De pérdida y lamento

“Habrá que decirle adiós a nuestro lenguaje común, ese medio de expresión que los californios del desierto utilizaron durante siglos para comunicarse con sus pares, desde los rumbos de El Arco (cuando Guerrero Negro no pintaba en aquellos salitrales) Malarrimo y Punta Eugenia, hasta Migriño y el Cabo Falso, donde la tierra se va a pique en el Pacífico. Habrá que decirle bye o ciao y pueque hasta sayonara al slang chollero, dada la globalización que se dejó venir para acabar con las fronteras lingüísticas y arrasar parejo, sin dejar bolsones culturales que habían resistido las embestidas de una modernidad chilanga que se dejaba oír en la XEW y se dejaba ver en las películas del Indio Fernández o Cantinflas, pero que se abrieron, fueron derrotados por la omnipresente tele con Adal ramones, los reality show, Brozo y las telenovelas y la Internet. La homogeneidad aquella, propiciada por el aislamiento geográfico, se habrá terminado en pocos años. Pronto, un viaje de los jóvenes sudcas a través del lenguaje rescatado por Los Huizapoles y Juan Ramos de los casi extintos rancheros y pescadores, será el viaje por un país desconocido. Nadie sabrá qué significa brotarle a alguien a los cabronazos en medio de la jugada de panguingue o sentir una cierta armonía en la tabla del pescuezo, entre la frezada y la aldilla. A quién podrá importarle en Todos Santos o Santiago que se haya perdido el secreto para cocer el guarapo en los trapiches y cómo dar sabias paletadas en la artesa al melado para que la melcocha vaya poniéndose güera y a punto para la panocha de gajo. Quién quedará para explicarles a los chamacos en Cachanía cómo sobre los chutes descargaban el mineral de cobre los vagones del tren, o los dompes que se dejaban venir con mate o manganeso desde Lucifer. Cuántos chavalos de La Paz o San Lucas sabrán cómo se gobierna una panga celosa con el puro canalete, desde el espejo de popa, sin chumaceras, y cómo se tiende la piola con el robador de tres muertes para la carnada…”

El Viejo Chamán yaqui concluye su larga perorata, su queja sentida, y se enjuaga el reseco gañote con un largo beso a la ambarina. Los habituales en Los 7 Pilares le han seguido el discurso con miradas húmedas de conmiseración y solidaridad, pero no muy convencidos de que el anciano ande en sus trece.

“No podemos andar cargando el pasado como fardo” –pensarán algunos—. “Las costumbres, las tradiciones y el habla característica se van perdiendo en los callejones del presente. Hay que saber decirles adiós” –supondrán otros. Bye bye, ciao, sayonara…   Viva la aldea global. Sí señor. Sí pues.