ABCdario / ¡Qué tiempos aquellos! * El .270 de Pepe Gajón

Por Víctor Octavio García

 

Hace tres años, al caer las primeras lluvias, armamos una salida en busca de un “hijuelachingada”; Isidro Ruiz, que se la da de muy “chingón” como cazador –aunque “malón” para tirar– nos alborotó con el cuento de que entre la zona del “valiente” y la “cueva de la vieja” se paseaba un “hijuelachingada” de 12 puntas; ni tardo ni perezoso nos apuntamos Ángel Gajón y un servidor; sabíamos que eran mentiras del Isidro pero le seguimos la corriente; decidimos irnos en la noche para dormir en el rancho, y otro día salir a caminar; en la mañana, después de tomar café ¡fierros!; el Ángel con un .270 con mira telescópica y tiros (balas) de plata como las que usaba el Llanero Solitario, –según él–, porque los casquillos eran plateados al igual que la ojiva; el Isidro con un .308 también con mira telescópica, y un servidor con una 30/30 Wínchester con grano libre; en la tarde de un día anterior había caído un buen aguacero y había agua encharcada por todo lados, agradaba el olor a tierra mojada de una mañana húmeda, sin viento y un poco sofocado; en la parte alta y plana del cerro que colinda con la “cueva de la vieja”, antes de reventar los primeros rayos del sol, definimos el plan de caza; Isidro bajaría por los cañones; sí había venados los espantaría para que salieran “botando” por el cañón pa’ bajo, Ángel y un servidor nos pondríamos en dos “puestos” distintos en las orillas del cañón a esperarlos; el plan se siguió al pie de la letra.

Al dirigirnos a los “puestos” vi que el Ángel no dejaba de masticar, a cada rato se metía la mano en la bolsa de la camisa y se echaba “algo” en la boca, inicialmente pensé que eran chicles y le pedí, “profe, regáleme un chicle”, y me contesto, “no son chicles, es una tortilla de harina dura que le robé al Prieto” (Sosa), y me dio la mitad; el Ángel cuenta con todo el equipo de caza, al igual que el Isidro, así que llevaban cantimploras y yo un envase de coca cola de dos litros amarrado con un mecate colgado en el hombro; hacía mucho calor, el sol apenas comenzaba a despuntar, se sentía sofocado no obstante la hora, estaba evaporándose la tierra, nada de viento y sin nubes, apenas comenzaba a brotar el monte; siempre tardó el Isidro en descolgarse por el cañón; recuerdo que el Ángel vestía un pantalón camuflajeado –como los que usa Rambo– con muchas bolsas por fuera y una camisa de caqui que en cada bolsa bien le cabían dos chopitos (quesos). No tardamos en llegar a los “puestos” y esperar que el Isidro, si había animales en el cañón, los “arriara”, de lo demás nosotros nos encargaríamos; el Ángel con el .270 con balas de plata, y un servidor con la 30/30, listos para tirar “pajuelazos” desde la parte alta del cañón.

Una hora, dos horas, tres horas esperando en el “puesto” apenas protegido de los fulminantes rayos del sol por la sombra de un deshojado palo blanco, con un calor sofocante, sin correr nada de aire y con el solo cayendo como plomo; en eso llega Isidro sin novedad, asoleado por la caminada; allí mismo decidimos descolgarnos por “la cueva de la vieja” esperanzados a ver si nos tapábamos con un “hjuelachingada” en el arroyo la “tinaja”, donde queda agua retenida en los tepetates; al ir bajando, entre loma y loma, el Ángel se detuvo y me apuntó con la mano hacia la loma de enfrente y me dice, “ves aquel algodoncillo que está a media loma”, si le conteste, “allí, exactamente, hace muchos años, yo tenía como doce años, andábamos “venadeando” con mi papá; al Pepe (Gajón), mi hermano, le acaban de traer de Estados Unidos un .270 de paquete y lo traía para probarlo, nos separamos en “la cueva de la vieja”, él agarró por esa loma, mientras mi papá y no tomamos por esta vereda dónde venimos caminando, lo veníamos viendo, cuando de pronto comenzó a pegarse manotazos en la cabeza y a tirar patadas como caballo mesteño; se había topado con un enjambre de abejas y se le vinieron encima; al verlo mi papá le gritó de loma a loma, “con el .270 mijito” y el Pepe encabronado le contestó de la otra loma, “chinguen a su madre”; le dieron una chinga las abejas pero pura madre tiró el .270”: Mantengo mucha comunicación con Pepe Gajón y se me ha pasado preguntarle de esta anécdota, la versión que hoy les comparto es la que me platico el Ángel, su hermano.

Aún era temprano pero se nos acabó el agua, hacía hambre, calor y mucho sol; habíamos dejado dos pollos en el rancho para que los prepararan en caldo con arroz y papas; de “la cueva de la vieja al rancho” siempre se hace más de una hora rodeando las faldas de un cerro, y la vereda pedregosa y enmontada; antes de agarrar las faldas del cerro cruzamos un pequeño arroyo que alimenta de agua la “tinaja de la vieja”, tupido de “juellas” de coyotes y mapaches, y en las laderas verdolagas, muchas verdolagas; la tierra húmeda con agua encharcada en los san jones; sin darnos cuenta el Ángel se rezagó cortando verdolagas, ni el Isidro ni yo nos habíamos dado cuenta, cuando de pronto lo vimos donde venía con las bolsas del pantalón repletas de verdolagas, verbigracia como pistachón zig zag.

Llegamos al rancho poco después del mediodía, justo cuando pegaba el último “hervor” el caldo de pollo; nos pusimos cómodos para descansar antes de comer, tomamos café para que nos bajara lo asoleado, que nos hizo sudar a lo bonito; comimos como Dios manda caldo de pollo con mucho cilantro, arroz, papas y granos de fríjol sancochado, tortillas de maíz y chilpitines, riéndonos todavía de la anécdota de “Pepe Gajón y el .270 y el enjambre de abejas”; toda la tarde jugamos malilla, tomando cerveza (ballenas), cachuates y queso como botana; ya que bajó el sol, y tras envolvernos unos chopitos y unos frascos con mantequilla, ¡Fierros! para esta ciudad, con el Ángel Gajón y un chingazo de verdolagas. ¡Qué tal!.

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