De pedantería y frecuencias

Cuando la palomilla que frecuenta Los 7 Pilares está más aburrida que un cuico de tránsito en San Ignacio, no falta quién — como hoy– le ponga al Viejo Chamán yaqui en la garra izquierda una botella fría de amargor y le pida que se enchufe a la Internet, para que el brujo entre en frecuencia con lo que sea. Alguien acaba de hacer la petición y colocarle en la zurda una opalina al anciano. De su voz de piedras rodantes sale de inmediato este rollo:

— «Si a los 80 años no estás tullido y gozas de buena salud, si todavía disfrutas una buena caminata y una comida sabrosa, si duermes sin pastillas, si las aves y las flores, las montañas y el mar te siguen inspirando, eres afortunado y deberías arrodillarte en la mañana y en la noche para darle gracias a tu dios por mantenerte en forma. Si no te has quedado culiatornillado en alguna oficina y si te sigue emocionando un buen culo o un magnífico par de tetas; si te hace feliz vivir al día, si puedes perdonar y olvidar y evitar volverte amargado, cascarrabias, resentido y cínico, hombre, ya vas de gane».

La perrada se sorprende ante la desfachatada sabiduría del párrafo que el ViejoChamán encontró al azar en el hiperespacio, y como el anciano no cita fuentes ni da crédito alguno, ha de ser Carambuyo Bill — hombre de letras y de mundo– quien explique a la canalla porteña de dónde sacó el yaqui tal párrafo:

— No puede ser otro que Henry Miller, un escritor gringo que hasta hace poco estuvo prohibido en Estado Unidos por grosero, malvado, obsceno… y comunista, claro. El texto viene en un librito de ensayos al que tituló Al cumplir ochenta, cuando el autor tenía setenta.

Sin transición, el intermediario cibernético cambia de frecuencia, y con la misma voz de moscorrones intoxicados dice:

— «La independencia del intelectual moderno es el resultado de una larga lucha por la libertad de expresión y la búsqueda de la verdad que empezó desde la muerte de Sócrates, cuando una conspiración de mediocres poderosos condenó al mayor filósofo de la antiguedad a beber la cicuta. Esa lucha continúa, no sólo porque la censura política o religiosa prevalece bajo muchas dictaduras, sino porque aun en las sociedades libres del primer mundo, una porción importante de la minoría ilustrada prefiere conservar sus privilegios de casta que ejercer la crítica y la autocrítica».

Cuando el infelizaje porteño busca la jeta de Carambuyo para que los ilustre acerca del autor del párrafo éste, el hombre de fronteras luce sus galas literarias:

— El texto es del Enrique Serna, en un librote al que tituló: Genealogía de la soberbia intelectual, con el que hace garras a los intelectuales mamones que en el mundo han sido, por los estragos que estos pedantes causan en el universo de las letras, la ciencia, la filosofía, las artes…

El Bolas, joven malmodiento de El Calandrio, aburrido de la cháchara que se traen el Chamán y Carambuyo, arrebata la ampolla empapelada de la garra izquierda del brujo y se la coloca en la derecha, propiciando así que — como en aquellas elecciones– se le caiga el sistema al Chamán.

— Mejor cuéntanos una de tus aventuras revolucionarias, Viejón. ¿Es cierto que anduviste en la Toma de La Bastilla, y que conociste al Robespierre mentado y la chingá?

Es más ameno el indio tricentenario cuando abandona las carreteras de la Red Internacional y se lanza a navegar por la mar de sus recuerdos:

— Sí que era cabroncito el Robespié; pero cómo no iba ser, si lo traiban juido y le habían llovido madrazos desde la Iglesia, la Corte, el Ejército, los banqueros… Una vez, mientras nos dejábamos caer en un antro una pipa de opio recién traido de Oriente, me confió que la guillotina le provocaba ñáñaras, porque como que…

Por ahí le sigue la concurrencia, bebiéndole las anécdotas a este anciano que nació en la Pimería pero que luego de andar de pateperro por el mundo recaló en esta isla que está a la diestra de… ya saben, y en Los 7 Pilares, donde dice que se siente a toamadre porque aquí sí que «se halla». Ha de ser.