ABCdario / Buena bola Dr. Meza (Arturo)

Por Víctor Octavio García

 

Hace un par de días le pedí al Dr. Arturo Meza –que leo y disfruto sus trabajos desde hace mucho tiempo–  que prologará mi próximo libro ¡Qué tiempos aquellos!, hoy me lo mando; un excelente trabajo que si me lo permiten compartiré con ustedes la excelente narrativa que sintetiza con extraordinaria certeza, amenidad y gracia, los asideros del autor de estas líneas y lo que hay detrás de cada contenido. Muchas gracias Doctor Arturo Meza.

He aquí lo que consigna el Dr. Arturo Meza: “Siempre es un placer leer los textos de Víctor Octavio García, en esta ocasión son textos breves que ya han sido publicados, otros, han sido escritos exprofeso para esta obra. Los textos son de temática diferente, difieren también en tiempo y espacio, sin embargo, en un afán de encontrar cierta unidad, características afines de los escritos que Víctor Octavio presenta, diría que hay tres condiciones dignas de destacar, el lenguaje, el entorno y los personajes.

Ya en una ocasión me refería a la obra “Crónicas de cacería” que el lenguaje con que Víctor Octavio relata es lenguaje simple, alejado de las ostentaciones académicas, quizás en esta simpleza está su gran valor, no solo porque entendemos cabalmente lo que narra, porque no necesita explicaciones, ni hay complicaciones literarias en la trama, sino porque le imprime un ritmo y una belleza única entre el buen decir y la palabrota o la jerga regional con que sorprende al lector, inflexiones del lenguaje, tonos, acentos, modulaciones que llevan de la mano al lector como si fuera una charla de mesa, un buen mitote, una plática en torno a la hornilla. Tiene el encanto y el sabor de aquellas historias que se contaban en el pueblo.

Los relatos siempre mantienen ese lenguaje ágil con guiños humorísticos que permite contar los sucesos, describir personajes, recordar los viejos tiempos, acometer con claridad meridiana una obra narrativa que hace del lenguaje llano, popular uno de sus principales atributos. Está tan bien entreverado que en su conjunto, que su lectura resulta familiar, uno se identifica inmediatamente con esa manera de contar desenfadada y franca, pero no nos engañemos, no es sencillo, es el producto de más de tres décadas de emborronar páginas para encontrar ese estilo personal que hoy celebramos.

Si bien, el lenguaje es la estrella de los textos, el entorno en que se suscitan los relatos, son un marco formidable que Víctor Octavio conoce muy bien, invariablemente aparecen los viejos pueblos del sur, los ranchos que tan bien conoce; las hierbas, las ramas que observa con ojos de botánico, los animales del monte, los caminos polvorientos y maltrechos, las veredas serranas, las huertas de mangos y aguacates; las comidas, los platillos regionales que detalla con alborozo de glotón, los oficios antiguos y sobretodo los personajes que describe, sus hazañas, sus proezas, los hechos que forman esta microhistoria tan valiosa como parte de nuestra identidad.

Se trata, generalmente, del sur de la península, muchos de los relatos tienen su origen en la zona de Miraflores y Caduaño, en las zonas serranas, en los típicos ranchos sudcalifornianos objetos de sus correrías. La mente infantil de Víctor Octavio captó tan bien el ambiente, los paisajes, las costumbres, la dinámica social de pueblos y rancherías que vuelve una y otra vez sobre sus primeros pasos en el sur del estado, en ese su paraíso perdido; también los ranchos serranos que lleva como tatuaje enquistados en su aliento, son el telón de fondo de buena parte sus narraciones. Víctor Octavio luce el conocimiento profundo que ha llegado a obtener de sociedades tan simples y tan complejas a la vez, la difícil existencia, el arduo trabajo, los caminos pedregosos, la soledad, el hambre, la nada romántica vida del ranchero, de esos parajes olvidados de dios y del gobierno.

Es en esta parte donde Víctor Octavio –quizás de manera inconsciente– deja ver el periodista aguerrido que siempre ha sido, forjado en el diarismo cotidiano que, a querer o no, pone el acento en el destino de los viejos pueblos  Caduaño y Miraflores apabullados por el crecimiento cabeño desmedido, de las aisladas rancherías, de las épocas de crisis, de huracanes y desgracias. En los riesgos de desarrollo sin control, en la explotación irracional, en la pérdida de la tierra, en los peligros de llegar a ser extraños en tierra propia.

Reiteradamente pone el acento en las costumbres que se han perdido, los vocablos que ya casi nadie utiliza, los oficios que ya no se ejercen, los pueblos que se quedan solos, los viejos cementerios deteriorados y el recuerdo de los ancestros, fuente de su amor por la tierra que se nota en cada uno de los textos.

Una de las características de esta obra es la riqueza de los personajes que va delineando en sus narraciones, personajes entrañables como el bravucón Tomás Gavarain, el tipazo que debió ser Don Fabián Ojeda; el Manuel adicto al suero de queso de cabra; Don Manuel Sández, el huertero del internado de Miraflores; las últimas dos indias guaycuras; el capitán Nicole, esposo de Cornelia, personajes con una riqueza tal que por sí mismo se merecen una mayor exploración, sin embargo, son un complemento central de las narraciones que Víctor Octavio nos va contando a lo largo de la obra. Esos individuos únicos que el escritor los infunde del soplo vital, no importa su condición sino su lugar en la historia que los hace memorable.

Los textos son formas de identidad que se debaten entre la rebeldía y la nostalgia de “¡Qué tiempos aquellos!”, sobresale en ciertas partes el Víctor Octavio periodista, testigo de la Sudcalifornia que se ha modificado en el tiempo. Son años de tundir máquinas en el oficio periodístico han podido decantar la prosa hasta convertirla en esta especie de artesanía con que, Víctor Octavio nos deleita con las viejas leyendas de su pueblo, de nuestros pueblos, historias tan comunes a nosotros que nos recuerda las historias que escuchábamos de niños, en la tradición de Chucho Castro, de Guillermo Arrambídez, Amancio Miranda y otros relatores costumbristas.

Es una obra escrita con el corazón, no me equivoco si digo que Víctor ha puesto, en estas narraciones, parte de su vida. No me queda más que pedirle prestadas las palabras al doctor Francisco Javier Carballo, para describir al autor: “… es uno de los que hacen bien, al igual que hace bien un manantial de agua clara en el desierto”.

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