¡Que van a cerrar las minas!

Así, con signos de admiración, titula su obra reciente Rubén Veytia Taylor, libro en el que consigna una serie de entrevistas con personajes «tipo» de una población minera de Sudcalifornia o de otro sitio del planeta en el que la minería haya sido fuente importante de empleo. No se necesitan grandes esfuerzos de imaginación para concluir que el pueblo de sus afanes es una fusión de El Triunfo y San Antonio, dos comunidades que fueron explotadas por compañías extranjeras que rascaron sus entrañas durante siglos, hasta que la extracción del oro y la plata dejó de ser negocio y abandonaron los socavones a la minería de susbsistencia, esa que aún realizan los «poquiteros», que en su apelativo llevan la carga de miseria que los acompaña.

Desde la antiguedad, las técnicas de explotación de los yacimientos de metales preciosos siguen siendo en esencia las mismas: extracción de grandes cantidades de material, molido, lavado y fundido, aunque en cada siglo se le han incorporado refinamientos aparejados al desarrollo científico y tecnológico.

En los territorios montañosos de Sudcalifornia hay minerales preciosos que por su dificultad de extracción requieren grandes inversiones de capital que sólo las grandes compañias mineras transnacionales están dispuestas a arriesgar. Quizá por ello, cuando deciden arrasar una zona con sus equipos, requieren de la complacencia de los gobiernos locales, que no deben, a su juicio, exigir demasiado respeto por la ecología del entorno ni por los derechos laborales y humanos de los trabajadores. «Traemos empleo a unas comunidades que mueren de necesidad desde hace siglos; no pidan demasiado», es su justificación y su divisa.

Canadá (un país que, como Suiza, está también por encima de toda sospecha), nos ha hecho el favor de comprar (no sabemos a qué precio) al gobierno federal concesiones de explotación minera en el sur de la península. El gobierno santurrón de Felipe Calderón les hizo también el favor de otorgarlas, pero aquí han tenido dificultades (las mineras) para iniciar sus trabajos debido a la oposición de grupos ambientalistas que advierten sobre los peligros del envenenamiento de los mantos acuíferos con cianuro, amén de otros modos de contaminación: polvo, ruido, mayor desertificación, amenaza a flora y fauna endémicas… «Agua vale más que oro», sintetizan.

Volvamos al libro del profesor Veytia Taylor. En entrevistas ideales a habitantes del pueblo, el autor recupera los argumentos que los apoyadores de la minería a cielo abierto han esgrimido para justificar su actividad, siempre con el argumento fundamental: la creación de empleos, que en el caso de San Antonio-El Triunfo es de importancia vital, pues son dos comunidades semifantasmales que desde el siglo pasado claman por fuentes de vida. Así lo expresan el tendero, el ingeniero, el campesino… Todos (incluido el autor) sacan en el libro sus vivencias a refrescar, preocupados sobre todas las cosas por el empleo y desarrollo social que la minería trae.

La minería es una actividad sin la cual el desarrollo de la sociedad es inviable; como una industria positiva, necesaria, no podemos prescindir de ella; pero ¿vale la pena esta otra minería con adjetivos que pone en peligro el ambiente envenenando la tierra con cianuro para extraer de ella unos kilos de oro?

En Cachanía, Guerrero Negro y San Marcos las compañias mineras siguen llevándose el cobre, la sal, el yeso, sin que sus poblaciones protesten por agresiones al entorno. Tienen trabajo. En El Triunfo-SanAntonio y sus alrededores las compañias canadienses pretenden retomar la estafeta que los franceses e ingleses abandonaron, previa depredación. Prometen empleos, desarrollo. ¿Vale la pena arriesgar el ambiente para comprobarlo? Es indudable que el libro de Vieytia aboga por el sí, condolido de la suerte perra que atenaza a los habitantes de antiguos «reales», hoy sumidos en la desesperanza porque no hay fuentes de trabajo y porque a estos gobiernos «en sus tres niveles» les vale madre el presente y el futuro de poblaciones centenarias, que se mueren.

Es indudable que al autor no lo «apoyan» las mineras canadienses para que tire una edición de cien ejemplares, pero en sus páginas bienintencionadas corta parejo y caracteriza a quienes se oponen a la minería tóxica como seudoecologistas, enemigos del progreso y, de paso, de Sudcalifornia, sin analizar así sea someramente la actuación de las transnacionales mineras de Canadá en el resto del país y del planeta. Será que su preocupación por la penuria de nuestros pueblos no le permite ser imparcial. ¿Habrá quién se atreva a acusarlo por ello?