De partidazos y militancias

El bochorno dejado por los chipichipis recientes flota sobre la isla, el puerto y Los 7 Pilares. La canalla que se reúne al diario en las cercanías de la hielera madre, do oficia El Ultramarinero forjando y destapando heladas ampollas de amargor a su grey, se muestra esta tarde soporífera, con escaso ánimo de discusión o pendencia. Las neuronas no se enlazan; el espíritu rijoso vaga por regiones etéreas, y de la piel de todos emana un vaporcillo agrio que en nada ayuda a la cohesión y a la chorcha gregaria de siempre. Lejecitos, El Juntabotes está clavado en su laptop color plata realizando transacciones en línea con Wall Street, mientras allá, bajo el amparo de su pilar favorito y sobre el tronco de colorín, el Viejo Chamán yaqui ha entrado en trance para viajar por otros mundos, otros tiempos menos calamitosos. En otro rincón, junto al cuarto pilar, El Parara medita acerca de la inexistencia de Ética en las acciones de la clase política que gobierna la isla (y el país); La Doñita hace cuentas, por allá, de cómo lograr que dos salarios mínimos le alcancen para comprar un galón de leche y una docena de huevos para su tribu numerosa, al tiempo que echado por ahí de cualquier manera, El Bolas se fuma un churro y aconseja a  Carambuyo Bill respecto de cómo le haría él para componer un Canto General en dodecasílabos cámbricos… Así anda el ambiente, cuando a la ramadota hilachenta llega un maitro crecidito, flacón, greñudo y sonriente, quien de entrada asegura controlar los destinos del partido en el poder y que ha viajado desde el Anáhuac porque quiere conocer las opiniones de los insulares, para  incorporarlas a las tareas de su partidazo.

Sorprendidos, los más distinguidos miembros del infelizaje porteño voltean a verle la jáquima para compararla con la que han visto en la tele dando declaraciones y sonriendo y diciendo que ora sí, que habrá cambios y autocrítica y etcétera, pero nadie se le arrima. Lo observan desdeñosos, con la mirada que destinan a los funcionarios públicos, hasta que el recién llegado entiende el mensaje:

–¡Ultramarinero: fórjense, destápense y repártanse las ampollas opalinas que sea menester! –ordena el hombre con la diestra alzada, como hacen los diputados locales cuando se trata de votar (previamente maiceados) una iniciativa del Ejecutivo.

La runfla de vagos que componenn lo mejorcito de cada casa en el puerto se arremolinan en la barra de tablón de mezquite para recibir lo suyo, y luego rodean al individuo éste que –ahora sí– puede hacerse escuchar.

— Como ustedes han de saber, soy el que conduce las riendas del Partidazo. ¿Son ustedes miembros? (risas) ¿Simpatizantes? (más risas) ¿Adherentes futuros? (carcajadas).  Bueno, ya entendí. No les interesa la política… O sea, quieren que me calle y abandone su antro… ¿no es así?

–Quédese, señor del Partidazo, y escúchenos: no somos apolíticos (nadie lo es) –dice Carambuyo– aunque no somos anarquistas porque repudiamos la acción directa y las bombas, la mayoría aquí somos libertarios: creemos en la solidaridad de todos los trabajadores del planeta; estamos convencidos de que la riqueza está pésimamente repartida; confiamos en la educación como la panacea para alcanzar la libertad, y en el amor como el sentimiento unificador básico… ¿Me falta algo, palomilla?

–Los partidos son meras agencias de colocaciones –dice La Doñita.

–Los partidos no responden a nuestras necesidades –señala El Bolas.

–Los partidos representan sólo a la clase política y entre sí se protegen. Viven para sí –acusa El Juntabotes.

–Los priistas, morenazos, panistas, perredistas, petistas, verdecitos, pilalos y demás chiquillada, viven para acumular dinero y poder. Los ciudadanos de a pie, las infanterías, no les importamos más que para que les demos nuestro voto –afirma El Parara.

–En aquellos años gloriosos en que éramos tan felices y nos amábamos tanto, milité en el Partido Comunista con Pepe Revueltas, y lo acompañé cuando de él lo expulsaron; lo seguí en la Liga Espartaco y a su muerte juré no volver a ser miembro de partido zurdo alguno, porque sus dirigentes abusan de los militantes, se devoran entre sí y, lo peor: se aburguesan –dice con voz amarga y dolorida El Viejo Chamán yaquí–, no se me ocurriría ingresar a su partidazo, compa, pues no tiene color, ni principios, ni bandera, ni causa reconocible alguna, como no sea esa «justicia social» que de tan light, a nadie jala, porque a nada combate.

Como el flaco que llegó disparando forjadas y preguntas empieza a hacer pucheros amenazando con abandonar el ágora de los sin tierra ni tarjeta de plástico, el anciano de la Pimería (que tantos dramas ha vivido en siglos de pateperro) lo apapacha, le hace piojito en los rizos y le pide que no se aguite, que va a darle algunos tips de cómo anda la grilla  de su partidazo por estos territorios, con los pleitos entre las tres tristes tribus que se disputan las riendas y todo lo demás. «Dispara más rondas, anda», lo conmina. Y el dirigente del su partidazo andó y andó, y toda la noche se bebió.

Salud.