CRONICAS DE CACERÍA

De una sentada me leí “Crónicas de cacería” – mis andanzas por el monte- de Víctor Octavio García, un libro editado por la UABCS hace tres años, una serie de textos, casi todos publicados en periódicos y portales locales, en los que el periodista García Castro narra con singular pericia sus experiencias en la caza de venados. Muy aleccionador –seguramente- hasta didáctico para quienes se interesan en el ejercicio de la cacería en los parajes sudcalifornianos, para quienes no, es la forma de redactar, el estilo, la forma que usa Víctor Octavio García para trasladar al lector a sus andanzas. Como dijera el célebre político –es el lenguaje, estúpido-

Ciertamente coloquial, alejada de las ostentaciones intelectuales, de las rimbombancias académicas, el lenguaje de Víctor Octavio es de quien cuenta, alrededor de la fogata un aspecto de las viejas tradiciones sudcalifornianas: salir a los venados. Sin adornarse, sin selección meditada de palabras, así como viene, así como se va presentando -y con la misma- Víctor Octavio deleita realmente con el ritmo y la cadencia que imprime al relato aun cuando sus textos pudieran ser pasto de redactores y correctores de estilo, se encuentran con algo que no puede ser corregido porque en estos textos, el estilo lo es todo. Imagino a los editores universitarios vueltos locos porque aparecen con demasiada frecuencia palabrejas que no están –ni van a estar-en el diccionario, o porque el tal disparate ni se pronuncia ni se escribe como manda la Real Academia.

En este libro, el desierto cobra vida, el periodista le da otra dimensión al aparente paisaje uniforme y monótono; invita al lector al monte, a discernir entre un arbusto y otro, entre los olores y las temporadas de retoños, pastos y floraciones; a entrarle a ese mundo silvestre en el que no reparamos los citadinos apretados en la ciudad y esas satisfacciones especiales del que camina incansable, sube lomas, otea desde las colinas y avanza en valles y cañadas en busca de un pretexto para quedar extasiado con la naturaleza, una sensación que tan bien sabe Víctor Octavio trasmitir al lector. El pretexto es la caza del venado, sin embargo, hay textos en los que solo por el gusto de parajear, liberarse del estrés, pasarse un rato con los amigos entre el juego de baraja y la guitarra, unos tragos y un buen puchero, la caza del venado pasa a segundo término.

Una de las actividades dominantes que se describen con la mayor sabrosura es sin duda la comida, se podrá acusar a Víctor Octavio de no muy buen tirador, de andariego mediano, de discapacitado auditivo pero jamás de desnutrido. La alimentación campera –toda una especialidad- está presente en cada página. No es solo la mención del menú, también la manera de confeccionar el guisado que a querer o no, se antoja. Sin complicaciones, con el mínimo de ingredientes, dos o tres especias, una pieza de carne, una fuente de calor cualquiera y el milagro de la exquisitez que bien señala con detalles el narrador que se extasía en el hervor de la sartén, en la ebullición de la cafetera, el rechinido de la grasa. Es el alimento, sin duda, un tema central de la obra. Esa forma de comer que el ranchero sudcaliforniano ha obtenido en muchos, muchísimos años de campeo, de conocimiento del medio; de una tradición que se condice con las condiciones ambientales, se come lo que hay.

Es la exaltación de la amistad, otra de las descripciones estupendas de “Crónicas de cacería”, la confianza, las bromas, los apodos, la solidaridad de los miembros que componen los diferentes grupos de cazadores. Sin las poses de esa especie de gurú del periodismo político de la media península que ha llegado a ser, conocedor del lenguaje políticamente correcto con el que emprende casi a diario sus textos críticos y aguerridos, de toma de posición, de mensajes

implícitos, Víctor Octavio le entra a una especie de jerga sudcaliforniana, simple, llana, elemental, pero que enriquece con el contexto, las expectativas y la cadencia que imprime a las narraciones como si fueran conversaciones de sobremesa.

En conclusión, la estrella de la obra es sin duda, el lenguaje, quizás, en algunas partes, incomprensible para el fuereño, para el recién llegado a estas tierras, palabras como mampostear, mesteño, juellas, veintidocito, martajada, enmontada, pajuelazo, bofo, panguingui, destender, crillón, parajear, trilladeros, machucar, aviada, coyotito, pelechado, patagorrilla, guasanga, o inflexiones del lenguaje “y con la misma….” que le dan continuidad al relato, le confieren velocidad de tertulia sin necesidad de puntos y comas, como en una plática informal. Sucede igual con las famosas “malas palabras”, que el autor usa sin malicia, sin dobles sentidos, simplemente forman parte del habla popular como decir “chingadazo” por un balazo. Surgen enriquecedores, también los nombres de los lugares de caza, de las zonas como El Cantil de abajo, los Brellalitos, el Ancón, los Columpios, los Horconcitos, la Tinaja de la vieja, los Peludos, las Tarabillas, la Cardonosa, Cerro blanco, Huatamote etc. y más de cien nombres de lugares surgidos de la imaginación, la costumbre, la tradición.

Como decía al principio, es un libro picador, se lee en una sentada, se viaja al centro de la sudcaliforniedad y ahorra la venadeada. ¡Qué tal!