De narcocronistas y novelería

Los subempleados de tiempo completo y teporochos de medio tiempo rodean expectantes y mitoteros al sujeto flaco de barbas tordillas que los tiene sorprendejos con sus puntadas. Aterrizó en estos páramos buscando una cantina “mejicana, auténtica” para tirar la chorcha con los parroquianos habituales, yalguien le habló de Los 7 Pilares, un sitio más o menos folclórico y dicen que entretenido, y pues ahí lo tienen.

—Coño: que esta cerveza que vosotros trasegáis no sabe mal. Me recuerda a la de Bohemia.

—¿Has pisteado en Europa Central? –pregunta El Bolas, joven báquico pero geógrafo, de El Calandrio.

— Tiempo atrás. Fui corresponsal de guerra en Yugoslavia y anduve entrando y saliendo de cuanto antro se me atravesó en aquellas naciones.

— ¿Y qué te trajo a Culiacán? Porque dice La Doñita que de ahí vienes

–cuestiona El Parara.

— Si he sabido que en este puerto iba a tropezar con la mirada de esta Doña, que es toda una Señora, no me quedo en Culiacán: me vengo en el primer ferry directo a Los 7 Pilares, y aquí presento mi libro –dice, mentiroso y elegante—. Porque La reina del sur no es un recuento de balazos entre narcos, sino un viaje al interior de la mujer: Teresa, alias La Mejicana, que a todas representa. Y usted, Doñita, sería una Teresa de lujo… O sea.

Ruborizada con la flor que le ha aventado el hispano, La Doñita hace un paréntesis para explicarle a la tribu que el gachupas éste es un periodista- novelista famoso, creador de una novela en la que el personaje es una chava culichi que debe huir a España porque el narco sinaloense la trae juida. Allá será La Mejicana, hembra de armas tomar que habrá de regresara Culiacán y/

— No les contéis más, Señora mía, que luego no compran la novela –ataja el hombre.

— ¿Qué opinas de la guerrita que el Gobierno se trae contra los narcos?

–pregunta Carambuyo Bill, el fronterizo.

— Son puñetas. No hay, en México o en Estados Unidos, una guerra contra el narcotráfico. Este es un fenómeno social imposible de combatir con armas. El Ejército y la Policía sólo lo contienen (y apenas). La lucha verdadera sólo la darán aquí la educación y las alternativas económicas. ¿Los gringos?

Esos tienen una doble moral y culparán siempre a los mejicanos. O sea. Por lo demás, yo sólo soy un pinche novelista que pretende contar una historia, como la de Camelia la Tejana; pero los Tigres del Norte la sintetizan magistralmente en un “corrido”, y yo necesité 500 páginas.

Todo le festejan al fulano aquél, que bebe al ritmo del infelizaje, combinando las forjadas con tequila y riendo feliz con las charras. Pela los ojos, sorprendido, cuando el Viejo Chamán yaqui le confía que conoció al Capitán Alatriste, un espadachín a sueldo que custodiaba al Padre Salvatierra durante su saga por Loreto y la California entera.

No, si les digo… O, como el hispano diría: Otro nivel, Maribel.