De violencia y soluciones

Si hay alguien  tranquilo, alivianado y tolerante en este altar báquico que se hace llamar Los 7 pilares, ése es el Viejo Chamán yaqui. La tropilla de matacuaces, pelafustanes, maitros de media cuchara, ganapanes, destripaterrones y raza variopinta, miembros todos de la canalla y el infelizaje porteño lo tienen en alta estima. Cómo no, si es fama que el anciano de la Pimería ha vivido tantos años y tan variadas situaciones que –cuando es consultado por consejo– lo otorga sin cobrar honorarios (si acaso, una forjada, o varias, según el sapo solicitante). Aseguran (y él no lo niega) que estuvo en la toma de La Bastilla y en varios otros episodios de una francesa revolución a la que hubo llegado como polizón en la nave velera que en el siglo XVIII llevó a los curas jesuitas de regreso a Europa. Sus dotes de mago y brujo tribal, aunadas a la adopción permanente y en todas las situaciones de un bajo perfil, le han permitido sobrevivir a tantos peligros como arrugas tiene su cuero retinto. Los saltos cuánticos (por tensigridad, dice el viejo) lo transportan de continentes y de siglos, a voluntad. Su francofilia se agrietó tras la muerte de Robespierre y Marat, y casi tronó cuando un tenientillo corso al que servía se coronó, pero ha vuelto esporádicamente al combate parisino en Las Barricadas, con los maquíes que enfrentaron la ocupación alemana de la Segunda Guerra y hasta acompañando a los estudiantes desmadrosos del Mayo sesentero que lanzaron adoquines y frases chingativas a la burguesía gala. Antes flechó pelones federales en la resitencia yaqui a las ruindades porfiristas y huertistas, y hay quienes dicen haberlo visto escapar sigiloso de una plaza tlaltelolca protegiendo a dos muchachas heridas, un día de octubre del 68.

Desde entonces vive por acá, en Los 7 pilares, rumiando recuerdos malos y buenos, y bebiendo los caldos amargos y espumosos que el resto de sus camaradas le disparan, solidarios y respetuosos ante el pedigrí del brujo. Afirma estar hasta las agallas de la violencia, «porque nada resuelve», pero estima que los mexicanos estamos en el borde de una nueva hecatombe. «A la impunidad, la injusticia, el cinismo bárbaro de la clase política toda, agréguenle el hambre de millones frente a la riqueza desmedida de unos cuántos, y ahí tienen los ingredientes para una revolución más violenta, más cruenta que todas las anteriores, juntas».

El Parara, El Juntabotes, Carambuyo Bill, La Doñita, El Bolas y toda la banda de lombricientos que lo escuchan reverentes en Los 7 pilares le preguntan:  ¿Y ora? ¿Cuál es la solución a nuestros infortunios, Chamán?  ¿La democracia está jodida, como los partidos? ¿Buscamos un candidato independiente, como El Bronco, para las elecciones que vienen? ¿Empezamos a comprarles armas automáticas y-de-u-soex-clu-si-vo-del-e-jér-ci-to a los gringos? ¿Formamos grupos de autodefensa como el doctor Mireles? ¿Rescatamos al Chapo para que nos cave un túnel hacia otra realidad? ¿Cómo ve? ¿Qué aconseja?

El Viejo Chamán yaqui no se inmuta. Con ademán lento y estudiado mete su garra derecha en el macuto de cuero que siempre lo acompaña y saca una bolsota transparente conteniendo un vegetal verde alparecermariguana. Forja con amor un carrujo descomunal que enciende con fósforo grandote de los de antes, y tras darle una chupada profunda, interminable, lo tiende sonriente y pícaro a la masa de preguntones, diciéndoles con voz apagada por el aire contenido: «No le crean a Peñanieto; lléguenle».