ABCdario / ¡Qué tiempos aquellos! ¡Amá!


Por Víctor Octavio García

En enero de 2015, días después de la muerte de mi mamá, le hablé a Isidro Ruiz para armar una salida al monte, no le di mayores detalles excepto de ir a buscar un “hijuelachingada”, tú te encargas de correrle la invitación a lo demás, le dije; me sentía muy mal, presionado, ido, con ganas de llorar (desahogarme), la imagen de mi mamá la traía fija día y noche; minutos antes de morir el 1 de enero de ese año, mis hermanas e hijos me pidieron y exigieron –incluyendo el doctor que estaba a cargo de mi mamá– que pasara a verla donde tenía tres días y tres noches postrada en coma, inicialmente oponía resistencia, no quería verla en el estado que se encontraba pero me insistieron mucho, entré al cuarto y al sentir mi presencia cuando le dijo un doctor que estaba allí entre abrió los ojos, levantó una mano y me echó la bendición, ¡me partió el alma!; Carlos (Güero) mi hijo entró conmigo y él fue quien me sacó casi en brazos del cuarto, me desplome, no podía respirar ni sostenerme por mi propio pie, él estuvo dándome ánimo hasta que medio me restablecí, un par de minutos después me avisaron que había terminado (fallecido); tenía tres días mal comiendo y tres noche sin dormir con un doloroso absceso en un oído y mucha temperatura, tres días esperando el desenlace de mi mamá.

Mi salida al monte era pretexto, quería estar solo y desahogarme (llorar), así que después de que se rezó el último día del novenario ¡fierros! pal Aguajito de Moreno; Isidro Ruiz, Ángel Gajón, Víctor Guluarte y un servidor; recuerdo que compré un pedazo de carne (pecho de res) que me gustó porque estaba calloso y gordo para preparar un caldo con arroz, papas y mucho cilantro verde; Víctor Guluarte llevaba cinco kilos de costillas cargadas de res; salimos un día en la tarde y sobre el camino decidimos en qué lugar dar la caminada después de valorar otras opciones como el Valiente en la mesa de La Vieja, Las Tetas de Cabra, La Cueva de la Vieja, La Pista, Lorena Herrera y Los Burros, finalmente decidimos por La Agua de las Palomas a insistencias de Isidro, que es una prolongación de los cantiles de los “Filos” del 35 rumbo al golfo; llegamos al rancho pardeando, hacía frío y el día había estado despejado, agradaba estar en el sol; medio nos acomodamos y nos pusimos a jugar malilla, Isidro llevaba un bote de aceitunas muy buenas, creo que eran españolas rellenas de pimientos y una bolsa de chapulines secos que le dimos mate, partieron un queso de prensa oreado (cuadrado) que estuvimos “botaneando” con aceitunas y chapulines secos con polvo de chile colorado y limón, entre renuncias y chicos Victor Guluarte se levantó de la jugada dejando al Ángel Gajón en su lugar para poner leños en la lumbre pa’ que “jueran” haciendo brasas y preparar las costillas que dejaría “caí” en el asador, esa tarde-noche jugamos malilla y comimos costillas asadas, todos tomaron menos yo, no traía humor de nada, estuve a punto que me dieran capote y renuncie un par de veces en el juego; cerca de las doce de la noche preparamos los tendidos para dormir y levantarlos al día siguiente muy temprano para darle a la caminada.
Pasada las seis de mañana vi que estaba prendida la luz de la cocina y me levante, andaban colando café, me serví un vaso y con la misma agarre para los corrales donde estaban ordeñando y puse el vaso de café en la teta de una vaca para que le echaran leche que al caer levanto espuma como si fuera capuchino, uno de los café más sabrosos que tome ese día; despuntando el sol agarramos camino en el carro hasta la zona que peinaríamos, me lleve dos naranjas, la “pochita”, una carabina Winchester 30/30 de grano abierto con un cartucho en la recámara y tres en el cargador y los “miralejos” (binoculares), esa noche había caído mucho sereno, no había hecho nada de viento y había estado toda la noche despejada, cuando me baje del carro y comencé a caminar rompiendo el sereno entre el zacate, quelites y los estafiates, me acorde de mi infancia cuando muy temprano me mandaban a cortar chícharo fresco y llegaba con las canillas mojadas por el sereno, así que luego se me mojaron los zapatos y el pantalón hasta la altura de las espinillas donde iba rompiendo el sereno; Víctor Guluarte y el Ángel Gajón fueron los primeros en internarse en el monte para formar una especie de pinza o herradura en el plan y entre de los cañones, mientras Isidro y un servidor encumbramos el cantil, Isidro se descolgaría más delante para rencontrarse con Víctor Guluarte y Ángel Gajón en el plan y cañadas, antes de que Isidro se descolgará hacia el plan me quede en la orilla del cantil revisando con los “miralejos” desde arriba, es una zona de planos, escaso monte, ancones y cañadas que se dominan muy bien desde la orilla del cantil, me senté en la lorilla del cantil, poco monte a los lados, algunos ciruelos, gobernadoras, algodoncillos y palo adanes de baja estatura; apenas había comenzado a rastrear con los “miralejos” (binoculares) cuando divise un bulto prieto más o menos a un kilómetro de distancia, me tire de pecho en la orilla del cantil para apoyarme con los codos y ver mejor con los “miralejos”, vi que era una vaca prieta con la cría, increíble pero ya había sentido mi presencia, volteaba hacía donde estaba en la orilla del cantil y se veía un poco nerviosa, no tardó mucho en esconderse, con todo y cría, en un palo verde, el único árbol grande que había a la redonda, y me desatendí de estarla observando, en el plan y lomas no vi nada, salvo el vuelo de algunos gavilancillos entre una suave brisa que corría entre los cañones.

