EL COAPA

ARTURO MEZA

Habíamos pasado al cuarto semestre, atrás quedaban las materias duras –bioquímica, anatomía, fisiología, histología, etc. y nos aprestábamos a acudir a las aulas de los hospitales en donde se combina práctica con estudio de las materias clínicas (ortopedia, ginecología, neumología, cardiología, etc.) El grupo que se formó en los primeros cuatro semestres del Plan A-36 –una nueva modalidad del estudio de medicina- se partió en dos, obviamente queríamos permanecer con los cuates que habíamos hecho los primeros semestres, entre ellos El Coapa, un auténtico ejemplar de rasgos indígenas pero alto, arriba de uno noventa, muy fornido, implacable con sus enemigos, una seda con sus amigos, detrás del cual nos escudábamos cuando había roces en las cascaritas de futbol de la explanada de la facultad, en la cola del camión, en la fila de las tortas de la terminal. El Coapa irrumpía al frente y ni quien le dijera nada.

Poco afecto al estudio, le hacíamos rueda para que pudiera copiar, procurábamos que estuviera bien surtido de respuestas, en fin, que sacara buenas calificaciones. Un abrazo de El Coapa, un agradecimiento de El Coapa, era un boleto a la impunidad en la selva chilanga. Había que acompañarlo al entrenamiento del equipo de futbol americano, era guardia derecho que hacía trizas al gorilón que le ponían enfrente, apenas entre dos o tres podían contenerlo cuando se decidía ir por la cabeza del mariscal de campo. No se molestaba en hacer los reportes del laboratorio ni los ensayos, ni las traducciones que encargaban los maestros, entre todos hacíamos el trabajo de El Coapa que no tenía más ocupación que asistir a clases y a los entrenamientos.

Teníamos un maestro de anatomía que siempre llegaba tarde, permanecíamos en el salón esperando hasta media hora, un día dijo El Coapa -vámonos todos- y recalcó –pero todos- así que agarramos nuestros cachivaches y abandonamos el aula, al otro día se supo que si hubo clase, tres de nuestros compañeros esperaron al maestro y tomaron la clase. Nunca lo hubieran hecho, la furia de El Coapa fue brutal, primero una buena zurrada por culeros, dos – tres madrazos por traidores, aparte de una obligada la ley del hielo que terminaron por cambiarse de grupo.

Igual sucedió cuando le subieron los precios a los libros de la facultad. Todos los años llegaban a la Facultad de Medicina un lote de libros que se vendían a muy bajo precio, eran libros muy rústicos, de papel revolución, corrientes, con las hojas pegadas, de pasta blanda. Un libro que costaba en una librería normal 1500 pesos, en la facultad costaba 200 pesos, pero se acababan pronto, apenas se sabía de la venta, se hacían una filas interminables. En esa ocasión, los libros que costaban 200 los subieron a 300 pesos, no llevábamos más dinero. El Coapa entró y le dijo al encargado que era injusto que queríamos los libros con el precio de antes. El tipo se negó, El Coapa nos llamó, nos preguntó que libro queríamos y nos lo regaló, el tipo trató de defender su  negocio pero se interpusieron los 120 kilos de poder muscular, en eso, la fila se dio cuenta del asunto y en un momento se hizo el tumulto, invadieron el local, se armó la rebatinga, en tanto que la fregada se acabaron los libros y la venta. No hubo consecuencias, porque esos libros los editaba la OMS para ayudar a estudiantes de escasos recursos. De nuevo El Coapa fue el héroe que ahora trascendía a toda la facultad.

Era nuestro protector, era un tipo afable, bromista, con la generosidad de que se sabe inmune, su físico llamaba mucho la atención, especialmente en una ciudad donde la gran mayoría es gente de escasa estatura, imponía respeto, se hacía respetar. Al poco tiempo, todo mundo lo saludaba, se hacían ruedas de conversaciones donde El Coapa era el centro. En las retas del futbolito de la explanada todos querían tenerlo de compañero, siempre ganaba. No se diga las morras, tenía un departamentito a un lado de su casa en Coapa, seguido se hacían pachangas y movimientos que se comentaban en la facultad. Ir al departamento del Coapa, ponerte una buena guarapeta con El Coapa, igual que acompañarlo al americano, llevarle el casco y los arreos, eran un privilegio para cualquiera.

Un día por poco me da una chinga, el día que peleó el Pipino Cuevas con Tommy Herns. El Pipino me cayó gordito porque pasaron –antes de la pelea- varios nocauts en donde el Pipino remataba a sus adversarios de muy mala manera y dije –ojalá y le peguen- como en efecto sucedió, La Cobra Herns le puso una chinga de perro bailarín al Pipino, el Coapa se acordó de mis deseos iniciales y montó en cólera –te crees mucho porque eres de California- me dijo. Obviamente no abrí la boca y me escabullí al sanitario.

El caso es que el día que cambiamos de semestre, que nos tocó ir al pabellón de Cirugía del Hospital General de México, acompañamos en el pase de visita al maestro Castillo mientras nos presentaba con el personal, con sus residentes y nos explicaba el funcionamiento. El Primer paciente que veríamos era un hombre con una pierna amputada que se había complicado, el muñón estaba abierto, infectado, con pus, el hueso descubierto, el maestro le pidió a El Coapa –a ver tú, grandote- que le descubriera el vendaje, apenas hubo retirado las gasas que cubrían el muñón abierto, El Coapa, empezó a temblar, sin meter las manos, sin ninguna defensa, se precipitó sobre la cama, golpeó con la cara, rebotó, las rodillas aguadas golpearon con el suelo y como costal de papas de derrumbó, pegó un golpe seco con un frentazo y toda su colosal humanidad quedó inerme en el piso.

Nunca más lo volvimos a ver.