo estaba esperando. Nada mal le caía la compañía al talante solitario del Sr. Alvarado. Luego supo que el perro quedó huérfano no hacía mucho tiempo, su dueño murió y dicen –dicen- que murió haciendo el amor. En plena borrasca sexual, el sujeto, sufrió un infarto masivo y ahí quedó.

Un día, a la pareja sentimental del Sr. Alvarado se le antojó acompañarlo a dejar comida a los cerdos, llevaba la señora aviesas intenciones, quizás aburrida por la rutina sexual o la falta de atención de su compañero, después de ver la enjundia con la que el cochi garañón daba lo suyo a la complaciente cochita, se le insinuó, se le repegó, se le adhirió y las pasiones hicieron lo propio. Alvarado bajó la tapa del picapsito y ahí, en las soledades de aquellos pedregales decidieron hacer los deberes. Cuál sería la sorpresa del señor Alvarado que en cuánto inicia su labor, el perro se acerca y empieza lamer aquella zona llamada periné, una región erógena que se localiza entre el margen del ano y la base del pene, con tal efecto que Alvarado no recuerda mejor desempeño –ni de jovenazo- que el de esa ocasión. La señora disfrutó como nunca y después de agradecer a Alvarado le dio un entrañable y apretado abrazo al perro. El perro era una maravilla.

No cabía duda, el perro estaba entrenado para tales maniobras. Caían en cuenta la muerte de su antiguo dueño, seguramente el Negro tuvo que ver en el asunto y proporcionó una feliz muerte a su amo. Alvarado y señora estaban encantados. El asunto se repitió varias veces. Cada vez que se preparaban baldes, escobas, agua y enseres varios, se encaramaban –ipso facto- el perro y la dama. El toyotita ya estaba acondicionado con una gruesa cuilta, Alvarado de pie, la señora recostada en la tapa, las piernas al aire, periné al abismo, el perro hacía lo suyo. Alvarado y la mujer suspiraban satisfechos agradecidos de las artes primorosas del Negro.

A alguien se le fue la lengua porque al tiempo, el asunto se supo en el barrio, ¿Cómo? quien sabe pero alguien desplegó el chisme de tal manera que dos compinches necesitados de estímulos externos -de los que solo podemos poner las iniciales – D. E y el M.C fueron a pedirle prestado el perro al Sr Alvarado. Después de una negativa tácita, los ruegos fueron tan prolongados y tan lastimeros que Alvarado, finalmente cedió con tal de quitárselos de encima y se llevaron al perro. La mala suerte se enseñoreó con los involucrados porque cuando, de regreso, contentos y horondos por los resultados obtenidos, llevaban al perro de vuelta, éste se atravesó la calle para oler a una insinuante y coqueta perrita, no calculó la velocidad a la que un cafre recorría El Chorizo, aun cuando trató de frenar, una llanta le agarró una pata, la llanta de atrás remató al desdichado Negro y lo mató. No lo podían creer ¿Qué iban a decirle a Alvarado que estaba como loco dando vueltas en el corredor en espera de su perro y el toyotita listo para emprender la subida camino del cementerio?.

Era inaceptable, el profesor D.E y el M. C. apenadísimos no hallaban que hacer. Después de pensar, Alvarado, que la noticia era broma, que era puro cotorreo, pasó a la negativa del ¡nooooo! horroroso, adolorido, pero cuando vio al perro muerto fue un amargo y sentido llanto. Le ofrecían dinero, le ofrecían otro perro pero no, el Negro era insustituible. Después pasó el Sr. Alvarado a una fase violenta, amenazó con un hacha e hizo correr al profesor D.E y el M. C que solo alcanzaron a escuchar algo que tenía que ver con el ministerio público.

Pasaron los días, tanto el profesor D.E como el M.C recibieron sendos citatorios de las instancias judiciales, tendrían que acudir al juzgado que representaba con gran honorabilidad Don Segundo Verdugo. En el juzgado, los cuatro, discutieron las maneras de recompensar, de resarcir el daño. La discusión naufragó pronto, Alvarado quería al perro de  vuelta “vivo se lo llevaron, vivo lo quiero” y de ahí no se movía. De pronto surgió una idea, si en efecto, no se podía traer de nuevo al Negro, se sabía que el perro provenía de San José de Magdalena, que ahí, quien sabe con qué artes y por quien había sido entrenado para provocar  tan locas –y tan sensacionales- sensaciones. La sesión se dio por terminada cuando quedaron de localizar al entrenador de perros eróticos en San José de Magdalena.

A la siguiente semana se abre de nuevo la sesión los involucrados ya habían resuelto el asunto. Llevaron la resolución al juez Don Segundo. Los acusados habían localizado al entrenador, en consecuencia se comprometían acudir a San José de Magdalena y escoger el perro que más se pareciera al Negro con el objeto de resarcir, lo más posible el daño causado. Ahí fue cuando el juez, Don Segundo se levantó, miró a los lados, se alejó de la secretaria que tomaba nota del acuerdo que habría de darle formalidad al acto, se acercó a acusador y acusados, los rodeó con los brazos, los empujó al pasillo, cerró la puerta y al tiempo que enseñaba la mano derecha con el dedo índice y el dedo medio levantados, les espetó: -que sean dos-