De medallas y valores

El púgil se queja de un codazo, luego hace pucheros por un empujón, después brama y se retuerce por un golpe en la entrepierna. Es un rosario de quejas el que se trae el boxeador en la arena olímpica de Río… Cuando termina el combate y obtiene pírrica victoria sobre su oponente, los abucheos del respetable en Brasil hacen que la tribu que observó la batalla en la pantalla colorida de Los 7 Pilares se sienta algo incómoda.

— No estamos acostumbrados a ganar así… como de chiripa, como de lástima… ¿No creen palomilla? — pregunta a los presentes El Bolas, joven analítico de El Calandrio que suspira por los triunfos de los peleadores mexicanos logrados en épicas batallas a puñetazo seco, cuando eran respetados por su entrega y bravura y enjundia y todo lo demás.

— Andamos de capa caída. Y no sólo en el deporte — subraya amargoso Carambuyo Bill– , porque en otros rubros estamos peor: los ejecutados en Tamaulipas, Sinaloa, Michoacán, Guerrero, Morelos, Veracruz y Estado de México siguen apareciendo en las noticias, y por acá por el malecón paceño no hacemos malos quesos, dice el hombre de letras.

— Habíamos quedado en que el asunto de los narcoejecutados, de sus perradas y de sus posibles connivencias con la tira uniformada y con la clase política (a la que le pagan sus campañas electorales a cambio de protección o de dejar hacer-dejar pasar), no íbamos a abordarlo en este logia sagrada del pensamiento libre y del trago amargo (pero frío)– dice con voz no muy firme El Juntabotes, hombre de empresa que cotiza en la Bolsa pero que disfruta los trasudores del infelizaje; por eso coordina sus operaciones bursátiles desde esta cueva infecta.

— No le saque, camarada Juntabotes — insiste Carambuyo– que todos debemos enfrentar el flagelo, manifestándonos en su contra siempre, desde la trinchera en que nos encontremos.

— Sí pues. Yo ya dejé de comprar yerba en las tienditas y tampoco les hablo por celular a los narcoproveedores; ahora la siembro en un bosquecito de choyas que está aquí cercas, en el arroyo del Vaquero, por… este… y si me dan un crédito los de la Semarnat, la Sedesol, la Conagua, la CROC o el FMI, voy a ampliar el negocio alquilando unas tierritas de siembra por el rumbo del Baturi — afirma ufano El Bolas, joven emprendedor de El Calandrio.

— No te metas en negocios oscuros, mijito — aconseja el Viejo Chamán yaqui con tonos graves– La Maña no tolera competiciones. No vayas a darnos la sorpresa mañanera con tu cadáver colgando de un puente peatonal, o acribillado por la tarde en una taquería mamona del malecón, o que te encontremos tirado y encostalado en algún arroyo, al mediodía y con las auras sobrevolándote en círculo, golosas.

Entra en ese momento a Los 7 Pilares un par de jovenazos de liváis, gorrita de visera plana, botas relucientes, celular en ristre, sonrisa torcida y mirada de ¡quihubo, háganse pallá, arre! y el infelizaje enmudece y palidece. Y no enloquece porque no es para tanto, pero todo mundo se clava en su bebestible y sólo observa de ganchete a los recién llegados que, por la fachada, pueden ser sicarios de La Maña o, en el mejor de las casos, pirrurris hijos de algún exgobernador… Nada recomendable, pues. El Ultramarinero, fiel a su norma de atender a todos los que llegan al ágora libertaria, les pone enfrente dos cervezas de la peor calidad (y al tiempo), pero los chamacos no se dan por ofendidos y se la beben de un pegón. Tras eructar ruidosos, piden otra y lo mismo: górgoro, correntada y eructo. Cuando han escanciado la séptima arreviatada y sin llorar, son aclamados por el infelizaje, que ha seguido su hazaña sin pestañar.

«Estos chamacos tienen madera» — han de pensar– y los acogen en su seno como prometedores conscriptos de una logia que premia a quien sigue los cánones del buen beber, pero también admira la desfachatez, el atrevimiento, la locochonería y la vagancia, vengan de donde vinieren.

En toditita la noche, nadie voltea ya a la pantalla para ver qué pasa en Río con la escaséz de oro, pero tampoco se toca el tema de La Maña y sus fechorías. («No tiene caso», diría, desdeñoso, Raphael).