ASUSTA AL NIÑO

Don Miguel Meza no tenía piedad, decía que desde muy chico tenían que acostumbrarse al trabajo duro, que no había mejor educación que el trabajo; los alejaba de los malos pensamientos, de los vicios; los hacía buenas personas. Por eso a sus hijos los mandaba a vender pan en una mesa que, los niños, sus hijos, apenas podían. Una vez llena la mesa, las piernas temblaban, la cadera, la rabadilla, el cuello sufrían para levantarla, había que caminar en línea recta. Así iniciaban las ventas los hijos de Miguelito Meza, desde el Barrio de Ranchería hasta donde se acabara el producto o hasta donde el cansancio dictara el fin. Las ventas tempranas aliviaban el peso de tal manera que se llegaba al centro con la mesa medio vacía y podía subir sin mucho esfuerzo a Mesa México o a Mesa Francia.

Esa misma ruta habría de seguir el Beto Meza (muy lejos aún de ser El Bachicha). Cuando salió de la escuela ya le tenían la mesa lista, llena de “fruta de horno”. Pasó por las márgenes de El Chorizo y solo vendió un polvorón al Guayabón que estaba sentado en una banca, luego le compraron dos ojos de buey en casa de Antonino Arciniega, de ahí en adelante las ventas fueron de mal en peor.

Pasó por la calle once, el billar, el parque y nada; banquetas altas y la calle diez donde era inútil el grito de ¡paaaanadero!, en la calle nueve a una muchacha Juárez se le antojó un chamuco y en la calle ocho otro polvorón; en la calle Ancha descansó, en otras ocasiones a estas alturas la mesa ya estaba liviana, era un mal día. La espalda se le rompía, los pies le pulsaban y las rodillas se le doblaban, se dispuso a descansar en el puesto del Kiloehueso escuchando un fragmento de “Kalimán”.

Emprendió su camino por la calle siete y ahí lo alcanzó un chamaco para comprarle un cochito, con la lengua de fuera llegó a calle cinco, territorio de la panadería de El Boleo, de ventas escasas. Recorrió la calle cuatro y nada, en la calle tres en casa de los Farías el Renecito salió a comprar un “ojo de buey”, ni siquiera completó le quedó debiendo diez centavos, así llegó hasta la plaza y se dispuso a descansar pensando que de seguir tan mal las ventas tenía que subir hasta Mesa México. Con la esperanza que llegaran a comprarle se estacionó en la esquina de Lito Cuevas. Más de media hora y solo llegó un maistro de San Ignacio al que le vendió casi veinte pesos de cochitos, las cosas parecían componerse pero no, todo siguió igual y la idea de tener que subir los escalones hasta Mesa México empezó a hacerse realidad. Solo le quedaba la calle dos, la calle uno y la calle Playa.

Necesitaba una buena venta para que le disminuyera un poco el peso de la mesa. Nada le compraron en la calle dos, en el correo un tipo le compró dos chamucos y en la calle uno, en casa de los Girón le compraron tres cochitos y tres chamucos. Fue todo, cuando llegó a la Calle Playa se enfrentó al puente de madera, luego calculó el peso de la mesa, contó los escalones -eran veintidós- se sentó un rato en el muro del arroyo, se concentró, tomó aire, cargó la mesa y resuelto a subir los escalones subió las tres primeros con gran solvencia, el cuarto escalón pareció más difícil, solo faltaban dieciocho, hizo un paréntesis, una gran bocanada de aire y otro impulso para subir de un jalón cinco escalones, luego otros cinco pero ya sentía desfallecer. Las piernas se le doblaban pero no podía apoyar la mesa, solo faltaban ocho escalones. Descansó un poco, necesitaba otro impulso, finalmente lo consiguió, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, ya solo faltaban dos, sintió que las fuerzas lo abandonaban –ya solo faltaban dos- un último esfuerzo y llegó.

Casi pierde el sentido, al fin pudo apoyar la mesa en el puente, se sentó en el escalón desde donde se domina el parque Morelos, el jardín de niños, el arroyo; se limpia el sudor, aunque estamos en enero, el esfuerzo ha sido mayúsculo para unos músculos apenas en crecimiento, unos huesos infantiles, articulaciones de doce años. Había que seguir. Cuando consigue meterse debajo de la mesa para continuar camino a Mesa México, oye un grito ¡panadero! ¡panadero! Viene de abajo del puente, es doña Concha Palencia. El futuro Bachicha se hace el sordo, emprende la huida pero insiste ¡panadero!. Entonces se para y voltea ¡panadero! Oye la voz de Don Migue Meza “Jamás hay que dejar de atender al cliente” “el cliente es sagrado”, pero… ¡panadero! Es tanta la insistencia, ni modo, hay que bajar ¿Cuánto me irá a comprar? Ojalá valga la pena.

Si subir era difícil, bajar era peor. Con todo el dolor del alma, todo sea por el cliente. Las patas de la mesa pegaban en los escalones, había que bajar a ciegas, cada paso se daba a tientas hasta que localizabas el escalón y así lo hizo, a la mitad por poco se cae, se paró a tomar aire pero las piernas no lo resistían, a tumbos baja los últimos escalones, cuando llega a piso firme se despoja de la mesa y se encuentra con la escena de un niño llorando y la mujer que lo regaña. No pregunta cuanto pan quieren es la señora quien se adelanta a pedirle que asuste al niño – ¿verdad panadero que si se sigue portando mal te lo vas a llevar? – -¡llévatelo, panadero!- El niño aterrado, el panadero no lo podía creer.