Máuser 7.62 : Dos “pajuelazos”

En el valle que corre, va y muere en el paraje de la “Carbonosa”, nadie quiere meterse; mínimo una perdida. En esa zona, hace unos años el “Poco Lonchi” se dio una perdida que por poco no la cuenta. De manera que cuando se habla de la “Carbonosa” hay que parar bien la oreja. Cierto, se mete mucho “hijuelachingada”, pero es una muy zona plana donde no hay lomas ni cerros –salvo una que otra cañada– que sirvan como referencia para orientarse. La última vez que “parajeamos” nos trajimos un “hijuelachingada” de unos 80 kilos más o menos. Allí, es de a tiro por viaje.

Aún así, planeamos “acampar” en medio del cardonal que abunda en esa zona. Como de costumbre, nos avituallamos con suficiente bastimento para asegurar la del “perro”, agua, tequila y cigarros, los trastes para cocinar y los tendidos. Manuel, fiel a su carabina 30-30; el “Poco Lonchi” con un viejo máuser 7.62 con escala, el chapo con un 243 y yo con el 30.06 –el único con mirilla telescópica–. Como nos preparamos con anticipación, la salida no fue aparatosa, sino más bien discreta. Incluso, ni siquiera invite a Manríquez, a Enrique, al Toño ni al Pelón –que son los que integramos el equipo original– porque Manuel es un poco delicado y no le gusta que haya mucha “guasanga” en el “paraje”, amén de que la sagrada repartición resulta mucho más generosa.

Arribamos al “paraje” a media mañana. La escasa sombra que daba el otrora frondoso palo blanco donde “parajeamos” la última vez exhibían los estragos de la sequía. En cuanto apíamos los “cachivaches” e improvisamos el “atizadero”, Manuel se dio a la tarea de preparar algo para comer, mientras el chapo, el “Poco Lonchi” y yo nos pusimos a calibrar las armas y prepararnos porque esa misma tarde pegaríamos una “peinadita” por los “Brellalitos”. La comida fue ligera –pa’ no dejarle “caí” mucho peso a las tripas–; colachi de calabaza, arroz y tortillas. Ah, y café recién colado. Poco después de las tres de la tarde agarramos rumbo. Manuel y el chapo rastrearían por el ancón de los “Brellalitos, mientras el “Poco Lonchi” y yo le daríamos por el “ciruelar”. Nada de que cada quien por su lado, por aquello de una perdida.

Desde que comenzamos a caminar me despertó la curiosidad el pesado máuser que paleteaba el “Poco Lonchi”. Nunca había tirado con un mosquetón de esos. ¡Que tal sí me lo prestas para probar! –lo pedí a boca de jarro–; ¡sí me respondió!, al tiempo que estiró el brazo con la pesada arma en la mano. Luego de explicarme paso a paso los mecanismos para tumbarle el seguro, la cerrajeada y como manejar la escala, me lo eche al hombro. De acuerdo a los numerales de la escala, se pueden hacer disparos “quirúrgicos” hasta dos mil metros. Al poco rato de irlo paleteando, me peso habérselo pedido prestado, pero me aguante y seguimos caminando. No obstante el “juellerío” y los “trilladeros”, la tarde se sentía demasiado tranquila; un silencio total.

Escasos minutos antes de decidir regresar al “paraje”, el “Poco Lonchi” escucho un “pajuelazo”. Según él, fue de uno 308 y nadie traíamos 308, así de resultar cierta la presunción seguramente había otros cazadores en la zona. Siempre con la duda latente seguimos caminando. Cuando comenzamos a bordear un cardonal sumamente tupido algo nos detuvo a los dos. No sabemos sí fue por instinto o simple corazonada pero al mismo tiempo frenamos de golpe. Como a doscientos metros –o quizás menos–divisamos un bulto que se movía como en cámara lenta sobre las orillas de un “claro”. Para esto, le pedí al “Poco Lonchi” que le metiera el lente del 30.06 y mirara. Siempre tardó en centrar el lente el bulto que apenas se distinguía como un punto negruzco y nada más. Sin distinguir bien a bien que era –me dijo– “no me vas a creer, pero es un “hujuelachingada”. Con la misma “cerrajee” el máuser y busque un palo donde hacer mampuesta. Enfrente de mí estaba un mesquite seco y allí, sin mayor obstáculo desplegué el pesado mosquetón, descanse los 8 o 12 kilos que pesa el viejo máuser; le levante la escala, centré el grano sobre la cobertura de la escala y comencé a moverla poco a poco. Cualquiera que me hubiera visto habría apostado que me equivoque de oficio y que el lugar de periodista podía ejercer sin mayor problema el arte de la medición, del cálculo aritmético, es decir, la topografía. En la medida que le calculaba la distancia movía la escala con una paciencia que hasta mí me sorprendió. “Está bien apuntado –me susurró el “Poco Lonchi”– justo cuando estaba por tumbarle el seguro. “Sabes, –le respondí– le gua a tirar, chingue a su madre”. Centré de nuevo la cobertura de la escala sobre el grano, respire profundo y comencé accionar el dedo sobre el gatillo poco a poco y ¡palos!. Sin perder de vista el blanco, rápidamente lo cerrajeé.

