De represión y solidaridad

En Los 7 Pilares  no hay boruca ni guasanga ni música en la rocola. La tribu de malvivientes, matacuaces, pelafustanes, teporochos, macuarros de medio tiempo y vagos de toda la vida observan con atención a un ruco moreno y arrugadón que se ha arrimado a la barra de mezquite del más libertario de los aguajes a capotear  la calor reinante, la inquina del  panismo también reinante, y a soltar presión:

“Cuando era joven, allá por los sesenta, protesté contra el gobierno de Díaz Ordaz  por las salvajadas con las que él y Echeverría –su secretario de Gobernación—enfrentaron a los estudiantes que exigíamos democracia, justicia, libertad. Nos respondieron con mayor brutalidad y muertes, aquel 2 de octubre que nadie olvida, y los años que siguieron. Aquellas protestas juveniles no fueron en vano, porque marcaron el principio del fin de un modo primitivo de hacer política, cuyos frutos alcancé a ver: elecciones vigiladas por un ente ciudadano, alternancia en el poder, mayor libertad  de prensa… Pero cuarenta años después, parecería que regresamos a aquella barbarie: hay regiones del país en las que el narco controla y cogobierna; el número de ejecutados aumenta cada día; tenemos el primer lugar mundial en muertes de periodistas; la miseria sigue golpeando a millones; los pueblos indígenas son tratados como subhumanos; la clase política es más numerosa que en los años sesenta y es todavía más rapaz; los partidos políticos son franquicias que paren millonarios; las elecciones son un circo. Aquí, en esta isla antes pacífica, la violencia nos trae juidos y la justicia sirve a los poderosos, como antes. Mi hijo es abogado en Todos Santos, aquí, tras lomita. Defiende a pescadores de las insidias de una compañía extranjera. Está en la cárcel, pero ya dijo el gobernador-juzgador que “no es preso político”.  Alguien me ha confiado que el socio mexicano de la compañía gringa es un chaparrito que fue presidente y que viene muy seguido a Los Cabos; que él es el artífice de toda esta intriga que mantendrá a mi retoño en la cárcel. ¿Se irá a hacer justicia alguna vez?”

Los integrantes de la perrada que frecuenta el ágora más permisiva del Pacífico  –desde el alaskano Anchorage hasta el chileno Puerto Mont— nomás  agachan la cabeza ante la retórica del viejón. ¿Quién sabe? –se habrán de preguntar— Quién quita y salga por ahí un juez decente que le otorgue un amparo y salga a defenderse.  La división de poderes, tú sabes. Ora que capaz que los pescadores todosanteños, indignados y solidarios, se plantan en Palacio y el Picore cambia de actitud  y hasta los defiende de las asechanzas transnacionales.  Se me hace que…

Todos en el aguaje semiclandestino se acercan al compungido moreno éste y lo  consuelan, le dan a beber de sus forjadas, le palmean los lomos, le hacen carantoñas, compasivos, y le prometen que van a apoyar a su cachorro y a los pescadores y todo lo demás. Cooómo de que no.