El caso del cochi robado en año nuevo

A mis hermanos, Alicia y Cheché.

El Pino Meza era panadero del internado –ahora albergue- de San Ignacio, ahí algunos niños aprendían el oficio, la panadería además producía el pan para la alimentación del plantel y también se vendía al público. Era autosuficiente. El Pino empezaba el trabajo muy temprano, bajo el fondo musical -invariable- de los Laboratorios Mayov. Antes de mediodía todo el pan estaba confeccionado, listo para hornear. El horno conservaba el calor hasta bien entrada la noche, calor que se utilizaba en invierno para calentar agua para el baño, en navidades y año nuevo, para hornear pavos y piernas de puerco de los ignacianos.

Apenas terminada la última horneada, la gente de San Ignacio hacía cola con sus bandejas y sus viandas ya bien condimentadas para que entraran al horno. La cocción lenta, firme, constante producía un horneado perfecto, los aromas de las mezclas de orégano, pimienta, ajo, clavo, hierbas; adobos, aderezos de todo tipo con vinos regionales se exaltaban escandalosos apenas empezado el horneado; se expandían cien, doscientos metros a la redonda y con un poco de imaginación, las salivales se le estimulaban al más radical de los anoréxicos, veganos y vegetarianos. Era una fiesta de fragancias gastronómicas. Con solo dos, tres horas de horneado, empezaba la grasa a chillar, a abandonar las partes altas del preparado para depositarse en la base del recipiente, la superficie cambiaba de color y los filetes interiores de consistencia.

A las cinco, seis horas las pieles hacían una corteza crocante, exquisita, la bandeja estaba ya inundada de aceite aromático, la carne se ablandaba, se desprendía de los huesos y el olor era grandioso cuando estaba a punto de terminar la cocción y las brasas del horno, antes rojas, encendidas, a blanquearse de ceniza. A las ocho de la noche del 31 de diciembre llegaban los primeros de una decena de clientes que habían confiado su cena de año nuevo al horno del Pino Meza. Solo la abertura de la puerta del horno acendraba el apetito, el vapor exquisito anegaba el lugar, después con una linterna había que buscar en la oscuridad del horno, entre todas las bandejas, la correspondiente.

Y así, los clientes identificaban su producto y El Pino, con las palas de madera efectuaba la extracción. Nunca falló este proceso de entrega recepción hasta que una vez, en el invierno de 1980, no apareció el cochi de Oscar Fisher. A la hora señalada llegaron por la pierna del Mayo Villavicencio, por el pavo de Luis Castro, por los perniles de la familia Redona y así, desfilaron el Maistro Arballo, Abel Aguilar, el doctor Ávila, Judith Juárez, la familia Valencia, del Beibi Floriani, mientras los Fisher esperaban que apareciera en la oscuridad del horno, perdido hasta atrás, en las profundidades, el cochi crocante y vaporoso. Seguían llegando los clientes, los últimos y en la casa de Oscar, toda la familia reunida, esperaban con manteles, platos, cubiertos, bebidas, copas, preparados para la ocasión.

Todo fue inútil, al final solo quedaba un cochi, el del Pino y su familia, muy reconocible porque estaba montado sobre una de las artesas de la panadería, reconocible además porque lo engordaron todo el año en un chiquero cercano a la Cañada de Macrina. Tal cochi tenía su historia. El Pino lo había rescatado -hacía casi un año- de un rancho donde lo tenían amarrado de una pata. El cochito –entonces un adolescente rebelde- trataba de escapar y el lazo en la pata fue cundiendo hasta que se la amputó, en consecuencia, el animal caminaba en tres patas de tal manera que el fragmento de la pata amputada hacía un movimiento muy similar al de un motociclista arrancando su moto, por lo tanto, era conocido en la familia Meza como “El cochi motociclista”, por tales características, los Fisher no podían alegar que el único cochi horneado de la jornada fuera el suyo.

No había mucho que hacer. Se habían robado el cochi de la familia Fisher y la policía ignaciana tomó cartas en el asunto. La búsqueda fue implacable, se recorrió el pueblo de arriba abajo, desde Pueblo Nuevo –lugar donde sucedieron los hechos- La Correa, San Lino; desde Paredones a la Isla, por San Borja, El Rincón, La Baña, La Concha, El Atajo, la Poza de San Pablo, El Chorrito y la Poza Larga. Se revisó El Hueco del Pino, La Cañada de Macrina, La Cuesta de la Cutiva, El Chorro de Claudia, La Pila de Adela, La huerta de Daniel, la del Chente, la de Baltazar, la de Pablo Arce, la de Amado Real, etc, sin encontrar nada. El aroma a cochi horneado era el objetivo policiaco. Nada, ni rastros de la cena de los Fisher que seguían en ascuas y el humor torcido ante el inexplicable suceso.

El caso se solucionó con el cochi del Pino Meza. Era la única solución posible el 31 de diciembre al cuarto para las diez de la noche. Ante la falta de cena en casa de los Fisher, el error, la falta de vigilancia, El Pino Meza cedió a los Fisher “El cochi motociclista”. Lo sé muy bien, porque esa noche cenamos recalentado de navidad con tamales.

Días después, aparecieron unos huesos en el campo de beisbol de La Presa, a nivel de la primera base se encontraron restos óseos sospechosos: al esqueleto casi completo, le faltaba una pata.