EL CABEZA DE VÍBORA

Allá en el norte de la Baja California Sur, en el municipio de Mulegé, no se escuchaba radio sudcaliforniana, la mejor recepción de radio provenía de Sonora y Sinaloa. Había una radiodifusora, especialmente potente llamada “Radio Alegría” que se escuchaba perfectamente en todo el municipio. Esa estación situada en Ciudad Obregón Sonora, seleccionó Don Gilberto Castro Meza para presentar, todos los días, un noticiario acerca de los sucesos del Municipio de Mulegé. El noticiario iniciaba a las 9 de la mañana y terminaba 15 minutos después. Todo Mulegé estaba pendiente de las noticias del periodista también conocido como “El Cabeza de Víbora”.

El Sr. Castro Meza tuvo la infeliz ocurrencias de iniciar su noticiero con una frase -según él, ingeniosa-  que le repateaba el hígado a los ignacianos: “son las 9 de la mañana en Santa Rosalía, capital del cobre, madrugada en San Ignacio”, invariablemente agregaba  “madrugada en San Ignacio”. Todos los días abría el noticiario con la misma cantaleta que ofendía, desde luego, a todo el pueblo. Llegó un momento que en San Ignacio prefirieron no escuchar a Don Gilberto además de las maldiciones, palabrotas y amenazas que se lanzaban al personaje en camino de convertirse en el hombre más odiado de la comarca. Y es que en San Ignacio no se pueden contar, así como así, los chistoretes que hay –a pasto- acerca de la famosa pereza ignaciana. Se enojan en serio. Han llegado hasta a los golpes a quien ose gozar contando chistes de flojos ahí en San Ignacio. No se debe tomar muy a la ligera, por lo tanto, al “Cabeza de víbora” ya no le tenían ningún respeto, era colmado de improperios donde quiera que se pronunciara su nombre en la comunidad ignaciana pero también en la Costa del Pacífico y Norte del municipio donde abunda descendencia ignaciana.

Quiso el destino que un día, Don Gilberto Castro Meza, que viajaba solo en calidad de reportero de una gira del Presidente Municipal, al pasar por San Ignacio rumbo a Guerrero Negro, llegara a la cantina “El Tizón” que estaba a un lado de la carretera un kilómetro antes de llegar al pueblo, se bajara a tomar un refrigerio en espera de otros miembros de la gira presidencial. Estaban, entre otros, el dueño del establecimiento Arturo “El Tizón” Espinoza y su tocayo, un reputado médico de La Paz que conocían a Don Gilberto, pero prefirieron ocultar la información, a riesgo de que, los otros comensales cayeran en cuenta de quien se trataba. Sin embargo, en una mesa aledaña, a unos pescadores de Bahía Asunción, originarios de San Ignacio, les llegó el rumor de que quien estaba en el bar muy cómodo saboreando una cerveza y platicando con El Tizón y el doctor, era el mentado “Cabeza de Víbora”.

Los tipos de los Arces, de los Villavicencios, de los Rojas de por allá, pescadores, fornidos, garrudos, un leño en cada brazo, cachetones, bigotudos, que suelen ser, en general, serviciales, educados, amables, a todo dar por las buenas, pero por las malas pueden ser ruines y cabrones, se acercaron Don Gilberto que siempre ha sido delgado, menudo, medio cegatón, hombre de letras y de palabras. Uno de ellos lo agarró del cuello y lo levantó del asiento mientras le preguntaba -¿así que tú eres el que todos los días insultas a mi pueblo?- ¿eres el Cabeza de Víbora? Los agresores no esperaban la respuesta mientras lo arrastraban, Don Gilberto algo mascullaba, nada se le entendía. A empellones lo sacaron de la cantina y en la banqueta le pegaron de bofetadas, Don Gilberto no estaba para soportar golpes fuertes.

Lo iban a seguir golpeando, arrastrándolo hasta la cañada de abajo cuando intervinieron el Tizón y el doctor. El Tizón reconvenía a los muchachos –está bien ya, ha recibido su merecido- ¡déjenlo por favor! ¡no se vayan a comprometer, muchachos!. El doctor limpiaba la cara a Don Gilberto, lo protegía y lo guiaba para que se subiera en el vehículo y escapara, suplicaba a los pescadores que no le hicieran daño. Algo  pasados de copas, enardecidos, repetían la maldita frase que había metido a Don Gilberto en  ese lío – ¡que madrugada en San Ignacio, cabrón¡ ¡a ver, dilo! Le injuriaban mientras El Tizón y el doctor se metían en el medio con peligro de recibir un sopapo perdido.

Llegó más gente a enterarse de que se trataba tanto alboroto e inmediatamente se convirtió en un linchamiento, no había ignaciano presente que no quisiera desquitarse de la grosería matutina del periodista. Finalmente se pudo subir al carro detrás de sus protectores

Don Gilberto salió derrapando, por un instante vaciló si dirigirse al norte o al sur, finalmente se subió al pavimento de la carretera y no se volvió –ni se ha vuelto- a ver por ahí.

Al día siguiente, al abrir el programa Don Gilberto ya había desechado la frase que ofendía a los ignacianos, era lo justo, el susto no había sido en vano, obviamente, no explicó las razones. De cualquier manera, San Ignacio agradeció el gesto, lo duro fue el aprendizaje. Los ignacianos sintonizaban a las nueve Radio Alegría, Don Gilberto abría con “Son las 9 de la mañana en Santa Rosalía, capital del cobre”, nomás.