EL CICLON DEL 59, EL QUELO MEZA

El ciclón del 59 es uno de los recuerdos más primitivos para los de mi generación, entre la bruma de la memoria, las pláticas de los mayores, la escasa documentación, uno reconstruye el evento y es probable que hasta le ponga de su cosecha. El ciclón del 59, para quienes somos del norte del estado, fue siempre una referencia, ningún huracán le llegaba –ni a los talones- a la creciente que traía bastantita agua y bastantito viento. Los destrozos fueron incalculables en Santa Rosalía y en San Ignacio. No se tenía ni el monitoreo, menos la calificación y los seguimientos que hoy se hacen por expertos que paso a paso van informando de velocidades del viento, de desplazamiento, de organización, de distancias, de milímetros de lluvia etc. La información era escasa, quizás por eso, las tragedias mayores

En San Ignacio, una de las mayores tragedias fue la muerte de Rogelio –El Quelo- Meza, joven hijo de Don Manuel Meza, cabeza de la familia más acaudalada del pueblo. Un tipazo, dicen quienes lo conocieron: simpático, compasivo y dicharachero; guapo para las mujeres, bien parecido para los hombres; buen amigo y mejor bohemio. Cantaba y cantaba bien, era, siempre el alma de la fiesta y acompañado del mariachi, El Quelo Meza, se daba el “quien vive” con Javier Solís, de moda en esos años.

Caían las primeras gotas, fue un 11 de septiembre de 1959, era el décimo huracán de la temporada, el cielo encapotado presagiaba lluvia, nada más. Lejos de la información de hoy, varios jóvenes nadaba en “La presa”, el rebalse que une el centro de San Ignacio con la periferia y con la con la carretera. Es de lo más divertido escalar una palmera de la orilla, que la corriente constante  ha carcomido la tierra de sus raíces, en consecuencia, la palma se ha pandeado hacia el agua, un clavado desde ahí era una apuesta de audaces. El Quelo Meza era de esos, aventado, temerario. Escaló la palmera y se tiró al agua. La lluvia había arreciado, el ruido de las gotas al caer, quizás no dejó escuchar el sonido seco, duro, del cráneo de El Quelo contra una piedra. Cuando se percataron de la tardanza para emerger del clavado, El Quelo ya estaba inerte rumbo al fondo turbio del río que empezaba a correr, la lluvia ya era tormentosa, lo rescataron inconsciente y lo llevaron a su casa cuando la lluvia y el viento ya hacían crujir palmeras y postes, los anuncios volaban y las láminas chocaban en las paredes.

La respiración era superficial, el corazón latía pero El Quelo no respondía a los estímulos, estaba inconsciente. El único que lo podía auxiliar era Florentino Márquez, un excelente médico sin título, propietario de la única botica de San Ignacio. Florentino recomendaba que lo llevaran a Hermosillo, para esto el estruendo apenas si dejaba escuchar las voces; las enormes gotas se convertían en spray cuando las rachas de viento golpeaban sin compasión techos y paredes. Nadie se aventuraba a la calle. El Conejo López, se aventuró a ir a pie a Santa Rosalía para rentar la avioneta del Chichí o la de El Mocho Santillán para que, en cuanto amainara, trasladar a Hermosillo a El Quelo, ni siquiera salió del pueblo, el viento era infernal. Se hacía tarde, la oscuridad de mediodía daba paso a la oscuridad vespertina que variaba con la cantidad de nubes negras que se desplazaban rápidamente y que presagiaban más agua y más viento.

Las horas pasaban lentas, el huracán se enseñoreaba no había comunicación con ningún pueblo, con ninguna ciudad; la radio de onda corta de la delegación encontró respuesta con un barco camaronero que había naufragado en las costas del sur de Sonora, respuestas en idiomas incomprensibles se escuchaban al movilizar con urgencia el dial de la radio en busca de señales externas. La madre, las tías iniciaron el rosario, las oraciones eran cada vez más contritas y pesarosas. Se unieron los hermanos a la oración. No había nada que hacer. Se ha intentado todo. Don Florentino Márquez coloca paños calientes en la cabeza, sabe que la contusión es grave pero algo hay que hacer. El cerebro se  hincha inexorablemente y choca con el cráneo que quizás, en alguna parte está fracturado. La compresión es cada vez más aguda y la corteza del cerebro, la inteligencia, la lectura, la escritura, el movimiento y la sensibilidad se van perdiendo en la falta de circulación de un órgano presionado que agrava la situación.

Fue una noche eterna, El Quelo apenas respiraba en contraste con el aullido ventoso que hacía silbar las palmeras; de pronto se escuchaba una y otra palmera vencida, arrancada de sus raíces, el porche de la tienda de la Casa Meza también cedió, el estruendo interrumpió los rezos, cedió también una ventana que apagó las veladoras, la familia empezaba a temer por su propia integridad. Don Florentino dormitaba en un sillón, no había forma de regresar a su casa que estaba a la vuelta de la esquina.

En la madrugada el agua empezó a caer como llovizna, el viento se aplacaba y reiniciaba sus embates, hasta que una suave brisa se mezcló con el claro del oriente que anunciaba un día claro, sin los negros nubarrones. El agua corría como río agreste que bajaba por la tienda de Liu Min Do hacia La Pasadita para perderse en los palmares rumbo a la Ciénaga y San Borja

El nuevo día sorprendió dormido a Don Florentino. El Quelo ya había fallecido después de un periodo corto de respiración ruidosa, una forma de aferrarse a la vida, las pupilas se dilataron y el pecho dejó de moverse. El médico, extenuado solo se levantó para constatar con el pulso del cuello, que El Quelo ya había muerto, dejando solo sus recuerdos y un hijo en el vientre de su amada.