De seudoparadojas y entretenciones

Cuando aquel joven biólogo termina de leer las paradojas de Galeano, esas que desnudan al hombre moderno y dejan al capitalismo salvaje en cueros, los descamisados que forman su público en el antro se le quedan viendo como con ganas de ¿y qué más?, por lo que el militante ecologista debe encararles:

—Ahora les toca a ustedes elaborar algunas paradojas, pero locales –reta.

El infelizaje reunido en aquel aguaje mísero, centro de disipación corpórea, de refocile intelectual y de masturbación anímica se queda estático, tieso, mudo, y el joven científico del CIBNOR, la UABCS y Los 7 Pilares ha de animarlos con una:

—“La sal que produce Guerrero Negro tiene miles de aplicaciones industriales; pero en Sudcalifornia no hay industria que la aproveche”.

Las guturaciones, quejidos y siseos de aceptación se enroscan en los pilares de la ramada, pero nadie se anima a seguirle la onda al universitario, que ya encarrerado se sigue con otra:

—“En Sudcalifornia casi todo mundo sabe leer y escribir; pero, salvo la UABCS y el Instituto de Cultura, no hay quién edite libros.”. ¿No resulta esto paradójico? –pregunta.

—“Tenemos miles de kilómetros de litoral en los dos mares más ricos del planeta; pero nuestros cultivos de peces, crustáceos y moluscos no pintan, no dan color” –arriesga El Bolas, joven arrojado de El calandrio.

—“Los sudcas” –interviene El Parara— “presumen de revolucionarios (institucionales o democráticos); pero producen políticos tan reaccionarios que hasta miedo dan”. ¿Es o no es? –pregunta al pobrerío y al ecologista que vino a calentarlos con el jueguito de hilvanar contrarios.

— No, pues sí—concede La Doñita—. Y a ver ésta: “Suponemos vivir en el Paraíso; pero nuestra tasa de suicidios es altísima, similar a la de Cuba (otro Paraíso)”. ¿Cómo entender tal absurdo?

— “Cuando un sudca muere y llega al Infierno (¿a dónde más?) solicita cobija” –afirma Carambuyo Bill, hombre de fronteras— “así de calientitos son sus veranos; pero la CFE le niega tarifas eléctricas protectoras”. ¿Cómo ven?

— Esa no es paradoja; son chingaderas –afirma El Bolas—. Pero ahí les va ésta: “Hija de la navegación y la aventura, la Antigua California pare sujetos que viven de espaldas al mar que los nutrió: no hay entre sus hijos navegantes”.

El cruel mensaje del prohombre de El Calandrio hace que el peladaje que se vara a diario por el clandestino aguaje vuelva a las andadas: con cara agria, todos vuelven al mutismo y a la reflexión amarga sobre un pasado al que traicionan, un presente que los atenaza y un futuro que los horroriza.

Menuda bronca existencial.