ABCdario / ¡Qué tiempos aquellos! * Jicotes

Por Víctor Octavio García

 

En 1968, recuerdo muy bien porque estaban las olimpiadas, invitaron a mi papá a ir a sacar un “enjambre” grande que tenía mucha miel; mi papá no era muy dado andar en el monte, sin embargo acepto de buen talante; Juan “Copete” y Raymundo “Muños” Lucero, Gilberto “don Pille” Castro, mi papá y yo de escasos 10 o 11 años; un día antes nos preparamos; dos cunetes de 20 litros donde venía la manteca kuino, hacha, machete, mecates y una buena ración de “cuachas” de vaca; el “enjambre” estaba el tronco de un chilicote hueco con varios brazos secos en una zona conocida como “Los Brellalitos” donde, según se comentaba en este entonces, el Tito Castro, de San José del Cabo, había sacado un entierro muy grande.

Raymundo que era muy escandaloso y exagerado le decía a mi papá que había que llevar más “trastes” para la miel, que el “enjambre” estaba grande y tenía mucha miel; hay que irnos temprano para ganarle al sol, insistía; recuerdo que mi papá tenía un pick up Internacional 1950 de trasmisión grande que le lloraba mucho el diferencial, eso sí fuerte y cuerudo como los viejos forcitos; al día siguiente, luego de tomar café y llenar un par de garrafones de agua para tomar ¡fierros! pa “Los Brellalitos”; en ese entonces no había carretera, así que toda la brecha, más o menos 12 kilómetros, no se habló de otra cosa más que del “enjambre” de “Los Brellalitos”; el “enjambre” estaba un poco retirado de la brecha, había que caminar como kilómetro y medio sorteando cañadas y monte espeso, estaba en el tronco de un chilicote en una mesa de monte muy tupido; dejamos el carro a orilla de la brecha, de la vieja brecha que corría de La Paz a San José del Cabo, escasos metros antes de tomar el camino para el rancho del “Mezquite”.

No tardamos en llegar donde se encontraba el “enjambre”, se veía aparatoso porque varios panales estaban fuera del troncón del chilicote y abejas volando alrededor; limpiaron el alrededor del chilicote y pusieron varios atizadores (fogatas) con leña seca de brasil, palo zorrillo y mautos, así que no tardó en prender la lumbre, le dejaron “caí”, a cada atizadero, las “cuachas” de vaca para que hicieran humo; pronto se “nubló” de humo alrededor del chilicote y Raymundo, con camisa de manga larga, con dos o tres paliacate liados en la cara y en la cabeza se dispuso a sacar los panales, cuidadosamente iba separándolos del tronco del chilicote y los echaba en el cunete, de vez en cuando se escuchaba, ¡ya me chingó una abeja!, ¡puta madre que bravas están!, ¡puta madre como duele!; yo estaba retirado viendo cómo Juan “Copete” y mi papá se pegaban manotazos en la cabeza espantándose las abejas, mientras Gilberto con las manos cubiertas con guantes de gamuza, con una “trucha” (cuchillo) en la mano limpiaba los panales; sin acercarme me pica una abeja en una mano y de inmediato me brota una gota de sangre, me duele mucho, me retiro de donde estaba y ¡palos!, se me prenden dos abejas en un brazo al mismo tiempo y suelto el gritó, mi papá se asusta y corre hasta donde estoy pensando que podía ser una víbora, me revisa el brazo para quitarme los aguijones de la abeja y no los encuentra, me pide que me aleje más; vómito y el dolor no se me quita, comienzo a marearme y a dolerme la cabeza, mi papá me dice que no vaya a tomar agua y entre los dedos de la mano trae miel y me unta donde me picaron las abejas; a cada rato me pregunta cómo me siento, mientras Raymundo y Gilberto se siguen quejando de las picaduras de abejas hasta que Raymundo descubre, al topar con el cuchillo con el que estaba cortando los panales, que detrás de las panales de abeja había panales de jicotes; Raymundo había logrado sacar varios panales hasta juntar cunete y medio y deciden no seguir; los panales más grandes, bien cargados y probablemente con mejor miel, estaban en el fondo de tronco del chilicote, detrás de unos panales de jicotes; Raymundo, Gilberto, Juan y mi papá se quejaban mucho de los picaduras de abeja y deciden dejar el “enjambre” en paz, retachándonos pa donde habíamos dejado el carro.

Una vez que llegamos al carro, todos jodidos, vomitando, con dolor de cabeza, mareados e incluso con calentura, es cuando nos damos cuenta que las picaduras no eran de abejas sino de jicotes; que el “enjambre” tenía mucha miel pero estaba muy difícil sacarlo por los jicotes. ¡Lástima! hay pa la otra dijeron a manera de darse ánimo unos a otros antes de subirse al carro, un viejo “wuirloche” internacional ; ese mismo día, por la tarde, mi mamá y una tía se dispusieron a colar la miel y echarla en botellas de vidrio para hacer la sagrada repartición; poco menos de medio cunete de miel espesa, de un amarrillo intenso tirándole a colorada; miel de flor de pitahaya, palo de arco, mauto; riquísima miel de abeja que duró en mi casa mucho tiempo para los hot cakes (hot keis) y comerla como postre, pura y con queso; con la cera (panal ya exprimido), mi tío Loreto que era talabartero, la usaba para acicalar el hilo con el que cocía las monturas y los trabajados de talabartería. ¡Qué tal!.

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