EL CUCO CESEÑA

Desde muy pequeño en su natal Santa Anita, el sur del Estado, el Cuco supo que tenía facilidad para la música, fue la guitarra el primer instrumento y el definitivo, tanto del Cuco como de su hermano Manuel. Ambos surgieron como niños prodigios que tocaban en las asambleas escolares y en los distintos festivales del pueblo.

Apenas cumplida la mayoría de edad se fueron a trabajar a las plantaciones de algodón del naciente Valle de Santo Domingo. Después de las chingas cotidianas solían tocar en los campamentos para matar la tristeza, acompañar serenatas de enamorados o para amenizar jugadas de cartas y dominó. En esos campos de algodón del Valle conocieron a un joven pizcador que tenía una voz asombrosa, al que acompañaban en juergas y serenatas, ese jovenazo se conocería con el nombre artístico de Lorenzo de Monteclaro, un orgullo para los hermanos Ceseña haber conocido –en sus inicios- a éste artista de renombre internacional.

Desgraciadamente, Manuel muere en un accidente automovilístico, dicen que era mejor que el Cuco en la ejecución de la guitarra, es entonces que el Cuco emprende solo su trabajo como trovador solitario, jamás volvió a hacerse acompañar. Fue el servicio de trovador en las cantinas, su trabajo de toda la vida.

Ya en La Paz, el Cuco tenía una rutina, un itinerario de bares, de clientes frecuentes, cumpleaños, serenatas, festejos. Casi siempre iniciaba esa ruta crítica –por ahí de las doce, la una- con una cervecita, un tequilita para aclarar la voz, para soltar los dedos, para agarrar presión. El bar El Semáforo cuyo dueño era el ignaciano Mateo Patrón, era de su primera parada. El Semáforo, situado cercano a los poderes del Estado, era en aquellos tiempos del priismo alegre y triunfador, lugar de refugio y libaciones de políticos de altos vuelos y parroquianos que disfrutaban una cerveza helada o un clamato made in Mundo, acompañado de exquisitas botanas y entremeses de Concha –hermana de Mateo-. No faltaba, en el mediodía la guitarra y la voz del Cuco.

Habría que ver al hombrón fornido, cara redonda, brillosa, patillas pasadas de moda, nariz colorada, cachetón, abdomen globoso y manos gruesas aparentemente torpes que contrastaba, su aspecto, con la suavidad, la delicadeza con que pulseaba el instrumento, con que entonaba sus canciones favoritas: “Agustín Jaime”, “Dos hermanos”, “Invierno triste”, “El cabo Fierro” del que hacía una especial creación, que, sin duda, era la que más le pedían y ejecutaba.

Después del Semáforo, solía recorrer La Faena, El Tequila, El Aja Toro, El Salivazo, Bertha la Chaparra, El Íntimo, El Misión, El Perla y otros bares según días, horario, trabajo, ya por la noche,  finalmente, terminaba su ruta en La Voladora. Ahí estaba cuando un dolor intenso en el bajo vientre lo dobló y empezó a sudar a mares, sigilosamente se salió, ya no se pudo tomar la última cerveza y se fue a su casa. El mal siguió, no pudo dormir, inquieto, incómodo, todo el día siguiente con dolor, le cocieron un té de gobernadora, otro de anís estrella, lo sobaron con lomboy rojo; al dolor se agregó fiebre fuerte, estreñimiento y distensión de la panza, la cosa no mejoraba, cuando empezó a delirar lo llevaron al hospital Salvatierra. El dolor era intenso, la fiebre altísima. Se le hicieron los estudios pertinentes, placas radiográficas, exámenes de sangre, ultrasonido para concluir que padecía una peritonitis y tenía que operarse de emergencia.

Cuando los cirujanos abrieron la cavidad abdominal, constataron que la cosa era grave, un divertículo del colon se había reventado y contaminado la cavidad peritoneal, requería de una colostomía, lavado exhaustivo de la cavidad, drenajes múltiples, manejo de abdomen abierto y tratamiento en la Unidad de Cuidados Intensivos. La enorme humanidad, la bastedad del abdomen complicaba las maniobras quirúrgicas. Grave muy grave permaneció casi dos semanas en la unidad, cuando finalmente se pudo extubar y respirar por sus propios medios se pasó al piso.

En el piso era de los pacientes más quejumbrosos, exigía la presencia inmediata de médicos y enfermeras, se quejaba de las sábanas, de la falta de jabón en el baño, ya no se diga de las comidas y de la limpieza en la habitación. Le encabronaba la colostomía, los derrames, los olores. El malhumor era  constante. Renegaba de todo. Nadie lo aguantaba. En cuanto mejoraron sus condiciones se dio de alta con una cita para el cierre de la colostomía en dos meses. En dos meses había que conectarlo. En efecto, regresó al hospital, su cirugía estaba programada, los cirujanos hicieron un gran trabajo y las funciones fisiológicas de nuestro trovador solitario volvieron a la normalidad.

Volvió al Semáforo, todo mundo lo saludaba y felicitaba por su recuperación, casi un año de ausencia no era para menos. Había bajado cerca de 40 kilos, era raro verlo con la cara delgada, los cachetes flácidos, las manos delgadas, el abdomen plano. Me dirige una aguda mirada cuando me descubre en la barra, se dirige hacia mí –Mire- dijo abriendo los brazos, la guitarra en la mano izquierda y agregó –que chinga me pusieron- -Te ves muy bien, ya no tienes panza- le dije – a lo que responde – pues sí, pero ya no tengo donde apoyar la pinche guitarra.