ABCdario / El mechudo

Por Víctor Octavio García

Siempre que se habla de La punta del mechudo se relaciona con la mítica leyenda del indio pescador de placeres (perlas) que se ahogó al desafiar las fuerzas del mal intentando sacar una perla más grande que la que le habían tributados a la virgen sus correligionarios durante una exitosa armada, sin embargo el mítico lugar –que es una cordillera de la sierra de La Giganta que muere al caer al golfo– esconde más allá de míticas leyendas hechos formidables que hablan del tesón y sacrificio del sudcaliforniano en aras de obtener frutos de la árida tierra y vencer el desierto.

Sobre el arroyo que corre paralelo a la cordillera del mechudo cuyas testeras se ubican en La agua de Barro pasando por punta Coyote, en los años cuarenta y principios de la década delos 50’s grupos de pescadores “parajeados” en la isla San José, durante los meses que caen las “collas” y los vientos del “weste”, tanto en la isla como en la costa de La punta del mechudo y punta Coyote juntaban semillas de jojoba que era exportada fuera del entonces territorio, así como semillas de palo colorado y palo blanco que tostaban y molían obteniendo una especie de sucedáneo del café –similar a la semilla de saya–, únicamente la recolección de la semilla de jojoba era comparada, la del palo colorado y palo blanco era para consumo que utilizaban como café.

En esos años estaba virgen, existían grandes zonas de jojoba que aprovechaban la semilla que era sacada en barco a través de la isla San José, para juntar la semilla tenían métodos muy rudimentarios y a la vez amigables con el medio ambiente, tendían costales sobre los troncos de las jojobas y sacudían la mata, cientos de costales fueron recolectados cuando la luna estaba llena y la semilla totalmente madura que se desprendía fácilmente del capullo, años después –que fue lo que vino a darle al traste a la recolección de semillas– no sacudían la mata sino que la garroteaban con un palo sin respetar las lunas ni esperar que la semilla estuviese seca, muchas plantas se secaron y la que siguieron produciendo lo hacían magramente, sin la generosidad de años anteriores.

Sobre la cordillera que corre paralela al arroyo existen varias cuevas de diversos tamaños y dimensiones donde se acumula guano de murciélago, cuevas en las que se han encontrado herramientas de trabajo como picos, talachos, barras, palas, azadones, cuñas, etc., con la que trabajan muy rudimentariamente la explotación minera, principalmente oro, como ocurrió durante muchos años en la isla San José donde existen ruinas de madera y fierro destinada a la explotación del preciado mineral.

Por fortuna es una zona poco conocida que se conserva en buen estado, existen pinturas sobre los talud de los pronunciados cañones que se alcanzan a distinguir muy bien e infinidad de relatos y anécdotas de aquellos sudcalifornianos que forjaron nuestra comunidad de sangre dándonos identidad y pertenencia; no conozco la zona salvo por lo que me han platicado y tal vez nunca la conozca por lo difícil del acceso, sin embargo un amigo cazador me ha ofrecido hacer un reportaje gráfico de la zona en los próximos días a fin de que documente con datos de algunos sobrevivientes de la época de la recolección de semillas de jojoba, palo colorado y palo blanco, un reportaje más allá del mito del indio pescador de placeres (perlas), los misterios que esconde La punta del mechudo.

BCS siempre tiene algo nuevo que dar, tal vez no inédito pero si desconocido para el común de los mortales; esta tierra es única cuya belleza y valor no hemos sabido aquilatar; cada vez que me revelan sus secretos mejor guardados o descubro indicios míticos de un pasado donde se forjó lo que hoy somos, de la comunidad de sangre que nos dio identidad y pertenencia; hoy que prefiero hablar de mi tierra, de mis orígenes, de mi gente en lugar de políticos, he encontrado una buena razón para dedicarle más tiempo revelando las bellezas y misterios de esta prodigiosa y noble tierra de la que me siento profundamente orgulloso, ojalá me alcance el tiempo para componerle una canción a mi tierra, que es lo que me falta para cumplir con un milenario proverbio árabe que recomienda sembrar un árbol, formar una familia y escribir un libro, a fin de dar cuenta de nuestro pasó por esta vida. ¡Qué tal!.

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