De sudcalifornidad y gringaderas

Ya pasó la calor. El monte empieza a adquirir tonos amarillentos y el otoño quiere hacerse sentir en la isla, aunque los mosquitos del dengue y el chicongunya no se hayan dado por enterados: traen lázaros a la perrada que se reúne a diario en Los 7 pilares, aguaje de lo más sórdido y mísero en el puerto, pero afamado en el Pacífico por el nivel de las discusiones que ahí se arman, regadas siempre con amargos caldos forjados por el Ultramarinero, oficiante de este templo de Baco que sabe lo suyo: forjar amoroso, destapar armonioso y entregar presuroso la ampolla opalina a cada parroquiano, y callar. Es El Parara quien esta tarde discurre con cierto resquemor acerca de la tierra ésta, sus pobladores, sus valores y sus defectos, que son uno que otro:

 

— Somos, los sudcalifornianos, muy dados a la doliente queja: que si los gringos nos avasallan; que si se quieren quedar con lo mejor de estas tierras; que si ponen cerco a nuestras playas; que si se casan con nuestras mujeres; que si esto y que si lo otro. Pero poco hacemos por mantenerlos alejados de nuestras propiedades. Al contrario, les vendemos los oasis, las playas, los ranchos con agua en las faldas de La Giganta, Guadalupe, San Francisco… Mulegé, ya es de ellos; Los Barriles, igual; Todos Santos y El Pescadero, están por perderse; de Cabo San Lucas y San José va a estar difícil que los saquemos…  Habráse visto: los ejidatarios, señores, aquellos a los que la revolución les dio la tierra, venden su pedazo de playa a los extranjeros, desde San Juanico en el océano hasta la bahía Concepción en el golfo. Qué tragedia. Qué iniquidad. Campesinos traidores a su estirpe. Pero todavía estamos a tiempo de evitar que, como hicieron con la Alta, los rubios vecinos se queden con estos, los territorios de la Antigua California que se salvaron durante la guerra del 47. Ya basta. No le vendamos la tierra a nadie, no señor.

 

— ¿Y de qué van a vivir nuestros rancheros, maese? El paisaje no alimenta –dice con bastante autoridad Carambuyo Bill, hombre de fronteras, viajado, perspicaz, con obra poética publicada en las tres californias… un tipazo, en síntesis.

 

— Se me hace –argumenta el filósofo de barrio– que tendremos que volver a los orígenes: cultivar la tierra, criar ganadito, pescar, arañar los pedregales para sacarles algún mineral, quebrar chuniques, secar orejones, cortar hojas de palma; tejer petates de carrizo; pizcar pitayas; trabar palodearco; talabartear cueros de res; cultivar las salinas y –también, cómo no– venderles a los turistas el paisaje de mar y desierto, pero no la tierra; no las aguas; no a nuestras hijas…

 

La diatriba-argumentación del guardián de la tradición chollera ha caído en terreno fértil. Avergonzados por el comportamiento insensato de la paisanada originaria de estas resequedades, la palomilla se queda silenciosa, meditando, sopesando la carga culposa que enfrenta la sudcalifornidad de los bien nacidos, cuando entra a la ramada El Bolas, joven insensible de El Calandrio pero Orgullo de su Universidá, dando voces:

 

— Palomillaaa: tengo un terrenito con agua de lloradero por el rumbo de Los Inocentes, más allá de los Filos. Y ya lo tengo forseil. Quién quita se arrima un gabacho y se lo vendo pa comprarme en Tijuana un Toyotón llantudo, veocho, doble traición, estándar, quemacocos, vidrios polarizados, asientos de cubo, sonido estéreo, bocinones y con aire incondicional, a toa madre… Tú que sabes inglés, Carambuyo: ¿me ayudas a feriarlo? Ya sabes: comisión, y la chingá.

 

Todos ven al Bolas y luego al Parara, y como Fuenteovejuna (todos a una), beben de la forjada y luego agachan la cerviz. Así cómo. Queverga. No tiene caso.