En memoria de don Jesús Montaño Castro * Te estás pasando de tueste

Conocí a don Jesús Montaño en la década de los 70, un hombre ya mayor, más “güero” que blanco, alto y corpulento, de gran caminar, parco en el hablar pero de sonrisa a flor de labios; originario de la zona de Los Frailes-Cabo Pulmo, donde la mayor parte de su vida se la paso arriando ganado y tirando piola; papá de uno de los escasísimos amigos periodistas que presumo; Jesús “Güero” Montaño Cota.

Allá por el 92, don Chuy — como lo tuteaba su familia– , se quejaba mucho de que no podía dormir. Al Chuy, su hijo, todo el día lo traía con la cantaleta de “que no podía dormir”, llévame con el doctor Chuy, le decía a cada rato. Un día lo enfadó y le dijo, “alístate, te voy a llevar con Cota Abaroa”. (En una ocasión lo encontró en la cocina friendo huevos a las dos de la mañana, porque era muy tarde y no había desayunado).

Lo llevó con Cota Abaroa sólo para complacerlo porque el Chuy, su hijo, sabía perfectamente lo que en realidad le pasaba, como finalmente se lo confirmó Cota Abaroa al terminar la consulta; don Chuy ya traía sobre sus espaldas 92 años, iba pues con el siglo y su metabolismo había cambiado radicalmente; dormía a otra hora, comía a otra hora, hacía sus necesidades fisiológicas a otra hora; clínicamente no tenía nada, excepto su vejez. Cota Abaroa, para tranquilizarlo y que sintiera que su visita al médico había sido efectivamente, le recetó unas pastillas de Prozac; tomar una diaria, “con esto vas a dormir bien, don Chuy”, le dijo Cota Abaroa

¡500 pesos las pastillas! en aquél tiempo, imagínese, y solo traía diez pastillas la caja. El mismo día el Chuy, su hijo, le comenzó a suministrar el medicamento (pastillas) y don Chuy, ese día durmió como lirón. Pasaron los días y don Chuy, que días antes se quejaba amargamente de que no podía conciliar el sueño, seguía durmiendo más que María Félix. A los diez días que comenzaron a darle las pastillas, ¡palos! que se acaban.

El Chuy, su hijo, ya se había dado cuenta que las pastillas (Prozac) que le había recetado Cota Abaroa, eran muy parecidas a las “mejoralitas” que le daignostican a los niños, así que no dudó en comprar “mejoralitas” en lugar de Prozac que costaban la estratosférica cantidad de ¡Quinientos pesos!.

El tratamiento siguió, pero con “mejoralitas”, y don Chuy, seguía durmiendo como si le hubiesen anestesiado, lo que comenzó a preocupar al Chuy, su hijo. Un día le hablo y le dijo en tono serio; “oye, te estás pasando de tueste”, estás durmiendo demasiado. Don Chuy, que era de fácil sonrisa, sólo sonrió con cierta picardía y le respondió, me siento muy bien, “tú también debes de tomar”, a lo que el Chuy, su hijo le contestó, “estás loco”.

A partir de ahí, el Chuy, su hijo, le cambió el suministro de “mejoralitas”, y en lugar de una pastillas entera le comenzó a dar la mitad, porque don Chuy se “estaba pasando de tueste”. Don Chuy, nunca más se quejó de que “no podía conciliar el sueño”, siempre y cuando no le hicieran falta las “mejoralita”. El Chuy, su hijo, ya me había platicado el caso de las “mejoralitas” y un día que me encuentro a Don Chuy le preguntó, “como se siente, ya duerme bien, y me responde, “sí, vieras que aliviado me tiene el Doctor Cota Abaroa, me dio unas pastillas caras que me compra el Chuy, y me han caído muy bien, es muy gueno ese doctor”.

Don Chuy (Jesús Montaño Castro) murió en 1993, a la edad de 93 años. Nunca se quejó de nada, ecepto de no poder conciliar el sueño. Recuerdo que seguido le llevaba liebres que le preparaban de diferentes formas; fritas con orégano, en machaca, con mole, en albóndigas, martajadas con ajo, etc., que le encantaban, según me decía, y me platicaba como las “pillaba” en Los Frailes en sus años mozos con amigos de su camada como don Jesús el “Güero” pinto” Castro Fiol, entre otros, allá en la primera década del siglo pasado. Descanse en Paz don Chuy, Jesús Montaño Castro.

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