EL GUILO AYALA

Las antiguas panaderías de hornos de leña, eran de dimensiones muy variables pero siempre con la fuente de calor a un lado, una oquedad para la leña y otra, abajo, para las cenizas, cuando las brasas estaban en su apogeo era la hora de hornear pero tal hora habría de coincidir con el punto en el cual el pan alcanzaba su mayor volumen. Después de que el pan tomaba su forma, las hojas de lámina con pan se ponían a reposar en los jauleros donde se esperaba que la levadura, una temperatura cálida y el tiempo, aumentaran la corpulencia del pan.  Los microorganismos de la levadura producen en su metabolismo, bióxido de carbono, el gas se difunde por el gluten de la masa, el pan hace miga y cuando alcanza su máximo volumen, es el momento preciso para meterlo al horno, cualquier golpe, cualquier sacudida brusca, colapsa el pan y no hay manera de arreglarlo, hornear, por lo tanto, era un proceso delicado, eso era lo que hacía el Güilo Ayala y lo hacía tan bien, que no servía para otra cosa.

Hijo de Don Juan Ayala, un hombre de fino trato, educado, buena persona, comerciante honorable que llegó a tener una tienda grande en Ranchería, nunca pudo, nunca supo, nunca encontró la forma de educar al Güilo. Desde pequeño el Güilo padeció una tara de la pierna derecha, un encogimiento debido –supongo-  a poliomielitis que lo obligó a usar un bastón para poder caminar. Aunque su padre fue siempre bondadoso, el Güilo nunca correspondió a esa bondad, cuando le llegaba a ayudar en la tienda, Don Juan sabía que era para robarle, por más que lo vigilaba Don Juan, el Güilo usaba las estratagemas más rocambolescas para salir con dinero de la tienda. Una vez lo vio meter un billete en un virote, Don Juan lo atajó y le dijo: “mijito, ¿por qué mejor no te haces un sándwich de jamón?”- Otras veces lo dejaba hacer pero el dinero lo gastaba en apuestas a los gallos y en alcohol al que se aficionó desde muy joven. La adicción al alcohol lo llevó a chantajear a su padre y amenazar con quitarse la vida si no le daban dinero para la bebida.

Después de tantas amenazas de matarse, enloquecido por un síndrome de abstinencia, un día, después de una negativa, lo encontraron tirado rodeado de un charco de sangre, se había cortado el cuello con un cuchillo. Lo llevaron con urgencia al hospital donde transfusiones, una operación y una estadía de un mes en el hospital le salvaron la vida. De este episodio quedó una sinuosa cicatriz en el cuello y la voz ronca, apenas audible. Tal comportamiento, dicen, llevó a Don Juan Ayala a la tumba. En su lecho de muerte, Don Juan pidió a su compadre Miguelito Meza, panadero de Ranchería que se encargara del Güilo. Por esa razón, cuando se acercaba la hora de hornear en la panadería de Miguel Meza, había que buscar al Güilo donde quiera que estuviera. Si bien, los panaderos ya sabían la mayoría de sus guaridas, lo normal era encontrarlo tan borracho que cuando llegaban con el Güilo en vilo, había que bañarlo con agua helada, darle café fuerte sin azúcar, una sopa caliente, cualquier cosa con el fin de mantenerlo en condiciones de hacer su trabajo.

Así como era un as en su trabajo, era de muy mala entraña, con ningún panadero mantenía relaciones cordiales, su alcoholismo, su manera de ser, lo perdía, no tenía amigos. Se juntaba con unos borrachines en el cementerio de Ranchería donde tampoco era muy bienvenido, a la hora de la cooperación para la pacha, el Güilo no era muy espléndido pero a la hora de consumir la botella, bueno para el gorgoreo, actitud que provocaba, con frecuencia, pleitos y discusiones entre la tropa. Una vez, uno de los borrachines sufrió una terrible desgracia, se le murió un hijo, lloroso, apesadumbrado acudió a sus amigos –muchachos, se me murió el Juanito, acompáñenme al velorio, ahí les tengo un fuertecito- les dijo y apenas hubo terminado, repuso –pero tú no- dijo apuntando al Güilo que recostado en una tumba le respondió –pinche pendejo, se siente muy orgulloso porque se le murió un hijo- no faltó quien le diera un chingadazo por baboso.

Cuando finalmente estaba en condiciones para hornear, se estacionaba frente el horno con la pierna mala en el bastón, tomaba un trapeador bien mojado y lo pasaba por todo el piso del horno provocando una gran ola de vapor, en ese momento cerraba la puerta del horno, esta maniobra aseguraba una temperatura uniforme en todos los rincones del horno. Un horneador normal, toma las hojas de pan con la mano y las coloca en la pala para depositarlas en el suelo del horno, el Güilo con la pala, sin ayuda, recogía las hojas de pan y daba vuelta sobre su eje que giraba en el bastón  con una gran suavidad, un movimiento que solo era posible con la gran fuerza de brazos y antebrazos entrenados en el uso del bastón. Era una delicia verlo trabajar. Trabajaba rápido, quizás por la urgencia del trago que saldría a buscar en cuanto sacara la última hoja de pan o la última fila del virote.

Un día no lo encontraban ni en las cantinas, ni en casa de Lupe la Flaca, ni en la cárcel, ni en el hospital, el pan se hinchaba, estaba en su  punto y el Guilo no aparecía, estaba en el cementerio pero no con los catarrines sus compinches, se hallaba allá en un rincón, reclinado, muerto, en la tumba de su padre, quizás pidiendo el último perdón.

http://nediku.de/spank-feet/naked-girl-accounts-on-instagram-best-hairy-pussy-cam-cream-pie/