Carlos A. Rondero Savin * Un hasta pronto al amigo

Conocí a Carlos Rondero en 1975, siendo Secretario General del Ayuntamiento de La Paz; hombre austero, honesto, sencillo e inteligente; años más tarde, a finales de los 70’s, coincidimos, ya no como jefe y subalterno, sino como colegas y talacheros en diversos proyectos periodísticos e incluso políticos: desde entonces nuestra relación estuvo caracterizada por la afinidad mutua blindada por el afecto, simpatía y el respeto.

En 1979, cuando me inicié en el periodismo en el semanario La Voz de Los Cabos de Jesús Montaño, también amigo de varios ayeres; Carlos Rondero, Felipe Ojeda, Rogelio Félix “Rojitas”, Julio César Saucedo y Armida Caloca, serían mis consejeros y fieles guías al inicio en este apasionado oficio.

Por muchos años colaboré con él en el BCS y en otros medios que dirigió con tino y sapiencia, las más de las veces a contracorriente del gobierno. Participé cerca de él en la campaña política para gobernador de Víctor Liceaga, con quién fue Secretario Particular primero y después Secretario General de Gobierno. Recuerdo que siendo Secretario General de Gobierno, un día me tope con él en los pasillos de palacio, serían las dos y media o tres de la tarde. Al verme, desde lejos me gritó, ¡qué pasó Víctor, qué andas haciendo!, mientras se sobaba la panza; de inmediato se la reviré, ¡vengo a verte, ó para que crees qué son los amigos!, le conteste, pero él seguía sobándose la panza. Y qué chingados traes le pregunté, traigo un hambre de la chingada, me contesto. Te invitó a comer, lo ataje, ¡sale!, me respondió y con la misma ¡fierros!; vámonos en mi carro, me atajó; un “bochito”. Cuando me subí al escarabajo le dije, “de a tiro la chingas Rondero, un Secretario General en un “bochito”, es “para ahorrar gasolina2 me contesto, ¡ah que a toda madre!, tu ahorrando para que Liceaga chingue más, le repuse en medio de una sonora carcajada; nada de suburbans, mucho menos blindadas, él al volante y yo de copiloto; nada de chofer, mucho menos “guaruras”, así era Carlos Rondero; austero, sencillo, humilde.

En ese tiempo había descubierto una “fondita” sobre el Boulevard 5 de Febrero, donde servían muy buenos mariscos y sobre todo, un riquísima sopa de mariscos, no recuerdo si se llamaba “Dos mares”, a la que asistía con frecuencia a comer “sopa de mariscos” y tomar tarros de cerveza bien fría, de manera que nos dirigimos directo a las “fondita”.

Cuando llegamos estaba llena, repleta de comensales, y en medio del bullicio nos pusieron una mesa en el centro de la palapa; una mesita de madera de la cervecería con dos sillas; Rondero pidió un filete de cabrilla al mojo de ajo y yo, una sopa de mariscos sin cilantro y dos tarros de cerveza bien fría. De inmediato sirvieron botana; crema de atún, salsa de molcajete y salsa mexicana picada con totopos.

Excelente comida, sentí que Rondero había quedado satisfecho con el filete de cabrilla al mojo de ajo. Estábamos tomándonos los últimos tarros de cerveza cuando de pronto comenzaron a volar sobre nosotros sillas, envases de ballena, vasos de cerveza en medio de un tremendo griterío y madrazos al por mqayor; cuál sería nuestra sorpresa que justo en ese momento se desataron los “chingazos” entre los comensales y parroquiano y nosotros en medio de la palapa, esquivando botellazos y las sillas que volaban sobre nuestras endebles cabezas. Por unos segundos Rondero se me perdió de vista y estaba debajo de la mesa protegiéndose de los sillazos y botellazos que volaban por encima de nosotros. Salimos “espichaditos” sin decir agua va y sin pagar la cuenta, mientras el furor de los “chingazos” seguían cobrando bajas al interior de la palapa. Fue entonces cuando me di cuenta que no era una “fondita” como creía, sino un bar de mala muerte.

De regreso, nos subimos al “bochito”; ambos serios y sin decir ni una palabra, y yo con la cola entre las patas por haber llevado al Secretario General de Gobierno a ese tugurio de mala muerte. Habían pasado escasos minutos cuando Rondero susurró entre dientes, ora si que rumiando por el mal momento, y me dice sin rubor; “me gustó el ambiente, es excelente, me sentí muy a gusto, Víctor”; como lo conocía muy bien, sentí que esa era su repuesta; finita, sarcástica, inquisitoria, de que no le había gustado para nada; jamás me recriminó ni supe que haya dicho algo sobre ese penoso incidente; de él siempre recibí deferencias porque en el fondo nos profesábamos una fuerte amistad de muchos años de afectos, simpatías y respeto.

Carlos Rondero, a quien popularice a través de las célebres “tesis ronderianas” de “que aquí no pasa nada, aunque pase, no pasa nada” (espero que no vaya a salir alguno pretencioso que quiera adjudicárselas); Carlos Rondero el Republicano, el político del tener finito, el estratega, el de la férrea disciplina republicana, el principal artífice de la creación del V Municipio de lo que hoy es el mal gobernado y peor administrado municipio de Loreto; el Carlos Rondero austero, el hombre de tesis, el amigo fiel, inteligente, sensato, el gran conversador, el libre pensador, el hombre de las ideas, de albures y puntadas, el sudcaliforniano puro, sin mezclas, que honró su sangre, su tierra, su familia y sus amigos con la gallardía de un verdadero hidalgo.

Su repentina muerte me caló, me cimbró, me dolió. Y no es para menos; un gran amigo de quién aprendí que volar solo y no en parvada te moldea el carácter; a ver la vida con modestias y sin resentimientos, a no temerle a la pobreza ni a la muerte, a ser siempre el mismo; auténtico, original, sin dobleces.

Algún día escribiré anécdotas y vivencias en el diario BCS, cuando Alberto Alvarado lo tenía marcado con bola negra; cada cabezal, balazo, cintillo y nota que redactaba escondían la febril advertencia ¡volveré! como Mc Arthur. Hoy Carlos Rondero ya no está pero vive en nuestros recuerdos, en nuestros corazones, en el palpitar de esta tierra que amó y honró a lo largo de su vida: Descanse en Paz el amigo, el compañero, el paisano, el ciudadano del mundo, el colega, el hijo predilecto de Agua Verde, la tierra de sus mayores.

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