Efectivamente era un “hijuelachingada” que con el disparo sólo cambio de posición. “No le distes, pero el chingazo le paso por debajo de la panza”–exclamó el “Poco Lonchi”– al tiempo en que le solté el segundo “pajuelazo”. El animal trastabilló levantado una gruesa polvareda; “sí no le distes, que cerquita se la vio” reviró el “Poco Lonchi”. Vamos a revisar, falta que le hayas dado. Aún con la duda fuimos a revisar. Poco antes de llegar al lugar desde un “claro” divisamos más o menos a veinte metros que el animal estaba metido en un matorral de barbas de gallo. No se veía herido sino más bien nervioso, tullido. Sabes –le dije al “Poco Lonchi”–, suéltale un “chingazo” con el 30.06 porque el máuser lo va a desmadrar mucho. “No, tírale mejor tú, yo nunca he tirado con este rifle, me reviró –; el “Poco Lonchi” me quedaba como a tres metros y de allí que me alcanza el rifle el animal pegaría la estampida”. No discutimos mucho e hizo mampuesta sobre la horqueta de un datilillo seco y ¡palos!. El animal se desplomó quedando tendido en el suelo. El disparo hizo blanco en el sobaco del animal. Cuando lo levantamos para colgarlo y sacarle los “dentros” vimos que uno de los “pajuelazos” del máuser siempre alcanzo a rozarle el espinazo astillándole el hueso de la rabadilla; había quedado sin movimiento de medio cuerpo hacía atrás, y esa era la razón del porque no se movió después de los dos “pajuelazos”.

Lo colgamos sobre los brazos de un palo verde para sacarle las tripas y dejarlo estilar. Para esto, calculamos que no íbamos a “paletearlo” entre los dos y el “paraje” siempre quedaba retirado; no había brecha por donde meter el carro, así que todo sería a lomo y pujido. Lo peor, es que estaba oscureciendo y no traíamos focos. Le cortamos los dos cuartos traseros y el resto lo colgamos un poco más alto; dejamos un sobrero, una cantimplora de agua, un paliacate y el máuser recostado sobre el tronco del palo verde para espantar los coyotes y nos enfilamos pa’ “paraje”.

A medio camino, preparamos un hachón de pitahaya para “alumbrarnos” porque no hacía nada de luna. Como a la hora y media llegamos al “paraje”. Manuel tenía en la disca a fuego lento bistec ranchero, fríjoles sancochados, tortillas de maíz recalentadas y una suculenta jarra de café recién colado. Solamente tomamos café pa’ que no se nos hiciera tarde y con la misma nos retachamos por el “hujelachingada” que habíamos dejado colgado. Antes de salir, Manuel le metió unos leños gruesos de palo colorado y uña de gato para que no se murieran las brazas y “apio” el bistec, los fríjoles, tortillas y la jarra del café dejándolos a prudente distancia de la lumbre. Otra hora y media pa’ llegar. Lo hicimos con menos dificultad por la ayuda de dos focos. Para no “batallar” presionados con la “paleteada” nos llevamos tres costales de ixtle donde metimos las partes del animal, mientras Manuel “paleteó” el máuser, la cantimplora, los mecates y el hueso del espinazo. Pasadas las ocho la noche llegamos donde teníamos colgado el “hijuelachingada”. En menos de cinco minutos enfilamos de nuevo pa’ “paraje” al que llegamos pasadas las diez de la noche. Estaba arreciando el frío. Terminamos de quitarle el cuero y lo colgamos en los brazos secos de un palo blanco. El chapo arrimo de nuevo el bistec, los fríjoles, tortillas y el café a la lumbre para cenar. Luego de cenar y de preparar los “tendidos” nos dieron las once de la noche. Con el frío y el cansancio por la “paleteada” no nos dio humor de jugar malilla, así que optamos por dormirnos no sin antes tomar “ranitidinas” para las malditas “agruras”.

La noche transcurrió más o menos tranquila. Como a las dos de la mañana nos despertó el chapo porque había visto “luces” cerca del “paraje”. Todos nos levantamos para ver que era. Las “luces” pegaban de vez en cuando sobre las copas de los cardones y con la misma desaparecían. Como estábamos en medio de un plano, no nos era fácil distinguir de donde provenían. Deducimos que andaban “lampareando” ¿o qué otra cosa?. Al día siguiente, por las rodadas de carro confirmamos que habían andado “lampareando” no cerca del “paraje”, por sí por la zona.

Al día siguiente, nomás pa’ desentumirnos, luego de tomar café le pegamos un rato a la caminada el chapo y yo, mientras Manuel y el “Poco Lonchi” se quedaron en el “paraje” a preparar la del “perro”. Como a las once de la mañana regresamos al “paraje”. Antes de llegar, nos topamos con una zona de pedernales. Junté seis o siete pedernales –de los más completos– para traérselos al “Pipico”. No soy muy afecto a recoger este tipo de cosas por un profundo respecto a mis antepasados, (aunque mi sangre paterna proviene de irlandeses) no deje de curiosear la zona, e invitar a algún amigo que sepa valorar más este tipo de agradables hallazgos. Para esto, en el “paraje” la comida aún no estaba lista y vaya que comida; un cuarto destazado para dejarlo “caí” en las brazas aderezado con sal y orégano; fríjol guisado, cebollas asadas, chiles toreados, una riquísima salsa de chiles habaneros, tortillas y ron rebajado con refresco de cola y limón. Tal vez porque la carne estaba media “oreada” o por el punto de sal, quedo pa’ chuparse los dedos. Muy cerca de la una nos dispusimos a comer el modesto pero exquisito manjar.

Luego de comer nos avocamos a la “sagrada repartición”; el “Poco Lonchi” donó la parte que le tocaba porque media semana antes que había tumbado un “hijuelachingada” grande y tenía carne y huesos oreados, así que el reparto bien valió la pena. Levantamos el “paraje” y con la misma retomamos brecha hasta llegar al rancho donde guardamos las armas, tiros, cuchillos y mecates y sin perder mucho tiempo enfilarnos hacia esta ciudad a enfrentar de nuevo la dura realidad.

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