ABCdario / Evaristo y las indias del Aguajito

Por Víctor Octavio García

En diciembre pasado hice el firme compromiso de llevar a Evaristo Murillo a la cueva de la vieja, justo donde habitaron las últimas dos guaycuras al norte de La Paz. Evaristo sin ser experto ni historiador es un apasionado de este tipo de historias; la versión que sobrevive gracias a la tradición oral que se ha trasmitido de boca en boca y de generación en generación de las dos naturales (aborígenes) que sobrevivieron a la despiadada evangelización jesuita en la antigua california o la california auténtica, bien podría dar a pie, en manos de la creatividad e imaginación de historiadores comprometidos, a darle vida propia a nuestra tricentenaria identidad sudcaliforniana.

La identidad que nos etiquetaron con el folclórico baile de la flor de la pityahaya y otros no menos conocidos nada tienen que ver con nuestros orígenes seculares. Cuando se formó la “Comisión de las californias” en la época de Hugo Cervantes del Río, la intelectualidad de aquel entonces invento mitos que nada tienen que ver con la vida secular de los sudcalifornianos desde los mitos consignados en los libros de caballería en Las Sergas de Esplandián de Garcí Rodríguez de Montalvo, hasta el famoso cóctel del tequila con limón (margaritas) en la época de Ricardo García Soto.
¡Increíble! que nuestra identidad pase de largo referencias que aún están presentes en nuestra cotidianidad como el rancho sudcaliforniano –derivación de la vida del rancho texano– y se refugien en mitos y leyendas producto de la transculturización; se formó el estado pero sin una historia propia aun cuando existen más de cinco mil fichas bibliografías que hablan de california, la california auténtica, cuyos terribles olvidos nos han llevado a tener que pagar facturas muy altas con incontenibles migraciones provenientes de otros estados al quedar brutalmente vulnerables y ser avasallados en nuestras costumbres, idiosincrasia, territorio, historia, oportunidades, identidad y pertenencia.

Es en el rancho sudcaliforniano donde se origina y cobra vida nuestra identidad que es nuestro origen y destino siendo más palpable y sentida aquí que en cualquier otra parte; a más de trecientos años de la evangelización de california, la california nuestra, aún se conservan costumbres, hábitos y tradiciones que se han mantenido intactas frente a la transculturización pero no por mucho; Los Cabos lo perdimos desde hace mucho años y La Paz se dirige en esa dirección donde las costumbres, hábitos y cultura de otros estados se han impuesto a rajatablas, por fortuna el norte de La Paz, la zona de los Comondús, Loreto y Mulege que forman parte de nuestra comunidad de sangre aún se mantienen nuestras costumbres y se resisten de ser avasallados.

Ojala que las nuevas generaciones se apliquen en este sensible tema, sobre todo los historiadores, politólogos, sociólogos y todos aquellos que le profesan amor a esta tierra en aras de blindar y anclar nuestra identidad y pertenencia; desde hace muchos años mantengo esta preocupación sin poder contribuir gran cosa en este propósito; los dos libros que he escrito, el primero de cacería y todo lo que gira alrededor de esta añeja práctica de supervivencia practicada por nuestros ancestros, y el segundo de relatos y anécdotas sudcalifornianos, son un testimonio de tal preocupación; no tengo los estudios, talento ni el tiempo suficiente para emprender tan noble y justa cruzada y con la iniciativa e inquietud no basta.

Las cinco o seis veces que he visitado la cueva de la vieja me he quedado sentado sobre el pretil tepetatoso meditando lo que les comparto; a Evaristo Murillo lo conozco desde hace muchos años, hemos coincido en este oficio (periodismo) y sé que le apasiona el tema; un sudcaliforniano sano, bien intencionado a quien le admiro su interés por conocer y adentrarse en nuestros orígenes, ojalá hubiese más Evaristo Murillo para sentarnos a escribir, no una nueva historia, sino hurgar sobre los orígenes que nos dieron identidad y pertenencia. ¡Qué tal!.

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