Recosté la 30/30 en el tronco de un palo adan con brotes nuevos y me senté pensando en nada, prendí un cigarro y me desvanecí un buen rato, no sé cuánto tiempo estuve así, llega un cenzontle y se sienta en una vara del palo adan y comienza a cantar, a un metro cuando mucho de donde yo estaba, sentí una sensación de tranquilidad y paz interior que jamás había experimentado, cuando de pronto e involuntariamente exclamé ¡Amá!, mientras el cenzontle seguía con su alegre trinar en la vara del palo adan, no sé si serían tres o cinco minutos que sentí que flotaba comenzaron a rodarme las lágrimas por gusto y no por el recuerdo de mi mamá, me sentí otro, relajado, en paz conmigo mismo, mis pensamientos estaban fijos en recuerdos de los buenos momentos que disfrute con ella en vida e incluso, de muchos años atrás que no recordaba en medio de una sensación jamás vivida de reposo y tranquilidad, cuando pasó el trance no quería levantarle de donde estaba sentado, había olvidado porqué estaba allí y qué estaba haciendo allí, me sentía excelentemente bien aun cuando las lágrimas me seguían escurriendo de los ojos, me desahogue sin llorar, en silencio y a partir de allí los recuerdos de mi mamá dejaron de estar fijos en mi pensamiento (cuando llegue a mi casa, en La Paz, compre una veladora –cosa que hago seguido– y la prendí al pie de una foto de ella y de Santos que conservamos en mi casa), me levante de donde estaba sentado y me dirigí al lugar donde habíamos dejado el carro, no sé qué horas serían, hasta que llegaron el Isidro, Víctor y el Ángel sin nada de nada después de haber caminado varios kilómetros buscando un “hijuelachingada”, cuando llegaron no les comenté nada de lo que me había pasado hasta hoy que comparto con ustedes esta irrepetible vivencia.

Para las dos de la tarde estábamos de retache en el rancho esperando que el caldo pegara el último “hervor”, ese día repetí plato, muy sabroso el caldo de carne de pecho, antes de servirme le revente chilpitines secos en el fondo del plato acompañándolo con tortillas de maíz, hacía frío y me hizo sudar, reposamos un rato para que nos hiciera la “digestión” después de “darle el punto” a un bote de jalea de guayaba con queso y ¡Fierros! para esta ciudad con renovado ánimo y una actitud positiva; reconozco que jamás había experimentado una salida al monte que me dejara satisfecho como en esa ocasión porque logre tranquilidad y paz conmigo mismo y que lo siempre he creído que pasó durante el breve trance en la orilla del cantil a la vera del alegre trinar de un cenzontle, que me comuniqué como mi mamá, con eso me basta y me doy por bien ganado. ¡Qué tal!.

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