De perradas y cuernoechivos

«Estaba yo muy reagusto y la chingá en la casa, echadote (al modo) en el colchón, rascándome los pensamientos y tratando de urdir algún modo de sacar para la chuleta del día, cuando se aparece la dueña de mis afanes diciéndome que en la puerta está un maitro rezongando que si mi perra, que le mordió el tobillo y que la rabia y que está asustado y que mi chucha es una amenaza pal barrio y que quiere hablar conmigo y que (por las buenas) más me vale salir a dialogar con él porque tiene un primo que trabaja en el Ayuntamiento, y que ni se me ocurra sacarle la vuelta a mi responsabilidá porque el que tiene perro debe responder cuando el can hace de las suyas, o sea perradas, como la que la Rumba (así se llama mi perra) acaba de hacerle a él en el tobillo y que si esto y que si lotro y qué sé yo…»

Con esta larga disertación se arranca el Bolas (joven enjundioso de El Calandrio y orgullo de su universidá) esta tardecita medio nubladona en Los 7 Pilares. La caterva de rufianes, teporochos, catarrines y subempleados que ahí se la viven, paran oreja al monólogo del Bolas, pues hay tan pocas novedades que comentar en los periódicos locales que hasta las aventuras hogareñas del universitario podrían interesar a un público harto ya de las desventuras y cero medallas de la raza en Río o de los trastupijes de los políticos en Veracruz, Puebla, Los Pinos y demás.

«Como estaba yo en truzas, nomás saqué la cabeza por la puerta entreabierta y le dije al maitro ¿quihubo?…

¡Cómo que quihubo! — respondió embravecido– ¿Se te hace que hubo poco, cuando tu pinchi perra casi me arranca la canilla? Mira nomás — gruñó levantándose la pernera y mostrándome un rasponcito sobre el talón– Vas a tener que pagarme los gastos de hospital, medicinas, transporte, sustazo y daño moral, para que aprendas a controlar a tus animales, ¡pedazo de cagada..!

«Ya no quise escuchar más; le cerré la puerta en las narices y me fui a dialogar con mi dueña: ¿Qué hacemos, vieja — le dije– el maitro está muy encabritado, y pues dinero no tenemos… Se me hace que voy a tener que entregarle el cuernoechivo de plástico que le trajo Santiclós al Jonatán; quién quita y le gusta pa su cachorro, se lo lleva y deja ya de joder… al fin que la Rumba ni sangre le sacó al muy cabrón… Y dicho y hecho: agarré el juguete, lo embracé y abrí la puerta de sopetón, porque el compa aquél ya la estaba pateando. Como si hubiera visto al mismísimo Moñoño de los infiernos, al maitro se le doblaron las piernitas y cayó al chingadazo de rodillas. Dos lagrimones le empezaron a rodar por los cachetes y me dijo haciendo pucheros: ¡Por su madrecita santa, Jefecito!, le juro que la perrita ni daño me hizo…  es más: ahí le dejo una contribución pa las croquetas del animalito… Sacó el hombrete aquél un puño arrugado de billetes de a veinte de la bolsa y me los ofreció a dos manos, tembloroso. Luego se incorporó con dificultad y, sobre piernas tembeleques, se arrancó culebreando rumbo al cerro Atravesado. No se le ha vuelto a ver por El Calandrio. Ese día, cuando menos, el problema de la chuleta quedó resuelto, y sin salir a buscarla… ¿Cómo la ven, palomilla?» El de las armas deusoexclusivodelejército es asunto serio; por eso nadie sonríe en Los 7 pilares.