ABCdario / ¡Qué tiempos aquellos! Juntando grava

Por Víctor Octavio García

En 1969, cuando cursaba el quinto año de primaria me integre, allá en mi tierra (Caduaño), a una cuadrilla de trabajadores a juntar grava en los arroyos; la grava era para dos hoteles que estaban en construcción en Cabo San Lucas; el Finisterra de don Luis Coppola, y el hotel hacienda de Abelardo L. Rodríguez, éste último todos los años le hacían modificaciones o bien le construían más cuartos; juntar grava es una reverenda chinga (hoy trituran las piedras para obtener la grava con enormes máquinas) porque había que cavar en el lecho del arroyo hasta encontrar los bancos de grava; 52 tambos de grava (piedra) de determinado tamaño hacen un metro cúbico, y para juntar un metro cúbico de grava vaya que se suda la gota gorda.

Antes de amanecer ¡fierros! pal arroyo, yo era uno de los juntadores de grava más jóvenes junto con el Freddy Castro y Jorge “Cuadro” García que rondábamos los 10 u 11 años, el resto que no eran más se cinco personas rondaban los cincuenta y hasta los setenta años de edad, algunos habían trabajado en los desmontes en el valle de Santo Domingo abriendo tierras para la agricultura; en ese tiempo no había trabajo y las “chambas” que caían eran eventuales y cada venida del obispo; el metro cúbico lo pagaban en 37 pesos subida a pala al dompe que la acarreaba.

Mi mamá me preparaba “lonchi” todos los días que llevaba en una “lonchera” de peltre de tres compartimientos; fríjol, que era de todos los días, huevos revueltos y si quedaba algo de la comida de un día anterior, tortillas y café, bastimento que nos tenía que aguantar de las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde o un poco antes dependiendo que tanta grava encontrábamos, no en pocas ocasiones la juntábamos con la mano por la misma escases o pobreza de los bancos de grava; encontrar un buen banco de grava era como hallar una beta de oro; toparse con un buen banco de grava equivalía sacarle hasta cincuenta metros cúbicos en dos o tres días; por lo normal eran tres o cuatro metros cúbicos si bien nos iba.

En el arroyo nos turnábamos con el pico, talacho y la pala, así que la chinga se compartía entren los 7 u ocho que andábamos, yo con el hacha y el machete era “malón” y “trochi”, pero con el pico y la pala era bueno, desde que agarraba el pico o la pala no descansaba hasta abrir una especie de vallado en el arroyo donde “arrimábamos” los tambos para depositar la grava; era obligado juntarla en tambos porque así llevábamos cuenta para completar el metro cúbico, había veces que era cosa de “palear” a un metro o dos donde la apilábamos pero si no contábamos cuántos tambos eran era difícil calcular si era o no un metro cúbico.

Las jornadas de trabajo eran de las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde o antes, dependiendo de los bancos de grava; recuerdo que teníamos varios días juntando muy poca grava al escasear los banco, decidimos cambiarnos a otro brazo del arroyo donde no había entrada de carro; Miguel Castro el “Gallo” era el “gambusino” que traíamos para detectar los bancos de grava, un señor de más de cincuenta años en ese entonces que usaba sombrero de palma y se lo ponía ladeado como en las viejas películas de Juan Orol, pero era escaso de ideas, malo para prevenir y planear, nunca reparo que juntar grava en un brazo del arroyo donde no había camino para el dompe que la recogería significaba una reverenda chinga acarrearla pal otro lado del arroyo y no solo eso, donde encontramos un buen banco de grava al que llegamos a sacarle hasta 20 metros cúbicos en un día se encontraba en la peor parte del arroyo, zona muy pedregosa y el ancón que colindaba con el arroyo un bosque de centenarios encinos, enormes cardones y un espeso chicural; si bien en tres o cuatro días juntábamos lo que nos llevaba días o semanas donde andábamos trabajando, acarrear la grava a mano en tambos doscientos o trescientos metros hasta donde podía llegar a cargar el dompe, era y fue un rudo sacrificio, lo bueno que estábamos jóvenes cuyo mayor deseo era comprar una brillantina Jockey Club, una glostora, un par de calcetines o un short original Levys, de ahí que la chinga era lo de menos.

Cada vez que la platicó a mis hijos las andanzas en mi tierna juventud me responde; son otros tiempos y es otra cosa, sí es otra cosa porque les ha tocado vivir con televisión de plasma, agua fría y caliente para bañarse, minisplits, internet, celulares, carros, ropa de marca, lociones francesas y buena comida; no es obra del espíritu Santo ni de las casualidades, sino del sacrificio y esfuerzo de quienes hoy estamos en edad de compartir nuestras humildes vivencias y experiencias que templaron nuestro carácter y forma de ser, ojalá algún día lo aquilaten y valoren que en esta vida nada es gratis y todo tiene una razón de ser. ¡Qué tal!.

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