Los piratas vienen de lejos

“Los piratas vienen de lejos…” –lee con voz grave el Parara, ambos codos sobre el filo de la hielera madre, en Los 7 pilares, ese antro de perdición, buenos tragos, rumores varios y excelente conversación, en el que se reúnen de vez en diario los descamisados, los cabecitas negras, los desempleados, los multichambas y la feriecita similar y conexa que constituye lo mejor de cada casa en el puerto, según afirman los más reputados antropólogos sociales egresados de la UBCS.

Como todos los miércoles a esta hora, además del trasiego de forjadas, la lectura grupal ocupa la atención del infelizaje. Al término de la lectura, la palomilla opinará, interrogará al Parara (guardián de las tradiciones en la isla), a Carambuyo Bill (sujeto viajado y leído, con residencia en las tres Californias, poeta en sus ratos libres y defensor de las peores causas habidas y por haber) y podrá pedir opinión al Viejo Chamán yaqui, un flaco renegrido, arrugado y peliblanco que ha vivido tantos años, que ha empezado a olvidar ya su primer desembarco en la California, acompañando al padrecito Salvatierra, allá en el Conchó que lueguito sería Loreto. ¿Será?

–¿Y por qué vienen de lejos los piratas? –quiere saber el Bolas, joven inquisitivo pero imprudente de El Calandrio y orgullo de su universidá.

— ¿Es novela de espadazos y corretizas playanas, como esa del Caribe que vimos en el cine, con el joni dep mentado?—pregunta la Doñita, ama de casa tan inocente como ignorante de los meneos literarios en boga.

El Parara interrumpe la lectura que apenas ha iniciado para explicar a su grey que ésta es la primera novela de Keith Ross, un escritor excelentemente dotado para aperingar al lector y zambutirlo durante dos horas en la atmósfera helada de una Inglaterra tan lejana a nosotros, como la nieve que no sea de limón o fresa. Aclara a la raza reunida que no, que no es de piratas la novela; pero que sí, que hay piratas en el libro que viajan de un continente a otro “para alejarse de todo, hasta de uno mismo” y que, tal vez, se alejan “para reencontrarse”. Le dice a la tribu que, en la novela, un aventurero viaja al pasado, a un Warrington-Comala en el que una vieja carta ajena le hubo dicho que allí vivía su padre, un tipo que “era posible que estuviese por ahí, en algún lugar escondido, viéndome, preguntándome desde su condición de muerto, de espíritu, de ardilla melancólica, de lo que sea, qué hacía ahí, que motivo me había llevado hasta la calle Amelia y en plena tormenta”.

–Keith Ross no sólo nos hace padecer el gélido clima de la Inglaterra. También retrata con tino la frialdad (para nosotros agresiva), de los ingleses atrincherados en sus casas, a las que no puedes llegar sin cita previa, como me sucedió una vez. –presume  Carambuyo Bill, haciendo saber que ya ha leído la novela… y que conoce aquella islota. Cómo de que no.

Antes de regresar a la lectura, el Parara explica a la perrada –ya de plano enganchada en el libro—que  el novelista cuenta la historia desde dos puntos de vista: dos tiempos históricos que van intercalándose: una primera persona narradora nos dice que “Apenas abrieron la escotilla, el viento helado me recordó que estaba lejos de casa. Afuera nevaba y era la primera vez que veía tal espectáculo tantas veces observado en películas y en estampas navideñas”. Y hay –afirma el Parara–Una tercera persona narradora que cuenta lo suyo con la voz del autor, un tipo que todo lo sabe, pero que permanece velado, inadvertido por la credibilidad cómplice: “Se sintió ridículo, estúpido. Había tenido sexo con una mujer y no sentía el orgullo que siempre creyó que experimentaría.  Lo mejor era no detenerse más en eso, salir a desayunar y dirigirse al taller del gordo Nemiroff para que el trabajo lo distrajera lo suficiente”.

–Aclaremos, –subraya el Parara— si hay entre nosotros algún lector chollero que le dé alferecía con los novelistas que no se vienen con los coromuelitos, las ciruelas de El Mogote y las leyendas locales, que ni se le ocurra quedarse. En esta lectura no encontrará los abordajes piratas a sangre y fuego sobre la Nao de la China desde el cabo falso de Cabo San Lucas; hallará apenas reflexiones como: “…aunque no éramos tan jóvenes para esas anécdotas, vivíamos en un vértigo que no me dejaba pensar bien. La juventud se ha convertido en uno de los grandes pretextos  de la humanidad: los jóvenes pueden equivocarse cuantas veces lo deseen y, al dar la media vuelta, culpar a la juventud, la sangre que hierve fácilmente, a la conciencia volátil que los abandona para irse de paseo con los pulsos acelerados del corazón”.

–Bueno, pues, ¿y la lectura, maese?—exige el Juntabotes, millonario que cotiza las ganancias de su aluminio en la Bolsa de Valores pero que, tal vez por honrado, no ha sido mencionado en los Panama Papers.

El Parara –tras beber de su forjada y eructar ruidoso, como es debido—vuelve  a iniciar la novela desde el principio, como es debido: “Apenas abrieron la escotilla, el viento helado me recordó que estaba lejos de casa. Afuera nevaba y…”