ABCdario / Arroyo de Las Tarabillas


Por Víctor Octavio García

Durante varios años he ido a la leña al arroyo de Las Tarabillas, mucha y buena leña en los rebalses del arroyo de palo blanco, uña de gato, mezquite, teso y palo colorado, los siete kilómetros más o menos que median del camino al Coyote-San Evaristo hasta entroncar con el cañón los he caminado en carro y a pie, así que conozco muy bien la zona, el arroyo en si no tiene nada especial, igual que cualquier arroyo, con la diferencia que donde nace el cañón hay un pequeño ojo de agua dulce que brota del tepetate formando un pequeño charco de agua dulce “aguaje” rodeado de sauces, dátiles, huatamotes, palmas y juncos, cerca del humedal del ojo de agua un frondoso cirguelo del monte, en los alrededores palos blancales; un “aguaje” como le llaman los rancheros donde toman agua reses, bestias, burros, chivas, venados, coyotes, gatos monteses, mapaches, zorras, tejones, babisuris, “liones” (pumas) e incluso borregos cimarrones, en una ocasión sorprendí una manada de borregos cimarrones tomando agua.

En una de las laderas que da al arroyo hay un baldío, como que años atrás existió un rancho, sobre el baldío matas de vinorama, zona de difícil acceso, por el arroyo hacia abajo en dirección a la playa del mismo nombre, como dos o tres kilómetros del “aguaje” sobre el mismo arroyo que hace curva al topar con un tepetate, en una área no mayor de seis metros cuadrados, una serie de pequeños pozos excavados por animales de todo tipo para sacar agua, increíble cómo el olfato, instinto o intuición detectan el agua que corre subterráneamente y la encuentran a no más de 10 o 15 cm de profundidad, en ese pequeñísimo espacio del arroyo entre la arena negruzca –como las “playas negras” de Santa Rosalía– animales salvajes sacian su sed; he observado detenidamente la zona –hace varios años que no la visitó– me he topado con “juellas” de distintos animales y los “escarbateaderos” que dejan, muchas palomas pitahayeras en los alrededores.

Mi espíritu de explorador y aventurero me han llevado a conocer lugares impensables; antes según me han confiado gente mayor de San Juan de La Costa, el arroyo era muy transitado por rancheros que bajaban de la sierra trayendo sus productos –carne seca, frutas y quesos– a San Juan de La Costa y de allí a “canalete” (remo) a La Paz, donde vendían o entregaban sus productos, hoy no se ve ningún rancho en kilómetros a la redonda, e incluso Rofomex instaló plumas sobre la brecha para que no se transite nadie por allí, así como una serie de letreros donde se prohíbe pasar; kilómetros arroyo abajo, al otro lado del camino que va al Coyote-San Evaristo se encuentra la playa del mismo nombre, una preciosa playa que forma una pequeña ensenada en la que he estado “acampado” varias veces, la última vez que “acampamos” hace cosa de tres años quedándonos de un día para otro pescando cochitos, cabrillas sarteneras, chopas, pargos, pulpos y uno que otro pez “juerte”, en esa ocasión íbamos Raúl Zuñiga, Enrique Beltrán, Yayo Geraldo y un servidor, la pasamos muy a gusto comiendo ceviche, aguachile y chopas asadas en la sombra de una vieja y fuerte ramada levantada entre el tepetate, cerca de la playa.

Varias veces nos hemos topado con venados en pleno arroyo, desde uno hasta seis animales juntos, la mayor parte del arroyo está enmontado de uñas de gato, mezquites, palo blancos, palo de arco, vinoramas etc., zona con mucha actividad cinegética, como está al pie de la sierra no deja de ser cruce de animales, y como hay agua dulce casi todo el año razón de más, en tiempo de lluvias el cañón adquiere otra tonalidad, el aire fresco que corre sobre el cañón, el verdor de los palo blancales, mezquites y uñas de gato le dan una connotación especial, como muchos oasis que existen en BCS; el tipo de monte, la conformación de la tierra e incluso la ubicación de la zona contrastan con el medio árido y reseco imprimiéndole una especie de magia que seduce y cautiva, magia de la que no pudieron sustraerse los misioneros ni los piratas que convirtieron la tierra en las Sergas de Esplandián de Garci Rodríguez de Montalvo en la california de ayer, hoy y siempre. ¡Qué tal!.

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