De retenes, derechos y diálogo

A la llegadita a Todos Santos, el uniformado detiene en el retén el picap destartalado que conduce El Bolas, joven arrojado de El Calandrio y Orgullo de su Universidá.

–¿A dónde, jovenazo?

–Aquí nomás, a un paraje cerquitas de Todosdiablos.

–¿Negocios, o placer?

–Obligación nomás, camarada. ¿Y usté, amigo, de qué la gira?

–Pues aquí, ya ve, molestándolo…

–Nombre, no es molestia… apenas es una violación a mi derecho a circular por donde se me hinche, sin dar razón a nadien, como mandata la Constitución.

–¡Ahdió! No me diga que está encabritado. Pero si apenas íbamos empezando, hijín. No le he pedido todavía que me informe a qué se dedica, cuánto gana, dónde tiene el negocio, si tiene ahorritos, y, lo más importante: a dónde lleva a estas señoritas que lo acompañan.

–¿Mis primas? Las llevo a que ayuden a hacer tortillas en el rancho. Vamos a hincarle el diente a un becerro de año, a las brasas… ¿Cómo ve? ¿Gusta?

— No, pues de gustar, gusto; pero el deber me tiene aquí. Y volviendo al tema: sus «primas» ¿tienen un modo honesto de vivir?

–¡Quiobo, quiobo! Por muncho menos que eso me he agarrado a chingazos, teniente.

— Cabo.

–¿Como el Cabo Fierro?

–¿Quién es ése?

–Era. Un federal (como usté), y fuereño (como usté), que despreció el valor californiano, un 15 de mayo, allá en La Ribera, por cierto donde quedó.

–Pues no sé aquél, pero éste su servidor nuncamente se ha arrugado ante amenaza alguna… así que usted dice si se resiste a la autoridad y me lo llevo preso, o responde a mi amable interrogatorio y luego sigue su camino.

–Su argumentación me ha convencido, señor autoridá, (sobre todo porque está respaldada por el mosquetón prieto que no ha dejado usté de manosiar en mis narices), aunque debo recordarle que en virtú de que el ejército federal no puede, no debe ejercer funciones de polecía (que como ya le espliqué, es asunto y ocupación de ceviles), así es de que apelo a su patriotismo para que renuncie a violentar mis derechos (y los de mis primas), y me deje pasar a cumplir con las obligaciones propias de mi sexo, sin más retobos ni alegaciones, que ya hemos perdido (mis primas y yo) un tiempo precioso; ellas para tortiar las de harina y yo para degollar y carniar el susodicho becerrón de año.

–Lo siento. Cumplo órdenes.

–Sí pues, como los soldados que reventaban judíos, comunistas, gitanos y demás perrada, allá por la gran guerra; o como los que (también) cumplieron órdenes y no hicieron nada por defender a los 43 de Ayotzinapa, cuando los iban a matar los narcopolecías, o como/

–Ya, ya, ya… lárguese en caliente, órale.

— Nooo, ahora me va escuchar, cabroncito, porque me falta todavía reclamar lo de Tlatelolco, lo del estudiante todosanteño que masacraron en el Tec de Monterrey, los asesinados en Tamaulipas, y/

El metálico, inconfundible, pavoroso sonido del corte de cartucho del mosquetón y el llorido histérico de las primas hacen que El Orgullo de El Calandrio y de su Universidá meta el tenis hasta el fondo y salga quemando llanta del retén, ese que está (otra vez) a la mera llegadita a Todos Santos, Todosdiablos, TreSantos o como se llame.

Qué puntadas éstas, las de andar reclamando derechos inexistentes y de meter el dedo en llagas viejas, olvidadas, pues. Que viva México.