ABCdario / Las últimas guaycuras


Por Víctor Octavio García

Como no quiero escribir de política y cosas peores, les compartiré esta entrega de hace cinco años sobre un mítico pasaje ocurrido hace 160 años más o menos, en una de las zonas que más he caminado, he aquí lo que consignó ABCdario hace ya media década; Distante –en línea recta– seis kilómetros del rancho El Aguajito, se encuentra la cueva donde habitaron las últimas dos indias guaycuras (madre e hija) que fueron atrapadas por un grupo de rancheros de la zona en la década de 1860 aproximadamente, –según la tradición oral–, lugar que aún conserva vestigios de su presencia (metates, manos de metate, pequeñas ollas empotradas sobre el tepetate para moler semillas, pedernales, cenizas y hollín sobre la pared y el techo de la cueva) que muestran claramente que el proceso de evangelización en la California jesuítica no fue fácil ni de un día para otro; en 1860 San Francisco era una ciudad pujante, en el medio oeste, Billy Kid consignaba las primeras leyendas épicas de valor y destreza con su Colt fajada al cinto y Antonio López de Santa Anna ya había entregado más de la mitad del territorio nacional a los yanquis.

En 1860, trescientos años después de que el primer español pisara tierras californianas, a 70 kilómetros de La Paz sobrevivían en un medio hostil dos aborígenes que habían resistido el cruel proceso de evangelización; de acuerdo a la tradición oral –la historia que se cuenta de boca en boca y de generación en generación–, las últimas dos guaycuras resistieron y se mantuvieron ajenas al proceso de evangelización varios años después de que un puñado de sucalifornianos firmarán el acta de adhesión de independencia en Mulegé, y mostraran ante propios y extraños el valor, coraje y el orgullo de quienes conformaron nuestra tricentenaria comunidad de sangre.

Hace cinco años –justo cuando escribí la actual reseña– estuve en el lugar donde se encuentra la mítica cueva cortándole “huella” a un “hijuelachingada”, Isidro Ruiz y el “Prieto” Sosa le habían soltado dos “pajuelazos” a un cuerni cabra o alerno, el animal corrió despavorido hacia la zona donde se presumiblemente se ubicaba el refugio de las últimas dos guaycuras, aproveche el viaje para explorar por enésima vez la zona que conserva agua retenida (poza) entre los tepetates, el acceso no es fácil, sólo quienes conocen la zona saben cómo llegar, meses atrás habíamos estado en el mismo lugar donde asamos un costillal –por cierto las costillas más duras que he comido en mi vida– y medio gusto ver que todo se mantiene en orden; sin basura, sin pintas (grafitis) sobre las piedras y sin daños que hagan presumir actos vandálicos.

La cueva es espaciosa y alta, excelente refugio para cualquier época del año y sobre todo, agua garantizada para toda la temporada; en sus alrededores aún sobreviven varias pitahayas dulces que han sobrevivido a las inclemencias del clima, chubascos y prolongadas sequías, sobre la orilla de la poza que se forma entre los tepetates –a solo diez o quince metros de donde se encuentra la cueva– dos frondosos zalates (higos silvestres) y sobre la cañada enormes palos blancos que siempre están verdes haciendo contrates con la resequedad y aridez de la zona.

Emilio Cosio, del club Gavilanes, que con frecuencia recorre la zona me comentó que no había visto nada (venado) eso sí, mucha trilla de “lión” (puma); en más de cinco ocasiones que he estado en la cueva, nunca me ha tocado ver trillas de “lión”, eso sí de burros mesteños, zorras, gatos monteses, coyotes, tejones y mapaches, como es una zona donde siempre hay agua, la presencia de vida salvaje es inevitable; imaginarse la zona hace doscientos años cuando atraparon a las últimas dos guaycuras que se guarecían en la mítica cueva, seguramente era una zona de mucha actividad cinegética, no obstante que las lluvias son eventuales y escasas aún conserva rastros de un pasado que permitió la sobrevivencia de dos indias guaycuras, justo años después cuando Manuel Pineda resistío la invasión yanqui del 47 presentando batalla en “Casa Blanca”, en Mulegé. ¡Qué tal!.

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