De voces castrenses y mudanzas

«¡Que nadie se mueva… engarrótenseme ai!»

La voz de pito sacude los tímpanos de la tribu reunida en Los 7 pilares y todos a una voltean a la entrada, donde un chaparrín uniformado a lo Tormenta del Desierto, con una pistola agarrada con ambas manos apunta en círculos, mientras avanza con las rodillas flexionadas, igualito a como lo hacen los actores gringos en las series de tele. Los engarrotados por la sorpresa se relajan y vuelven cada cuál a lo suyo –que es beber, fumar y hablar mal del gobierno– sin pelar al que los interpela de manera tan áspera.

–¡Peeelotoooón… preparen arms! –ordena ahora el pringajo aquél, y una decena de uniformados entran montando cartucho y pateando con fuerza el aserrín del antro, para encañonar a la perrada que, ahora sí, se ha quedado ex-pectante y sorprendeja ante lo joligudesco del acto.

–¡Quién es aquí el jefe! –inquiere con su voz de chiflo, el de la pistola.

— Pues tenemos varios –responde calmada la Doñita, que fraterniza en este momento con Carambuyo Bill, viajero y poeta con historia en las tres Californias–: El patrón de este antro es el Ultramarinero, aquí tras la barra; el hombre de respeto es el Viejo Chamán yaqui, sentado en este tronco de colorín a su izquierda, y el guardián de las tradi-ciones y gurú del infelizaje es el Parara, que filosofa en estos momentos con su alter ego allá, en el cuarto pilar de la ramada. Usted dirá con cuál de ellos desea dialogar.

–Acércate, mijo, y platiquemos; pero primero guarda el arma, que todas son peligrosas para La Paz –gruñe, ronronea con voz de piedras rodantes el Viejo Chamán–. A ver a ver a ver… métetela en la pistolera… mírame a los ojos y pon atención… No me interrumpas, mírame bien, así, así, ponle el seguro, guárdatela y ordena a tus hombres que descansen, porque han llegado a un altar tranquilo… Así, muchachos, bajen sus fusiles. Palomilla: Bríndenles de su forjada a estos ciudadanos que hoy vienen uniformados pero que son también pueblo, como nosotros. Tú, mijo, llégale a este churro que acabo de prender, y háblame de tus cosas… Te pegaba tu padre cuando eras chamaco, y cuando te soltaba te agarraban tus hermanos mayores… en la escuela te hacían ver tu suerte con abusos y bromas acerca de tu estatura y aspecto (que dista mucho del de Rambo, la verdad sea dicha) por eso te metiste al Colegio Militar y ahora te das vuelo humillando civiles, ¿no? Pero qué necesidad hay de eso, si todos somos hermanos, ciudadanos del mundo y todo lo demás. Chúpale pues… así, suavecito que es de los dos. Aquí en Los 7 pilares somos pacíficos y querendones… Si allá afuera (en Ciudad Victoria, Culiacán o el malecón) los carteles se andan dando de madrazos, acá en este templo de libaciones la llevamos tranquila… Y a propósito, ¿a qué entraste, mijo? ¿Te malinformaron de que aquí era una narcotiendita, o qué onda? Por la cara que pones, supongo que ya se te olvidó. Dicen que ése es un efecto colateral de la grifa. Te voy a contar algo que me sucedió allá por el año del Señor de 1740: veníamos de hacer la travesía del tornaviaje desde Cebú, en las Filipinas, embarcados en la Nao, con Andrés de Urdaneta como piloto mayor, cuando nos agarró una turbonada enfrentito de la isla de Cedros… las mares se levantaban como montañas a estribor y había que enfrentarlas con la quilla, porque si te dan de través, hasta ahí llegas… Y pues resulta que Urdaneta llevaba tres días sin pegar ojo, atento al oleaje y al timón, y yo me dije: Yaqui, ofrécele un porro al padrecito piloto, que buena falta le está haciendo… hubieras visto cómo –tras persignarse varias veces– se le prendió al cáñamo y…

Dicen que el pelotón que ingresó esa tarde a Los 7 Pilares salió a la madrugada siguiente con una flor de carambuyo ondeando en el ánima de cada fusil de asalto. Dicen también que el subteniente que los comandaba abandonó ya el Ejército y se la vive en el aguaje. Seguramente por influencia del Viejo Chamán, dejó la vocecita de pito que lo identificaba con Francisco Franco, y ahora habla con una voz que recuerda el zumbido del moscorrón palmero. Mudarse por mejorarse, cómo no.